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AKENATÓN
EL HEREJE
Durante
diecisiete años, de 1364 a 1347, Egipto va a conocer una
extraña aventura bajo la dirección de Amenofis IV
Akenatón. Este reinado marca una ruptura en la evolución
histórica de Egipto. Elogiado por unos, considerado como
un loco por otros, Akenatón es una figura excepcional. Cambió
de nombre, modificó las tradiciones religiosas, creó
una nueva capital, intentó organizar una sociedad diferente.
Su evolución interna no hizo de él un místico
estéril, ya que consiguió poner en práctica
sus visiones, actuando en nombre del poder real de que estaba investido.
El arte de la época de Akenatón, que rompe claramente
con la obra de los demás faraones, ha impresionado mucho
a los estetas contemporáneos. Se ha hablado mucho de deformaciones,
de excesos, de expresionismo a veces desmesurado.
Sin embargo, el egiptólogo Arthur Weigall trazó un
retrato idílico de Akenatón: «Nos expuso, hace
tres mil años, el ejemplo de lo que debía ser un esposo,
un padre, un hombre honesto, de lo que debía sentir un poeta,
enseñar un predicador, perseguir un artista, creer un sabio
y pensar un filósofo. Al igual que otros grandes señores,
lo sacrificó todo a sus ideales: su vida mostró hasta
qué punto sus principios eran Impracticables». Se trata
de un Akenatón romántico, un dechado de virtudes,
aislado en un mundo demasiado duro. Como reacción a este
análisis, otros egiptólogos se preguntaron si Akenatón
no padeció alguna tara física. Alexandre Moret escribe:
«Era un adolescente de talla mediana, de osamenta endeble
y formas redondas y afeminadas. Los escultores de la época
nos han legado fielmente ese cuerpo de andrógino de senos
protuberantes, caderas demasiado anchas, muslos demasiado torneados,
que le dan un aspecto equívoco y enfermizo. La cabeza no
es menos singular, suavemente ovalada, con los ojos un poco oblicuos,
una nariz larga y fina, la protuberancia de un labio inferior prominente,
el cráneo redondo y hundido, inclinándose hacia adelante
como si el cuello fuera demasiado débil para soportarlo».
Entre el místico idealista y el enfermo mental, ¿dónde
se sitúa la frontera? Algunos no han dudado en franquearla,
otros han llegado a precisar la enfermedad que sufría el
rey: el síndrome de Fróhlich, una enfermedad sexual
grave. El gran Mariette consideraba que Akenatón era un prisionero
castrado traído de Nubia por las tropas egipcias. Lefébvre
se preguntaba si acaso no sería una mujer disfrazada de hombre.
Akenatón ha desencadenado pasiones tanto en su época
como en la nuestra. Sin embargo, aunque un modesto fragmento de
estatuilla (6 cm de altura, museo de Bruselas) nos restituya bien
su rostro, cuánta serenidad, cuánta luz existe en
la visión interior transmitida por ese objeto. Ningún
rasgo anormal, ninguna deformación. Se trata de uno de los
más bellos retratos del arte egipcio, donde la juventud se
alía con la profundidad! y una sensibilidad intensa se une
a la meditación. No cabe duda de que Akenatón fue
un ser de contrastes y de conflictos; pero quizá llegó
a alcanzar la luz glorificada por los textos dedicados a su dios,
Atón.
Aunque la documentación sobre el reinado de Akenatón
es relativamente abundante, los materiales históricos precisos
son bastante raros. Por esta razón, muchos aspectos de esta
problemática época siguen siendo oscuros
Se suele pensar que Amenofis IV Akenatón es el hijo de Amenofis
III y de Tiyi. Su infancia y su adolescencia transcurrieron en el
espléndido palacio tebano de Malgatta. La educación
de un futuro faraón se basaba en una doble enseñanza,
intelectual y física. En cuanto a la actividad deportiva,
no parece que el joven rey haya manifestado un gusto especial por
la caza y el manejo de las armas. En cambio, disfrutó de
un clima de espiritualidad totalmente excepcional, del que el maestro
de obras Amenhotep hijo de Hapu era en gran parte responsable. A
Amenhotep, por su formación y por las exigencias de su arte,
no le gustaban mucho los visionarios. Educó a Akenatón
de una manera rigurosa y le indicó, al igual que su padre,
los deberes sagrados inherentes al cargo de rey.
