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CANTO XVIII
Fabricación de las armas
* Aquiles, al enterarse de la noticia de la muerte de su amigo Patroclo,
ansía vengarlo. Su madre, Tetis, pide a Hefesto que fabrique
un escudo que reemplace al que Héctor tomó como botín
del cadáver de Patroclo.
1 Mientras los troyanos y los aqueos combatían con el ardor
de abrasadora llama, Antíloco, mensajero de veloces pies,
fue en busca de Aquiles. Hallóle junto alas naves, de altas
popas, y ya el héroe presentía lo ocurrido; pues,
gimiendo, a su magnánimo espíritu así le hablaba:
6 ¡Ay de mí! ¿Por qué los melenudos
aqueos vuelven a ser derrotados, y corren aturdidos por la llanura
con dirección a las naves? Temo que los dioses me hayan
causado la desgracia cruel para mi corazón, que me anunció
mi madre diciendo que el más valiente de los mirmidones dejaría
de ver la luz del sol, a manos de los troyanos, antes de que yo
falleciera. Sin duda ha muerto el esforzado hijo de Menecio. ¡Infeliz!
Yo le mandé que, tan pronto como apartase el fuego enemigo,
regresara a los bajeles y no quisiera pelear valerosamente con
Héctor.
15 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en
su corazón, llegó el hijo del ilustre Néstor;
y, derramando ardientes lágrimas, diole la triste noticia:
18¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás
una infausta nueva, una cosa que no hubiera de haber ocurrido. Patroclo
yace en el suelo, y troyanos y aqueos combaten en torno del cadáver
desnudo, pues Héctor, el de tremolante casco, tiene la armadura.
22 Así dijo; y negra nube de pesar envolvió a Aquiles.
El héroe cogió ceniza con ambas manos, derramóla
sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y la negra ceniza
manchó la divina túnica; después se tendió
en el polvo, ocupando un gran espacio, y con las manos se arrancaba
los cabellos. Las esclavas que Aquiles y Patroclo habían
cautivado salieron afligidas; y, dando agudos gritos, fueron desde
la puerta a rodear a Aquiles; todas se golpeaban el pecho y sentían
desfallecer sus miembros. Antíloco también se lamentaba,
vertía lágrimas y tenía de las manos a Aquiles,
cuyo gran corazón deshacíase en suspiros, por el
temor de que se cortase la garganta con el hierro. Dio Aquiles un
horrendo gemido; oyóle su veneranda madre, que se hallaba
en el fondo del mar, junto al padre anciano, y prorrumpió
en sollozos; y cuantas diosas nereidas había en aquellas
profundidades, todas se congregaron a su alrededor. Allí
estaban Glauce, Talía, Cimódoce, Nesea, Espío,
Toe, Halia, la de ojos de novilla, Cimótoe, Actea, Limnorea,
Mélite, Yera, Anfítoe, Ágave, Doto, Proto,
Ferusa, Dinámene, Dexámene, Anfínome, Calianira,
Dóride, Pánope, la célebre Galatea, Nemertes,
Apseudes, Calianasa, Clímene, Yanira, Yanasa, Mera, Oritía,
Amatía, la de hermosas trenzas, y las restantes nereidas
que habitan en el hondo del mar. La blanquecina gruta se llenó
de ninfas, y todas se golpeaban el pecho. Y Tetis, dando principio
a los lamentos, exclamó:
52 Oíd, hermanas nereidas, para que sepáis cuántas
penas sufre mi corazón. ¡Ay de mí, desgraciada!
¡Ay de mí, madre infeliz de un valiente! Parí
a un hijo ilustre, fuerte a insigne entre los héroes, que
creció semejante a un árbol; le crié como a
una planta en terreno fértil y to mandé a Ilio en
las corvas naves para que combatiera con los troyanos; y ya no le
recibiré otra vez, porque no volverá a mi casa, a
la mansión de Peleo. Mientras vive y ve la luz del sol está
angustiado, y no puedo, aunque a él me acerque, llevarle
socorro. Iré a ver al hijo querido y me dirá qué
pesar le aflige ahora que no interviene en las batallas.
