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CANTO XIX
Renunciamiento de la cólera
* Penrechado con la armadura que le había fabricado Hefesto,
Aquiles se remncilia con Agamenón. Briseide lamenta la muerte
de Patroclo y el ejército aqueo se prepara para la batalla
que va a tener lugar.
1 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente
del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres,
cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que Hefesto
le había entregado. Halló al hijo querido reclinado
sobre el cadáver de Patroclo, Ilorando ruidosamente y en
torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La divina
entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles
y hablóle de este modo:
8 ¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que
ése yazga, ya que sucumbió por la voluntad de los
dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan
excelente y bella como jamás varón alguno la haya
Ilevado para proteger sus hombros.
12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el
suelo delante de Aquiles las labradas armas, y éstas resonaron.
A todos los mirmidones les sobrevino temblor; y, sin atreverse
a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así
que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera;
los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo
de los párpados; y el héroe se gozaba teniendo en
las manos el espléndido presente de la deidad. Y, cuando
bubo deleitado su ánimo con la contemplación de la
labrada armadura, dirigió a su madre estas aladas palabras:
21 ¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como
es natural que sean las obras de los inmortales y como ningún
hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo que
mientras tanto penetren las moscas por las heridas que el bronce
causó al esforzado hijo de Menecio, engendren gusanos, desfiguren
el cuerpo pues le falta la vida y corrompan todo el cadáver.
28 Respondióle Tetis, la diosa de argénteos pies:
29 Hijo, no te turbe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré
apartar los importunos enjambres de moscas, que se ceban en la
carne de los varones muertos en la guerra. Y, aunque estuviera tendido
un año entero, su cuerpo se conservaría igual que
ahora o mejor todavía. Tú convoca al ágora
a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón,
pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete
de valor.
37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó
unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la nariz de
Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.
40 El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y,
dando horribles voces, convocó a los héroes aqueos.
Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves, y hasta
los pilotos que las gobernaban, y como despenseros distribuían
los víveres, fueron entonces al ágora, porque Aquiles
se presentaba, después de haber permanecido alejado del
triste combate durante mucho tiempo. El intrépido Tidida
y el divino Ulises, servidores de Ares, acudieron cojeando, apoyándose
en el arrimo de la lanza aún no tenían curadas las
graves heridas, y se sentaron delante de todos. Agamenón,
rey de hombres, Ilegó el último y también estaba
herido, pues Coón Antenórida habíale clavado
su broncínea pica durante la encarnizada lucha. Cuando todos
los aqueos se hubieron congregado, levantándose entre ellos
dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
56 ¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos, para ti y
para mí, continuar unidos que sostener, con el corazón
angustiado, roedora disputa por una joven. Así la hubiese
muerto Ártemis en las naves con una de sus flechas el mismo
día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían
mordido el anchuroso suelo tantos aqueos como sucumbieron a manos
del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor
y los troyanos fue el beneficio, y me figuro que los aqueos se acordarán
largo tiempo de nuestra disputa. Mas dejemos lo pasado, aunque nos
hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del
pecho. Desde ahora depongo la cólera, que no sería
razonable estar siempre irritado. Mas, ea, incita a los melenudos
aqueos a que peleen; y veré, saliendo al encuentro de los
troyanos, si querrán pasar la noche junto a los bajeles.
Creo que con gusto se entregará al descanso el que logre
escapar del feroz combate, puesto en fuga por mi lanza.
74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse
de que el magnánimo Pelión renunciara a la cólera.
