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Dioses de Japón
Amida
Según sus devotos, el más grande de los dioses y el soberano y ducho del paraíso; el protector de las almas humanas el padre y el dios de todos aquellos que son admitidos a gozar de las delicias del paraíso: en una palabra, el mediador y el salvador de la humanidad; pues por su intercesión obtienen las almas la remisión de todas sus faltas y llegan a ser dignas de la beatitud celestial. Hace dos mil años que vivió, habiéndose ejercitado muchos miles de años en la penitencia y la predicación: hasta que cansado de su existencia, se dio muerte y fue contado en el número de los dioses. Creen sus adoradores que Amida goza de gran crédito con Jemma, dios de los Infiernos, para inclinar a este severo juez, no solo a mitigar las penas de los culpables, sino también a hacerles gracia enviándolos otra vez al mundo antes del tiempo prescrito para la expiación de sus pecados. Amida es venerado sobre todo por los devotos que antiguamente le ofrecían el sacrificio de su vida ahogándose en honor suyo. La víctima entraba en una barquita dorada y adornada de gallardetes de seda; se ataba unas piedras al cuello, en los píes, y en los vestidos; bailaba al son de varios instrumentos, y luego se arrojaba al río. Algunas veces hacían un agujero en la barquilla y se dejaban caer al fondo a la vista de una multitud de parientes, amigos y bonzos. Otros entusiastas de la misma clase se metían en una cueva estrecha en forma de una tumba, cubierta por todas partes a excepción de un pequeño agujero que servia para entrar el aire, y en este sepulcro el devoto no cesaba de llamar a Amida hasta que expiraba. He aquí la descripción que hacen de esta divinidad sus discípulos. Dicen que es el Ser supremo; sustancia indivisible, incorpórea, inmutable, distinta de todos los elementos; que existe con la naturaleza, que es el manantial y el fundamento de todo bien, sin principio ni fin, infinito, inmenso y creador del universo. Es representado en un altar, montado en un caballo con siete cabezas, jeroglífico de siete mil años, con cabeza de perro, teniendo en sus manos un anillo o círculo de oro que está mordiendo. Este emblema tiene bastante analogía con el circulo egipcio considerado como un emblema del tiempo: por lo mismo este dios es un jeroglífico de la revolución de las edades o más bien de la eternidad misma. Otras veces le dan tres cabezas, cada una cubierta de una especie de bonete, con barba larga. Sus vestidos consisten en un ropaje riquísimo guarnecido de perlas y de piedras preciosas.

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