65 Así diciendo, salió de la gruta; las nereidas la
acompañaron llorosas, y las olas del mar se rompían
en torno de ellas. Cuando llegaron a la fértil Troya, subieron
todas a la playa donde las muchas naves de los mirmidones habían
sido colocadas junto a la del veloz Aquiles. La veneranda madre
se acercó al héroe, que suspiraba profundamente; y,
rompiendo el aire con agudos clamores, abrazóle la cabeza,
y en tono lastimero pronunció estas aladas palabras:
73 ¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué
pesar te ha llegado al alma? Habla; no me to ocultes. Zeus ha cumplido
lo que tú, levantando las manos, le pediste: que todos los
aqueos, privados de ti, fueran acorralados junto a las naves y padecieran
vergonzosos desastres.
78 Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de
los pies ligeros:
79 ¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente,
lo ha cumplido; pero ¿qué placer puede producirme,
habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo a quien apreciaba sobre
todos los compañeros y tanto como a mi propia cabeza? Lo
he perdido, y Héctor, después de matarlo, le despojó
de las armas prodigiosas, encanto de la vista, magníficas,
que los dioses regalaron a Peleo, como espléndido presente,
el día en que lo colocaron en el tálamo de un hombre
mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar con las
inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas no
sucedió así, para que sea inmenso el dolor de tu alma
cuando muera tu hijo, a quien ya no recibirás vuelto a la
patria, pues mi ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer
entre los hombres, si Héctor no pierde la vida, atravesado
por mi lanza, recibiendo de este modo la condigna pena por la muerte
de Patroclo Menecíada.
94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas:
95 Breve será tu existencia, a juzgar por lo que dices,
pues la muerte te aguarda así que Héctor perezca.
97 Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies ligeros:
9e Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando
lo mataron: ha perecido lejos de su país y sin tenerme al
lado para que le librara de la desgracia. Ahora, puesto que no he
de volver a la patria tierra, ni he salvado a Patroclo ni a los
muchos amigos que murieron a manos del divino Héctor, permanezco
en las naves cual inútil peso de la tierra, siendo tal en
la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas corazas,
pues en el ágora otros me superan. Ojalá pereciera
la discordia para los dioses y para los hombres, y con ella la ira,
que encruelece hasta al hombre sensato cuando más dulce que
la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así
me irritó el rey de hombres, Agamenón. Pero dejemos
to pasado, aunque afligidos, pues es preciso refrenar el furor
del pecho. Iré a buscar al matador del amigo querido, a
Héctor; y yo recibiré la muerte cuando lo dispongan
Zeus y los demás dioses inmortales. Pues ni el fornido Heracies
pudo librarse de ella, con ser carísimo al soberano Zeus
Cronida, sino que la parca y la cólera funesta de Hera le
hicieron sucumbir. Así yo, si he de tener igual muerte, yaceré
en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama
y haré que algunas de las matronas troyanas o dardanias,
de profundo seno, den fuertes suspiros y con ambas manos se enjuguen
las lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan que durante
largo tiempo me he abstenido de combatir. Y tú, aunque me
ames, no me prohíbas que pelee, que no lograrás persuadirme.
127 Respondióle Tetis, la de argénteos pies:
128 Sí, hijo, es justo, y no puede reprobarse que libres
a los afligidos compañeros de una muerte terrible; pero to
magnífica armadura de luciente bronce la tienen los troyanos,
y Héctor, el de tremolante casco, se vanagloria de cubrir
con ella sus hombros. Con todo eso, me figuro que no durará
mucho su jactancia, pues ya la muerte se le avecina. Tú
no penetres en la contienda de Ares hasta que con tus ojos me veas
volver; y mañana, al romper el alba, vendré a traerte
una hermosa armadura fabricada por Hefesto.
138 Cuando así hubo hablado, dejó a su hijo; y volviéndose
a sus hermanas de la mar, les dijo:
140 Bajad vosotras al anchuroso seno del mar para ver al anciano
marino y el palacio del padre, a quien se lo contaréis todo;
y yo subiré al elevado Olimpo para que Hefesto, el ilustre
artífice, dé a mi hijo una magnífica y reluciente
armadura.