Y el rey de hombres, Agamenón, les dijo desde su asiento,
sin levantarse en medio del concurso:
78 ¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de
Ares! Bueno será que escuchéis sin interrumpirme,
pues lo contrario molesta hasta al que está ejercitado en
hablar. ¿Cómo se podría oír o decir
algo en medio del tumulto producido por muchos hombres? Turbaríase
el orador aunque fuese elocuente. Yo me dirigiré al Pelida;
pero vosotros, los demás argivos, prestadme atención
y cada uno penetre bien mis palabras. Muchas veces los aqueos me
han dirigido las mismas Palabras, increpándome por to ocurrido,
y yo no soy el culpable, sino Zeus, la Parca y Erinia, que vaga
en las tinieblas; los cuales hicieron padecer a mi alma, durante
el ágora, cruel ofuscación el día en que le
arrebaté a Aquiles la recompensa. Mas, ¿qué
podía hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija
veneranda de Zeus es la perniciosa Ofuscación, a todos tan
funesta: sus pies son delicados y no los acerca al suelo, sino que
anda sobre las cabezas de los hombres, a quienes causa daño,
y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden. En otro
tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el más
poderoso de los hombres y de los dioses; pues Hera, no obstante
ser hembra, le engañó cuando Alcmena había
de parir al fornido Heracles en Teba, ceñida de hermosas
murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante todas
las deidades: «Oídme todos, dioses y diosas, para que
os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta. Hoy
Ilitia, la que preside los partos, sacará a luz un varón
que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi
sangre, reinará sobre todos sus vecinos.» Y hablándole
con astucia, le replicó la venerable Hera: «Mentirás,
y no llevarás al cabo to que dices. Y si no, ea, Olímpico,
jura solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el
niño que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados
de to sangre, caiga hoy entre los pies de una mujer.» Así
dijo; Zeus, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento
que tan funesto le había de ser. Pues Hera dejó en
raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto llegó a Argos de
Acaya, donde vivía la esposa ilustre de Esténelo Persida;
y, como ésta se hallara encinta de siete meses cumplidos,
la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro,
y retardó el parto de Alcmena, deteniendo a las Ilitias.
Y en seguida participóselo a Zeus Cronida, diciendo: «¡Padre
Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el
noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo,
hijo de Esténelo Persida, descendiente tuyo. No es indigno
de reinar sobre aquéllos.» Así dijo, y un agudo
dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón,
cogió a Ofuscación por los nítidos cabellos
y prestó solemne juramento de que Ofuscación, tan
funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo
estrellado. Y, volteándola con la mano, la arrojó
del cielo. En seguida llegó Ofuscación a los campos
cultivados por los hombres. Y Zeus gemía por causa de ella,
siempre que contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos
que Euristeo le iba imponiendo. Por esto, cuando el gran Héctor,
el de tremolante casco, mataba a los argivos junto a las popas
de las naves, yo no podía olvidarme de Ofus cación,
cuyo funesto influjo había experimentado. Pero ya que falté
y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos
regalos, y tú ve al combate y anima a los demás guerreros.
Voy a darte cuanto ayer lo ofreció en tu tienda el divino
Ulises. Y si quieres, aguarda, áunque estés impaciente
por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes
para que veas si son capaces de apaciguar tu ánimo los que
te brindo.
14s Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
146 ¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón!
Luego podrás regalarme estas cosas, como es justo, o retenerlas.
Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso es que no perdamos
el tiempo hablando, ni difiramos la acción la gran empresa
está aún por acabar, para que vean nuevamente a Aquiles
entre los combatientes delanteros, aniquilando con su broncínea
lanza las falanges teucras. Y vosotros pensad también en
combatir con los enemigos.
154 Contestó el ingenioso Ulises:
155 Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no exhortes a los
aqueos a que peleen en ayunas con los troyanos, cerca de Ilio; que
no durará poco tiempo la batalla cuando las falanges vengan
a las manos y la divinidad excite el valor de ambos ejércitos.
Ordénales, por el contrario, a los aqueos que en las veleras
naves se harten de manjares y vino, pues esto da fuerza y valor.
Estando en ayunas no puede el varón combatir todo el día,
hasta la puesta del sol, con el enemigo; aunque su corazón
lo desee, los miembros se le entorpecen sin que él lo advierta,
le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan al andar.
Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de
vino y de manjares, tiene en el pecho un corazón audaz y
sus miembros no se cansan hasta que todos se han retirado de la
lid. Ea, despide las tropas y manda que preparen el desayuno; el
rey de hombres, Agamenón, traiga los regalos en medio del
ágora para que los vean todos los aqueos con sus propios
ojos y to regocijes en el corazón; jure el Atrida, de pie
entre los argivos, que nunca subió al lecho de Briseide ni
se juntó con ella, como es costumbre, oh rey, entre hombres
y mujeres; y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo
benigno. Que luego se te ofrezca en el campamento un espléndido
banquete de reconciliación, para que nada falte de lo que
se te debe. Y el Atrida sea en adelante más justo con todos;
pues no se puede reprender que se apacigue a un rey, a quien primero
se injurió.