Las tendencias místicas del futuro monarca debían
de ser fáciles de descubrir. Pero todavía se sigue
discutiendo sobre si sufrió la influencia de Amenofis III
y de ciertos pensadores. Nos parece que no se puede negar que esta
época está marcada por una religión relativamente
«abierta», donde los cultos solares ocupan un lugar
importante junto a la veneración a Amón.
Para un espíritu que debía hacer de la luz la «sustancia»
divina por excelencia, el contexto intelectual era favorable.
Amenofis IV sube al trono en 1364, a la edad de quince anos. Probablemente,
ya estaba casado con Nefertiti, cuyo nombre significa «la
bella ha venido», pero se sabe que era egipcia. Sin embargo,
el nuevo rey debería haberse casado con la princesa heredera.
¿Cabe hablar de una historia de amor entre dos adolescentes?
Es poco probable. Los dirigentes de Egipto habían impuesto
esta unión, de la que nacería una auténtica
pasión entre dos seres excepcionales.
Se ha dicho a veces que Nefertiti era la hija de Amenofis III, pero
no se ha presentado ninguna prueba decisiva para confirmar esta
hipótesis. Ella nunca lleva el título de «hija
del faraón». En realidad, Nefertiti pertenecía
a la familia de un personaje importante de la corte.
Se
plantea un problema fundamental para la lectura histórica
de los principios del reinado: ¿Amenofis III y Amenofis IV
reinaron varios años conjuntamente según los principios
de la corregencia, o bien Amenofis IV ocupó el trono en solitario?
El debate sigue abierto, aunque la primera hipótesis es la
que se adopta con mayor frecuencia. Según la hipótesis
que se elija, varían las fechas y la interpretación
de algunos acontecimientos.
El nuevo faraón adopta los títulos tradicionales.
Hasta el año 5 del reinado, simplemente se anotan algunas
particularidades en las inscripciones. Amenofis IV se llama «Unico
de Ra» o «Primer profeta
de Ra-Har-ajty», demostrando así una devoción
particular por el dios solar. En Tebas hizo construir un santuario
llamado «Atón ha sido encontrado», donde se puede
ver a Ra-Har-ajty en forma de disco un solar que emite rayos que
terminan en manos. El Sol se considera como un rey, comparte la
soberanía con el faraón, celebra jubileos como él.
Amenofis IV y su esposa Nefertiti son inseparables. Presiden conjuntamente
los ritos religiosos y las ceremonias oficiales. La tumba del visir
Ramosis es una excelente muestra de la evolución que se produce.
Una parte del monumento de ese gran personaje está decorada
a la manera clásica. Cuando Ramosis hace una ofrenda floral
en honor de Amenofis IV, el rey está representado de manera
«normal», en el estilo habitual; pero cuando Ramosis
recibe unos collares de Akenatón y de Nefertiti, se adopta
el estilo amarniano con su característica deformación
de los cuerpos.
Durante el año 5 del reinado el joven rey toma una decisión
capital. Cambia de nombre. Ya no se llama Amenofis, nombre en el
que figura el rey Amón,
sino Akenatón, que significa «servicial para Atón»
o, quizá mejor, «espíritu eficaz de Atón».
En lo sucesivo, el dios Atón
protegerá la realeza. Al estar la política inseparablemente
unida a la religión, se modifica el destino de todo Egipto.
El padre de Akenatón se llama Amenofis, pero su hijo no tiene
ningún resentimiento hacia él. Existen varias representaciones
donde el nuevo faraón presenta ofrendas a Amenofis III deificado.
Akenatón no decidió combatir contra el dios Amón
como tal, sino contra su clero, contra los hombres encargados de
practicar su culto y que él juzgó sin duda que eran
dignos de esa misión.
(Tomado
de: L'Egypte des grands pharaons. Autor: Christian Jacq)
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