14s Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamente
en las olas del mar, y Tetis, la diosa de argénteos pies,
enderezó sus pasos al Olimpo para procurar a su hijo las
magníficas armas.
148 Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los aqueos, de hermosas
grebas, huyendo con gritería inmensa a vista de Héctor,
matador de hombres, llegaron a las naves y al Helesponto; y ya no
podían sacar fuera de los tiros el cadáver de Patroclo,
escudero de Aquiles, porque de nuevo los alcanzaron los troyanos
con sus carros y Héctor, hijo de Príamo, que por su
vigor parecía una llama. Tres veces el esclarecido Héctor
asió a Patroclo por los pies a intentó arrastrarlo,
exhortando con horrendos gritos a los troyanos; tres veces los dos
Ayantes, revestidos de impetuoso valor, le rechazaron. Héctor,
confiando en su fuerza, unas veces se arrojaba a la pelea, otras
se detenía y daba grandes voces, pero nunca se retiraba del
todo. Como los pastores pasan la noche en el campo y no consiguen
apartar de la presa a un fogoso león muy hambriento; de semejante
modo, los belicosos Ayantes no lograban ahuyentar del cadáver
a Héctor Priámida. Y éste to arrastrara, consiguiendo
inmensa gloria, si no se hubiese presentado al Pelión, para
aconsejarle que tomase las armas, la veloz Iris, de pies ligeros
como el viento; a la cual enviaba Hera, sin que to supieran Zeus
ni los demás dioses. Colocóse la diosa cerca de Aquiles
y pronunció estas aladas palabras:
170 ¡Levántate, Pelida, el más portentoso de
los hombres! Ve a defender a Patroclo, por cuyo cuerpo se ha trabado
un vivo combate cerca de las naves. Mátanse a11í los
aqueos defendiendo el cadáver, y los troyanos acometiendo
con el fin de arrastrarlo a la ventosa Ilio. Y el que más
empeño tiene en llevárselo es el esclarecido Héctor,
porque su ánimo le incita a cortarle la cabeza del tierno
cuello para clavarla en una estaca. Levántate, no yazgas
más; avergüéncese tu corazón de que Patroclo
llegue a ser juguete de los perros troyanos; pues será para
ti motivo de afrenta que el cadáver reciba algún
ultraje.
181 Respondióle el divino Aquiles, el de los pies ligeros:
182 ¡Diosa Iris! ¿Cuál de las deidades te envía
como mensajera?
183 Díjole la veloz Iris, de pies ligeros como el viento:
184 Me manda Hera, la ilustre esposa de Zeus, sin que lo sepan
el excelso Cronida ni los demás dioses inmortales que habitan
el nevado Olimpo.
187 Replicóle Aquiles, el de los pies ligeros:
188 ¿Cómo puedo ir a la batalla? Los troyanos tienen
mis armas, y mi madre no me permite entrar en combate hasta que
con estos ojos la vea volver, pues aseguró que me traería
una hermosa armadura fabricada por Hefesto. Entre tanto no sé
de cuál guerrero podría vestir las armas, a no ser
que tomase el escudo de Ayante Telamoníada; pero creo que
éste se halla entre los combatientes delanteros y pelea con
la lanza por el cadáver de Patroclo.
196 Contestóle la veloz Iris, de pies ligeros como el viento:
197 Bien sabemos nosotros que aquéllos tienen tu magnífica
armadura; pero muéstrate a los troyanos en la orilla del
foso para que, temiéndote, cesen de pelear; los belicosos
aqueos, que tan abatidos están, se reanimen, y la batalla
tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo.