184 Dijo entonces el rey de hombres, Agamenón:
185 Con agrado escuché tus palabras, Laertíada, pues
en todo lo que narraste y expusiste has sido oportuno. Quiero hacer
el juramento; mi ánimo me lo aconseja, y no será para
un perjurio mi invocación a la divinidad. Aquiles aguarde,
aunque esté impaciente por combatir, y los demás continuad
reunidos aquí hasta que traigan de mi tienda los presentes
y consagremos con un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti mismo
lo te encargo y ordeno: escoge entre los jóvenes aqueos los
más principales; y, encaminándoos a mi nave, traed
cuanto ayer ofrecimos a Aquiles, sin dejar las mujeres. Y Taltibio,
atravesando el anchuroso campamento aqueo, vaya a buscar y prepare
un jabalí para inmolarlo a Zeus y al Sol.
198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros:
199 ¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón!
Todo esto debierais hacerlo cuando se suspenda el combate y no sea
tan grande el ardor que inflama mi pecho. ¡Yacen insepultos
los que mató Héctor Priámida cuando Zeus le
dio gloria, y vosotros nos aconsejáis que comamos! Yo mandana
a los aqueos que combatieran en ayunas, sin tomar nada; y que a
la puesta del sol, después de vengar la afrenta, celebraran
un gran banquete. Hasta entonces no han de entrar en mi garganta
ni manjares ni bebidas, a causa de la muerte de mi compañero;
el cual yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce, con los
pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran.
Por esto, aquellas cosas en nada interesan a mi espíritu,
sino tan sólo la matanza, la sangre y el triste gemir de
los guerreros.
215 Respondióle el ingenioso Ulises:
216 ¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de
todos los aqueos! Eres más fuerte que yo y me superas no
poco en el manejo de la lanza, pero to aventajo mucho en el pensar,
porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues,
to corazón a to que voy a decir. Pronto se cansan los hombres
de pelear, si, haciendo caer el bronce muchas espigas al suelo,
la mies es escasa, porque Zeus, el árbitro de la guerra humana,
inclina al otro lado la balanza. No es justo que los aqueos lloren
al muerto con el vientre, pues siendo tantos los que sucumben unos
en pos de otros todos los días, ¿cuándo podríamos
respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo firme al que
muere y llorarle un día, y luego cuantos hayan escapado
del combate funesto piensen en comer y beber para vestir otra vez
el indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón
aún contra los enemigos. Ningún guerrero deje de salir
aguardando otra exhortación, que para su daño la esperará
quien se quede junto a las naves argivas. Vayamos todos juntos
y excitemos al cruel Ares contra los troyanos, domadores de caballos.
238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos del glorioso Néstor,
Meges Filida, Toante, Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo,
y encaminóse con ellos a la tienda de Agamenón Atrida.
Y apenas hecha la proposición, ya estaba cumplida. Lleváronse
de la tienda los siete trípodes que el Atrida había
ofrecido, veinte calderas relucientes y doce caballos; a hicieron
salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y a Briseide,
la de hermosas mejillas, que fue la octava. Al volver, Ulises iba
delante con los diez talentos de oro que él mismo había
pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes.
Pusiéronio todo en medio del ágora; alzóse
Agamenón, y al lado del pastor de hombres se puso Taltibio,
cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano
a un jabalí. El Atrida sacó el cuchillo que llevaba
colgado junto a la gran vaina de la espada, cortó por primicias
algunas cerdas del jabalí y oró, levantando las manos
a Zeus; y todos los argivos, sentados en silencio y en buen orden,
escuchaban las palabras del rey. Éste, alzando los ojos al
anchuroso cielo, hizo esta plegaria:
258 Sean testigos Zeus, el más excelso y poderoso de los
dioses, y luego la Tierra, el Sol y las Erinias que debajo de la
tierra castigan a los muertos que fueron perjuros, de que jamás
he puesto la mano sobre la joven Briseide para yacer con ella ni
para otra cosa alguna, sino que en mi tienda ha permanecido intacta.
Y si en algo perjurare, envíenme los dioses los muchísimos
males con que castigan al que, jurando, contra ellos peca.
