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Uno de los centauros. Cuando Heracles
iba a cautivar al Oso de Erimanto, tomó parte en la
contienda, pero se detuvo después a sepultar a un pariente
suyo que había sido herido. Vio una de las saetas de Heracles
que estaba junto al cuerpo del difunto y dijo al examinarla:
¿Es posible que con un rasguño de esta flecha haya
muerto un hombre tan robusto? Y en eso la flecha se le escurrió
de las manos e hirió su pie y murió al momento. Vino
Heracles y lo sepultó al pie de la montaña
que lleva su nombre.
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