202 En diciendo esto, fuese Iris, ligera de pies. Aquiles, caro
a Zeus, se levantó, y Atenea cubrióle los fornidos
hombros con la égida floqueada, y además la divina
entre las diosas circundóle la cabeza con áurea nube,
en la cual ardía resplandeciente llama. Como se ve desde
lejos el humo que, saliendo de una isla donde se halla una ciudad
sitiada por los enemigos, llega al éter, cuando sus habitantes,
después de combatir todo el día en horrenda batalla,
fuera de la ciudad, al ponerse el sol encienden muchos fuegos, cuyo
resplandor sube a to alto, para que los vecinos los vean, se embarquen
y les libren del apuro, de igual modo el resplandor de la cabeza
de Aquiles llegaba al éter. Y acercándose a la orilla
del foso, fuera de la muralla, se detuvo, sin mezclarse con los
aqueos, porque respetaba el prudente mandato de su madre. Allí
dio recias voces y a alguna distancia Palas Atenea vocifer6 también
y suscitó un inmenso tumulto entre los troyanos. Como se
oye la voz sonora de la trompeta cuando vienen a cercar la ciudad
enemigos que la vida quitan, tan sonora fue entonces la voz del
Eácida. Cuando se dejó oír la voz de bronce
del héroe, a todos se les conturbó el corazón,
y los caballos, de hermosas crines, volvíanse hacia atrás
con los carros porque en su ánimo presentían desgracias.
Los aurigas se quedaron atónitos al ver el terrible a incesante
fuego que en la cabeza del magnánimo Pelión hacía
arder Atenea, la diosa de ojos de lechuza. Tres veces el divino
Aquiles gritó a orillas del foso, y tres veces se turbaron
los troyanos y sus ínclitos auxiliares; y doce de los más
valientes guerreros murieron atropellados por sus carros y heridos
por sus propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres, sacaron a Patroclo
fuera del alcance de los tiros y colocáronlo en un lecho.
Los amigos le rodearon llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de
los pies ligeros, derramando ardientes lágrimas, desde que
vio al fiel compañero desgarrado por el agudo bronce y tendido
en el féretro. Habíale mandado a la batalla con su
carro y sus corceles, y ya no podía recibirlo, porque de
ella no tornaba vivo.
239 Hera veneranda, la de ojos de novilla, obligó al sol
infatigable a hundirse, mal de su grado, en la corriente del Océano.
Y una vez puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada pelea
y el general combate.
243 Los troyanos, por su parte, retirándose de la dura contienda,
desuncieron de los carros los veloces corceles y se reunieron en
el ágora antes de preparar la cena. Celebraron el ágora
de pie y nadie osó sentarse; pues a todos les hacía
temblar el que Aquiles se presentara después de haber permanecido
tanto tiempo apartado del funesto combate. Fue el primero en arengarles
el prudente Polidamante Pantoida, el único que conocía
to futuro y to pasado: era amigo de Héctor, y ambos nacieron
en la misma noche; pero Polidamante superaba a Héctor en
la elocuencia, y éste descollaba más que él
en el manejo de la lanza. Y arengándoles benévolo,
así les dijo:
254 Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto a volver a la ciudad
en vez de aguardar a la divinal aurora en la llanura, junto a las
naves, y tan lejos del muro como al presente nos hallamos. Mientras
ese hombre estuvo irritado con el divino Agamenón, fue más
fácil combatir contra los aqueos; y también yo gustaba
de pernoctar junto a las veleras naves, esperando que acabaríamos
tomando los corvos bajeles. Ahora temo mucho al Pelida, de pies
ligeros, que con su ánimo arrogante no se contentará
con quedarse en la llanura, donde troyanos y aqueos sostienen el
furor de Ares, sino que luchará para apoderarse de la ciudad
y de las mujeres. Volvamos a la población; seguid mi consejo,
antes de que ocurra to que voy a decir. La noche inmortal ha detenido
al Pelida, de pies ligeros; pero, si mañana nos acomete armado
y nos encuentra aquí, conoceréis quién es,
y llegará gozoso a la sagrada Ilio el que logre escapar,
pues a muchos de los troyanos se los comerán los perros y
los buitres. ¡Ojalá que tal noticia nunca llegue a
mis oídos! Si, aunque estéis afligidos, seguís
mi consejo, tendremos el ejército reunido en el ágora
durante la noche, pues la ciudad queda defendida por las torres
y las altas puertas con sus tablas grandes, labradas, sólidamente
unidas. Por la mañana, al apuntar la aurora, subiremos armados
a las torres; y si aquél viniere de las naves a combatir
con nosotros al pie del muro, peor para él; pues habrá
de volverse después de cansar a los caballos, de erguido
cuello, con carreras de todas clases, llevándolos errantes
en torno de la ciudad. Pero no tendrá ánimo para
entrar en ella, y nunca podrá destruirla; antes se to comerán
los veloces perros.