266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí
que Taltibio arrojó, haciéndole dar vueltas, a gran
abismo del espumoso mar para pasto de los peces. Y Aquiles, levantándose
entre los belicosos argivos, habló en estos términos:
270 ¡Zeus padre! Grandes son los infortunios que mandas
a los hombres. Jamás el Atrida me hubiera suscitado el enojo
en el pecho, ni hubiese tenido poder para arrebatarme la joven
contra mi voluntad; pero sin duda quería Zeus que muriesen
muchos aqueos. Ahora id a comer para que luego trabemos el combate.
276 Así se expresó; y al momento disolvió el
ágora. Cada uno volvió a su respectiva nave. Los magnánimos
mirmidones se hicieron cargo de los presentes, y, llevándolos
hacia , el bajel del divino Aquiles, dejáronlos en la tienda,
dieron sillas a las mujeres, y servidores ilustres guiaron a los
caballos al sitio en que los demás estaban.
282 Briseide, que a la áurea Afrodita se asemejaba, cuando
vio a Patroclo atravesado por el agudo bronce, se echó sobre
el mismo y prorrumpió en fuertes sollozos, mientras con las
manos se golpeaba el pecho, el delicado cuello y el f lindo rostro.
Y, llorando aquella mujer semejante a una diosa, así decía:
287 ¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón
de esta desventurada! Vivo te dejé al partir de la tienda,
y te encuentro difunto al volver, oh príncipe de hombres.
¡Cómo me persigue una desgracia tras otra! Vi al hombre
a quien me entregaron mi padre y mi venerable madre, atravesado
por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los tres
hermanos queridos que una misma madre me diera murieron también.
Pero tú, cuando el ligero Aquiles mató a mi esposo
y tomó la ciudad del divino Mines, no me dejabas llorar,
diciendo que lograrías que yo fuera la mujer legítima
del divino Aquiles, que éste me llevaría en su nave
a Ftía y que allí, entre los mirmidones, celebraríamos
el banquete nupcial. Y ahora que has muerto no me cansaré
de llorar por ti, que siempre has sido afable.
301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente
por Patroclo, y en realidad por sus propios males. Los caudillos
aqueos se reunieron en torno de Aquiles y le suplicaron que comiera;
pero él se negó, dando suspiros:
305 Yo os ruego, si alguno de mis compañeros quiere obedecerme
aún, que no me invitéis a saciarel deseo de comer
o de beber; porque un grave dolor se apodera de mí. Aguardaré
hasta la puesta del sol y soportaré la fatiga.
309 Así diciendo, despidió a los demás reyes,
y sólo se quedaron los dos Atridas, el divino Ulises, Néstor,
Idomeneo y el anciano jinete Fénix para distraer a Aquiles,
que estaba profundamente afligido. Pero nada podía alegrar
el corazón del héroe, mientras no entrara en sangriento
combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes
suspi ros, y así decía:
315 En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de
los compañeros, me servías en esta tienda, diligente
y solícito, el agradable desayuno cuando los aqueos se daban
prisa por traba el luctuoso combate con los troyanos, domadores
de caba Ilos. Y ahora yaces, atravesado por el bronce, y yo estoy
ayuno de comida y de bebida, a pesar de no faltarme, por la soledad
que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que supiera que
ha muerto mi padre, el cual quizás llora allá en Ftía
por no tener a su lado un hijo como yo, mientras peleo con los troyanos
en país extranjero a causa de la odiosa Helena; ni que falleciera
mi hijo amado que se cría en Esciro, si el deiforme Neoptólemo
vive todavía. Antes el corazón abrigaba en mi pecho
la esperanza de que sólo yo perecería aquí
en Troya, lejos de Argos, criador de caballos, y de que tú,
volviendo a Ftía, irías en una veloz nave negra a
Esciro, recogerías a mi hijo y le mostrarías todos
mis bienes: las posesiones, los esclavos y el palacio de elevado
techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe; y, si le queda un
poco de vida, estará afligido, se verá abrumado por
la odiosa vejez y temerá siempre recibir la triste noticia
de mi muerte.
338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque
cada uno se acordaba de aquéllos a quienes había dejado
en su respectivo palacio. El Cronión, al verlos sollozar,
se compadeció de ellos, y al instante dirigió a Atenea
estas aladas palabras:
342 ¡Hija mía! Desamparas de todo en todo a ese eximio
varón. ¿Acaso tu espíritu ya no se cuida de
Aquiles? Hállase junto a las naves de altas popas, llorando
a su compañero amado; los demás se fueron a comer,
y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y derrama
en su pecho un poco de néctar y ambrosía para que
el hambre no le atormente.
