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Abel y Caín
Los musulmanes siguiendo la tradición de los antiguos rabinos, cuentan a su manera la historia de los hijos de Adán. Dio a luz Eva, dicen ellos, a los gemelos Caín y Aclima, y después a Abel y a Lébuda, también gemelos. Cuando todos estos hijos llegaron a la pubertad, Adán quiso dar por mujer, a Caín, a la gemela de Abel, y a éste la de Cain, quien se mostró muy poco satisfecho de la voluntad de su padre, porque Aclima aventajaba en hermosura a Lébuda. Respondió pues que era más natural unirle con Aclima o Ada, por haber estado juntos en un mismo seno. Adán repuso que se había ceñido a las órdenes del Creador: «Decid más bien, replicó Caín, que amáis con preferencia a mi hermano.» Entonces el padre de los humanos que vio con dolor este primer germen de la envidia y los celos, propuso un sacrificio diciendo que aquel cuya ofrenda fuese más grata a Dios recibiría por esposa a Aclima o Ada, y ambos hermanos convinieron en esta proposición. Abel, con toda la sinceridad de su corazón, pensaba acoplar por mujer a su hermana gemela si Dios no admitía favorablemente su ofrenda. Caín, por el contrario, había resuelto en el fondo de su alma no ceder a Aclima cualquiera que fuese el resultado del convenio. Es bien sabida ya la suerte que tuvieron ambos sacrificios. Caín, entonces poseído de cólera y de envidia, concibió el atroz proyecto de matar a su hermano: pero no sabia como hacerlo. El diablo que andaba siempre alrededor de nuestros primeros padres, le indicó el medio de poder ejecutar su crimen. Tomó la figura humana y se presentó a Cain llevando un pájaro en la mano, que puso sobre una piedra, y tomando otra, le machacó la cabeza. Esta lección infernal produjo su efecto, pues mientras Abel dormía sosegadamente, el bárbaro de Caín, cogió una gran piedra y la dejó caer sobre la cabeza de su hermano. La confusión de Caín después de haber cometido este fratricidio fue muy grande: ¿pero, cómo podía ocultar el cadáver de Abel? En este apuro lo envolvió en una piel y lo llevó sobre sus espaldas por espacio de cuarenta días, hasta que el hedor y la corrupción lo obligó a depositarlo de tiempo en tiempo, y entonces las aves de rapiña y los animales carnívoros se cebaban en el cadáver. Sin embargo este recurso no bastaba, Caín deseaba quitarse de delante aquel objeto de horror, cuando he aquí que un día vio en el aire dos cuervos que se peleaban y que, habiendo caído muerto uno de ellos, el otro bajó y con el pico y las uñas abrió un hoyo donde lo ocultó. Esta lección bastó para que Caín enterrara a su hermano. No por esto sin embargo quedó más tranquilo; agobiada su alma con los remordimientos y temiendo la misma suene que había hecho sufrir a Abel, empezó a vagar por todas partos, arrastrando una vida triste y desgraciada, hasta que un día uno de sus nietos, corto de vista, saliendo a cazar, creyendo que era un animal salvaje, le mató. La narración bíblica de la muerte de Abel se encuentra en el Génesis, 4,1-15, quizá como eco del conflicto entre dos civilizaciones: la del agricultor, representada por Caín y la del pastor nómada personificada por Abel. Una tablilla sumeria (Baja Mesopotamia, junto al Golfo Pérsico) del II milenio a. C. hace referencia al conflicto entre un dios pastor y un dios agricultor, ofreciendo un curioso paralelismo con el texto bíblico.

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