284 Mirándole con torva faz, exclamó Héctor,
el de tremolante casco:
285 ¡Polidamante! No me place lo que propones de volver
a la ciudad y encerrarnos en ella. ¿Aún no os cansáis
de vivir dentro de los muros? Antes todos los hombres dotados de
palabra llamaban a la ciudad de Príamo rica en oro y en bronce,
pero ya las hermosas joyas desaparecieron de las casas: muchas
riquezas han sido llevadas a la Frigia y a la encantadora Meonia
para ser vendidas, desde que Zeus se irritó contra nosotros.
Y ahora que el hijo del artero Crono me ha concedido alcanzar gloria
junto a las naves y acorralar contra el mar a los aqueos, no des,
¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún troyano
to obedecerá, porque no lo permitiré. Ea, procedamos
todos como voy a decir. Cenad en el campamento, sin romper las
filas; acordaos de la guardia y vigilad todos. Y el troyano que
sienta gran temor por sus bienes, júntelos y entréguelos
al pueblo para que en común se consuman; pues es mejor que
los disfrute éste que no los aqueos. Mañana, al apuntar
la aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos un reñido
combate junto alas cóncavas naves. Y si verdaderamente el
divino Aquiles pretende salir del campamento, le pesará tanto
más, cuanto más se arriesgue. Porque intento no huir
de él, sino afrontarle en la batalla horrísona; y
alcanzará una gran victoria, o seré yo quien la consiga.
Que Enialio es a todos común y suele causar la muerte del
que matar deseaba.
310 Así se expresó Héctor, y los troyanos le
aclamaron, ¡oh necios!, porque Palas Atenea les quitó
el juicio. ¡Aplaudían todos a Héctor por sus
funestos propósitos y ni uno siquiera a Polidamante, que
les daba un buen consejo! Tomaron, pues, la cena en el campamento;
y los aqueos pasaron la noche dando gemidos y llorando a Patroclo.
El Pelida, poniendo sus manos homicidas sobre el pecho del amigo,
dio comienzo a las sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes
sollozos. Como el melenudo león a quien un cazador ha quitado
los cachorros en la poblada selva, cuando vuelve a su madriguera
se aflige y, poseído de vehemente cólera, recorre
los valles en busca de aquel hombre, de igual modo, y despidiendo
profundos suspiros, dijo Aquiles entre los mirmidones:
324 ¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pronuncié
un día en el palacio para tranquilizar al héroe Menecio,
diciendo que a su ilustre hijo le llevaría otra vez a Opunte
tan pronto como, tomada Ilio, recibiera su parte de botín.
Zeus no les cumple a los hombres todos sus deseos; y el hado ha
dispuesto que nuestra sangre enrojezca una misma tierra, aquí
en Troya; porque ya no me recibirán en su palacio ni el
anciano caballero Peleo, ni Tetis, mi madre, sino que esta tierra
me contendrá en su seno. Ahora, ya que tengo de penetrar
en la tierra, oh Patroclo, después que tú, no to haré
las honras fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza
de Héctor, tu magnánirno matador. Degollaré
ante la pira, para vengar to muerte, doce hijos de ilustres troyanos.
Y en tanto permanezcas tendido junto a las corvas naves, te rodearán,
llorando noche y día, las troyanas y dardanias de profundo
seno que conquistamos con nuestro valor y la ingente lanza, al
entrar a saco opulentas ciudades de hombres de. voz articulada.