349 Con tales palabras instigóle a hacer to que ella misma
deseaba. Atenea emprendió el vuelo, cual si fuese un halcón
de anchas alas y aguda voz, desde el cielo a través del éter.
Ya los aqueos se armaban en el ejército, cuando la diosa
derramó en el pecho de Aquiles un poco de néctar
y de ambrosía deliciosa, para que el hambre molesta no hiciera
flaquear las rodillas del héroe; y en seguida regresó
al sólido palacio del prepotente padre. Los guerreros afluyeron
a un lugar algo distante de las veleras naves. Cuan numerosos caen
los copos de nieve que envía Zeus y vuelan helados al impulso
del Bóreas, nacido en el éter, en tan gran número
veíanse salir del recinto de las naves los refulgentes cascos,
los abollonados escudos, las fuertes corazas y las lanzas de fresno.
El brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra se mostraba risueña
por los rayos que el bronce despedía, y un gran ruido se
levantaba de los pies de los guerreros. Armábase entre éstos
el divino Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos
centelleantes como encendida llama y el corazón traspasado
por insoportable dolor, lleno de ira contra los troyanos, vestía
el héroe la armadura regalo del dios Hefesto, que la había
fabricado. Púsose en las piernas elegantes grebas ajustadas
con broches de plata; protegió su pecho con la coraza; colgó
del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos
clavos y embrazó el grande y fuerte escudo cuyo resplandor
semejaba desde lejos al de la luna. Como aparece el fuego encendido
en un sitio solitario en to alto de un monte a los navegantes que
vagan por el mar, abundante en peces, porque las tempestades los
alejaron de sus amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso
y labrado escudo de Aquiles llegaba al éter. Cubrió
después la cabeza con el fornido yelmo de crines de caballo
que brillaba como un astro; y a su alrededor ondearon las áureas
y espesas crines que Hefesto había colocado en la cimera.
El divino Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y
si, Ilevándola puesta, movía con facilidad los miembros;
y las armas vinieron a ser como alas que levantaban al pastor de
hombres. Sacó del estuche la lanza paterna, pesada, grande
y robusta, que entre todos los aqueos solamente él podía
manejar: había sido cortada de un fresno de la cumbre del
Pelio y regalada por Quirón al padre de Aquiles para que
con ella matara héroes. En tanto, Automedonte y Álcimo
se ocupaban en uncir los caballos: sujetáronlos con hermosas
correas, les pusieron el freno en la boca y tendieron las riendas
hacia atrás, atándolas al fuerte asiento. Sin dilación
cogió Automedonte el magnífico látigo y saltó
al carro. Aquiles, cuya armadura relucía como el fúlgido
Hiperión, subió también y exhortó con
horribles voces a los caballos de su padre:
400¿Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de
traer salvo a la muchedumbre de los dánaos al que hoy os
guía cuando nos hayamos saciado de combatir, y no le dejéis
muerto a11á como a Patroclo.
404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza sus
crines, cayendo en torno de la extremidad del yugo, llegaban al
suelo, y, habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los
níveos brazos, respondió desde debajo del yugo:
408 Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está
cercano el día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros,
sino un dios poderoso y la Parca cruel. No fue por nuestra lentitud
ni por nuestra pereza que los troyanos quitaron la armadura de
los hombros de Patroclo; sino que el más fuerte de los dioses,
a quien parió Leto, la de hermosa cabellera, matóle
entre los combatientes delanteros y dio gloria a Héctor.
Nosotros correríamos tan veloces como el soplo del Céfiro,
que es tenido por el más rápido. Pero también
tú estás destinado a sucumbir a manos de un dios y
de un hombre.
418 Dichas estas palabras, las Erinias le cortaron la voz. Y muy
indignado, Aquiles, el de los pies ligeros, le dijo:
420 ¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte?
Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Ya sé que mi destino
es perecer aquí, lejos de mi padre y de mi madre; mas, con
todo eso, no he de descansar hasta que harte de combate a los troyanos.
424 Dijo; y, dando voces, dirigió los solípedos caballos
por las primeras filas.
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