343 Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles mandó a sus
compañeros que pusieran al fuego un gran trípode para
que cuanto antes le lavaran a Patroclo las manchas de sangre. Y
ellos colocaron sobre el ardiente fuego una caldera propia para
baños, sostenida por un trípode; llenáronla
de agua, y metiendo leña debajo la encendieron: el fuego
rodeó la caldera y calentó el agua. Cuando ésta
hirvió en la caldera de bronce reluciente, lavaron el cadáver,
ungiéronlo con pingüe aceite y taparon las heridas con
un unguento que tenía nueve años; después,
colocándolo en el lecho, lo envolvieron de pies a cabeza
en fina tela de lino y lo cubrieron con un velo blanco. Los mirmidones
pasaron la noche alrededor de Aquiles, el de los pies ligeros,
dando gemidos y llorando a Patroclo. Y Zeus habló de este
modo a Hera, su hermana y esposa:
357 Lograste al fin, Hera veneranda, la de ojos de novilla, que
Aquiles, ligero de pies, volviera a la batalla. Sin duda nacieron
de ti los melenudos aqueos.
360 Respondió Hera veneranda, la de ojos de novilla:
361 ¡Terribilísimo Cronida! ¡Qué palabras
proferiste! Si un hombre, no obstante su condición de mortal
y no saber Canto, puede realizar su propósito contra otro
hombre, ¿cómo yo, que me considero la primera de las
diosas por mi abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya, de
ti que reinas sobre los inmortales todos, no había de causar
males a los troyanos estando irritada contra ellos?
368 Así éstos conversaban. Tetis, la de argénteos
pies, llegó al palacio imperecedero de Hefesto, que brlllaba
como una estrella, lucía entre los de las deidades, era de
bronce y habíalo edificado el cojo en persona. Halló
al dios bañado en sudor y moviéndose en torno de los
fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían
permanecer arrimados a la pared del bien construido palacio y tenían
ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar
donde los dioses se congregaban y volver a la casa. ¡Cosa
admirable! Estaban casi terminados, faltándoles tan sólo
las labradas asas, y el dios preparaba los clavos para pegárselas.
Mientras hacía tales obras con sabia inteligencla, llegó
Tetis, la diosa de argénteos pies. La bella Caris, que llevaba
luciente diadema y era esposa del ilustre cojo, viola venir, salió
a recibirla, y, asiéndola por la mano, le dijo:
385 ¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable
y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo.
Pero sígueme, y to ofreceré los dones de la hospitalidad.
388 Dichas estas palabras, la divina entre las diosas introdujo
a Tetis y la hizo sentar en un hermoso trono labrado, tachonado
con clavos de plata y provisto de un escabel para los pies. Y, llamando
a Hefesto, ilustre artífice, le dijo:
392 ¡Hefesto! Ven acá, pues Tetis to necesita para
algo.
393 Respondió el ilustre cojo de ambos pies:
394 Respetable y veneranda es la diosa que ha venido a este palacio.
Fue mi salvadora cuando me tocó padecer, pues vime arrojado
del cielo y caí a lo lejos por la voluntad de mi insolente
madre, que me quería ocultar a causa de la cojera. Entonces
mi corazón hubiera tenido que soportar terribles penas,
si no me hubiesen acogido en su seno Eurínome y Tetis; Eurínome,
hija del retluente Océano. Nueve años viví
con ellas fabricando muchas piezas de bronce broches, redondos
brazaletes, sortijas y collares en una cueva profunda, rodeada
por la inmensa, murmurante y espumosa corriente del Océano.
De todos los dioses y los mortales hombres, sólo to sabían
Tetis y Eurínome, las mismas que antes me salvaron. Hoy que
Tetis, la de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo que pagarle
el beneficio de haberme conservado la vida. Sírvele hermosos
presentes de hospitalidad, mientras recojo los fuelles y demás
herramientas.
410 Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco e infatigable
numen que al andar cojeaba arrastrando sus gráciles piernas.
Apartó de la llama los fuelles y puso en un arcón
de plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse con
una esponja el sudor del rostro, de las manos, del vigoroso cuello
y del velludo pecho, vistió la túnica, tomó
el fornido cetro, y salió cojeando, apoyado en dos estatuas
de oro que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían
inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las
obras propias de los inmortales dioses. Ambas sostenían cuidadosamente
a su señor, y éste, andando, se sentó en un
trono reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la deidad,
y le dijo:
424 ¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable
y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo.
Di qué deseas; mi corazón me impulsa a ejecutarlo,
si puedo ejecutarlo y es hacedero.
428 Respondióle Tetis, derramando lágrimas:
429 ¡Hefesto! ¿Hay alguna entre las diosas del Olimpo
que haya sufrido en su ánimo tantos y tan graves pesares
como a mí me ha enviado el Cronida Zeus? De las ninfas del
mar, únicamente a mí me sujetó a un hombre,
a Peleo Eácida, y tuve que tolerar, contra toda mi voluntad,
el tálamo de un hombre que yace ya en el palacio, rendido
a la triste vejez. Ahora me envía otros males: concedióme
que pariera y alimentara un hijo insigne entre los héroes,
que creció semejante a un árbol, to crié como
a una planta en terreno fértil y to mandé a Ilio en
las corvas naves, para que combatiera con los troyanos; y ya no
le recibiré otra vez, porque no volverá a mi casa,
a la mansión de Peleo. Mientras vive y ve la luz del sol
está angustiado, y no puedo, aunque a él me acerque,
llevarle socorro. Los aqueos le habían asignado, como recompensa,
una joven, y el rey Agamenón se la quitó de las manos.
Apesadumbrado por tal motivo, consumía su corazón,
pero los troyanos acorralaron a los aqueos junto a los bajeles y
no les dejaban salir del campamento, y los próceres argivos
intercedieron con Aquiles y le ofrecieron espléndidos regalos.
Entonces, aunque se negó a librarles de la ruina, hizo que
vistiera sus armas Patroclo y envióle a la batalla con muchos
hombres. Combatieron todo el día en las puertas Esceas; y
los aqueos hubieran destruido la ciudad, a no haber sido por Apolo,
el cual mató entre los combatientes delanteros al esforzado
hijo de Menecio, que tanto estrago causaba, y dio gloria a Héctor.
Y yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres dar a mi hijo,
cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas grebas ajustadas
con broches, y coraza; pues las armas que tenía las perdió
su fiel amigo al morir a manos de los troyanos, y Aquiles yace en
tierra con el corazón afligido.
462 Contestóle el ilustre cojo de ambos pies:
463 Cobra ánimo y no to apures por las armas. Ojalá
pudiera ocultarlo a la muerte horrísona cuando el terrible
destino se le presence, como tendrá una hermosa armadura
que admirarán cuantos la vean.
468 Así habló; y, dejando a la diosa, encaminóse
a los fuelles, los volvió hacia la llama y les mandó
que trabajasen. Estos soplaban en veinte hornos, despidiendo un
aire que avivaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte,
como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras al contrario,
según Hefesto lo deseaba y la obra to requería. El
dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata;
colocó en el tajo el gran yunque, y cogió con una
mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.
478 Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada
labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una
abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la
superior grabó el dios muchas artísticas figuras,
con sabia inteligencia.
483 A11í puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable
y la luna llena; a11í las estrellas que el cielo coronan,
las Pléyades, las Híades, el robusto Orión
y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre
en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que
deja de bañarse en el Océano.
490 Allí representó también dos ciudades de
hombres dotados de palabra. En la una se celebraban bodas y festines:
las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas
por la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos
cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban ruedos, dentro
de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas
admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las
casas. Los hombres estaban reunidos en el ágora, pues se
había suscitado una contienda entre dos varones acerca de
la multa que debía pagarse por un homicidio: el uno, declarando
ante el pueblo, afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro
negaba haberla recibido, y ambos deseaban terminar el pleito presentando
testigos. El pueblo se hallaba dividido en dos bandos, que aplaudían
sucesivamente a cada litigante; los heraldos aquietaban a la muchedumbre,
y los ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo,
tenían en las manos los cetros de los heraldos, de voz potente,
y levantándose uno tras otro publicaban el juicio que habían
formado. En el centro estaban los dos talentos de oro que debían
darse al que mejor demostrara la justicia de su causa.
509 La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos
cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras, no estaban
acordes: los del primero deseaban arruinar la plaza, y los otros
querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba
la agradable población. Pero los ciudadanos aún no
se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres,
niños y ancianos subidos en la muralla la defendían.
Los sitiados marchaban llevando al frente a Ares y a Palas Atenea,
ambos de oro y con áureas vestiduras, hermosos, grandes,
armados y distinguidos, coino dioses; pues los hombres eran de estatura
menor. Luego en el lugar escogido para la emboscada, que era a orillas
de un río y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el
ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente bronce, y ponían
dos centinelas avanzados para que les avisaran la llegada de las
ovejas y de los bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban
los rebaños con dos pastores que se recreaban tocando la
zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados
los veían venir, corrían a su encuentro y al punto
se apoderaban de los rebaños de bueyes y de los magníficos
hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes. Los sitiadores,
que se hallaban reunidos en junta, oían el vocerío
que se alzaba en torno de los bueyes, y, montando ágiles
corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa a orillas
del río una batalla en la cual heríanse unos a otros
con broncíneas lanzas. Allí se agitaban la Discordia,
el Tumulto y la funesta Parca, que a un tiempo cogía a un
guerrero vivo y recientemente herido y a otro ileso, y arrastraba,
asiéndolo de los pies, por el campo de la batalla a un tercero
que ya había muerto; y el ropaje que cubría su espalda
estaba teniño de sangre humana. Movíanse todos como
hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.
541 Representó también una blanda tierra noval, un
campo fértil y vasto que se labraba por tercera vez: acá
y acullá muchos labradores guiaban las yuntas, y, al llegar
al confín del campo, un hombre les salía al encuentro
y les daba una copa de dulce vino; y ellos volvían atrás,
abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval
profundo. Y la tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía
labrada, siendo toda de oro; to cual constituía una singular
maravilla.
550 Grabó asimismo un campo real donde los jóvenes
se gaban las mieses con hoces afiladas: muchos manojos caíar
al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavilla: los
atadores. Tres eran éstos, y unos rapaces cogían los
manojos y se los llevaban a brazados. En medio, de pie en un surco,
estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre
y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban
para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y
las mujeres aparejaban la comida de los trabajadores, haciendo abundantes
puches de blanca harina.
561 También entalló una hermosa viña de oro,
cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban sostenidas por
rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco acero
y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino
por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas
y mancebos, pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en
cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la
harmoniosa cítara y entonaba con tenue voz un hermoso lino,
y todos le acompañaban cantando, profiriendo voces de júbilo
y golpeando con los pies el suelo.
573 Puso luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta:
los animales eran de oro y estaño, y salían del establo,
mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río, junto
a un flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a
las vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían. Entre
las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado
y conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perseguíanlos
mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la piel del
corpulento toro y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras
los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbario,
y azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban
de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca y rehuían
el encuentro de las fieras.
587 Hizo también el ilustre cojo de ambos pies un gran prado
en hermoso valle, donde pacían las cándidas ovejas,
con establos, chozas techadas y apriscos.
590 El ilustre cojo de ambos pies puso luego una danza como la que
Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna,
la de lindas trenzas. Mancebos v doncellas de rico dote, cogidos
de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban
vestidos de sutil lino y bonitas guirnaldas, y aquéllos,
túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con
aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes.
Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas a la redonda
con la misma facilidad con que el alfarero, sentándose, aplica
su mano al torno y to prueba para ver si corre, y en otras ocasiones
se colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío
inmenso rodeaba el baile y se holgaba en contemplarlo. Entre ellos
un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara;
y así que se oía el preludio, dos saltadores hacían
cabriolas en medio de la muchedumbre.
606 En la orla del sólido escudo representó la poderosa
corriente del río Océano.
609 Después que construyó el grande y fuerte escudo,
hizo para Aquiles una coraza más reluciente que el resplandor
del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea
cimera, y que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil
estaño.
614 Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado todas las
armas, entrególas a la madre de Aquiles. Y Tetis saltó,
como un gavilán desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente
armadura que Hefesto había construido.
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