Capítulo 1
Predicación de Juan el Bautista
1:1 Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
1:2 Como está escrito en Isaías el profeta:
He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de ti.
1:3 Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
1:4 Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento
para perdón de pecados.
1:5 Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos
los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río
Jordán, confesando sus pecados.
1:6 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto
de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre.
1:7 Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más
poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa
de su calzado.
1:8 Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará
con Espíritu Santo.
El bautismo de Jesús
1:9 Aconteció en aquellos días, que Jesús vino
de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.
1:10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos,
y al Espíritu como paloma que descendía sobre él.
1:11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres
mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.
Tentación de Jesús
1:12 Y luego el Espíritu le impulsó al desierto.
1:13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era
tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles
le servían.
Jesús principia su ministerio
1:14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a
Galilea predicando el evangelio del reino de Dios,
1:15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha
acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.
Jesús llama a cuatro pescadores
1:16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés
su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores.
1:17 Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré
que seáis pescadores de hombres.
1:18 Y dejando luego sus redes, le siguieron.
1:19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo
hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca,
que remendaban las redes.
1:20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la
barca con los jornaleros, le siguieron.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
1:21 Y entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando
en la sinagoga, enseñaba.
1:22 Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como
quien tiene autoridad, y no como los escribas.
1:23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu
inmundo, que dio voces,
1:24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros,
Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé
quién eres, el Santo de Dios.
1:25 Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate,
y sal de él!
1:26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia,
y clamando a gran voz, salió de él.
1:27 Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre
sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué
nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus
inmundos, y le obedecen?
1:28 Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia
alrededor de Galilea.
Jesús sana a la suegra de Pedro
1:29 Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés,
con Jacobo y Juan.
1:30 Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y en
seguida le hablaron de ella.
1:31 Entonces él se acercó, y la tomó de la mano
y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y
ella les servía.
Muchos sanados al ponerse el sol
1:32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron
todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados;
1:33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta.
1:34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades,
y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios,
porque le conocían.
Jesús recorre Galilea predicando
1:35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy
oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.
1:36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban;
1:37 y hallándole, le dijeron: Todos te buscan.
1:38 El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también
allí; porque para esto he venido.
1:39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba
fuera los demonios.
Jesús sana a un leproso
1:40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla,
le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.
1:41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió
la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio.
1:42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra
se fue de aquél, y quedó limpio.
1:43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió
luego,
1:44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate
al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés
mandó, para testimonio a ellos.
1:45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar
el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente
en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos;
y venían a él de todas partes.
Capítulo 2
Jesús sana a un paralítico
2:1 Entró Jesús otra vez en Capernaum después
de algunos días; y se oyó que estaba en casa.
2:2 E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían
ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.
2:3 Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico,
que era cargado por cuatro.
2:4 Y como no podían acercarse a él a causa de la
multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una
abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.
2:5 Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico:
Hijo, tus pecados te son perdonados.
2:6 Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales
cavilaban en sus corazones:
2:7 ¿Por qué habla éste así? Blasfemias
dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo
Dios?
2:8 Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban
de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por
qué caviláis así en vuestros corazones?
2:9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico:
Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma
tu lecho y anda?
2:10 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad
en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):
2:11 A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu
casa.
2:12 Entonces él se levantó en seguida, y tomando
su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se
asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal
cosa.
Llamamiento de Leví
2:13 Después volvió a salir al mar; y toda la gente
venía a él, y les enseñaba.
2:14 Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco
de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose,
le siguió.
2:15 Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa
de él, muchos publicanos y pecadores estaban también
a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos; porque
había muchos que le habían seguido.
2:16 Y los escribas y los fariseos, viéndole comer con los
publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos:
¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos
y pecadores?
2:17 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen
necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar
a justos, sino a pecadores.
La pregunta sobre el ayuno
2:18 Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban;
y vinieron, y le dijeron: ¿Por qué los discípulos
de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no
ayunan?
2:19 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están
de bodas ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre
tanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar.
2:20 Pero vendrán días cuando el esposo les será
quitado, y entonces en aquellos días ayunarán.
2:21 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo;
de otra manera, el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace
peor la rotura.
2:22 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el
vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se
pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
2:23 Aconteció que al pasar él por los sembrados un
día de reposo, sus discípulos, andando, comenzaron
a arrancar espigas.
2:24 Entonces los fariseos le dijeron: Mira, ¿por qué
hacen en el día de reposo lo que no es lícito?
2:25 Pero él les dijo: ¿Nunca leísteis lo que
hizo David cuando tuvo necesidad, y sintió hambre, él
y los que con él estaban;
2:26 cómo entró en la casa de Dios, siendo Abiatar
sumo sacerdote, y comió los panes de la proposición,
de los cuales no es lícito comer sino a los sacerdotes, y
aun dio a los que con él estaban?
2:27 También les dijo: El día de reposo fue hecho
por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de
reposo.
2:28 Por tanto, el Hijo del Hombre es Señor aun del día
de reposo.
Capítulo 3
El hombre de la mano seca
3:1 Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había
allí un hombre que tenía seca una mano.
3:2 Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría,
a fin de poder acusarle.
3:3 Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate
y ponte en medio.
3:4 Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo
hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos
callaban.
3:5 Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido
por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano.
Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana.
3:6 Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra
él para destruirle.
La multitud a la orilla del mar
3:7 Mas Jesús se retiró al mar con sus discípulos,
y le siguió gran multitud de Galilea. Y de Judea,
3:8 de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán,
y de los alrededores de Tiro y de Sidón, oyendo cuán
grandes cosas hacía, grandes multitudes vinieron a él.
3:9 Y dijo a sus discípulos que le tuviesen siempre lista
la barca, a causa del gentío, para que no le oprimiesen.
3:10 Porque había sanado a muchos; de manera que por tocarle,
cuantos tenían plagas caían sobre él.
3:11 Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante
de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de
Dios.
3:12 Mas él les reprendía mucho para que no le descubriesen.
Elección de los doce apóstoles
3:13 Después subió al monte, y llamó a sí
a los que él quiso; y vinieron a él.
3:14 Y estableció a doce, para que estuviesen con él,
y para enviarlos a predicar,
3:15 y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar
fuera demonios:
3:16 a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro;
3:17 a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes
apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno;
3:18 a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás,
Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananista,
3:19 y Judas Iscariote, el que le entregó. Y vinieron a casa.
La blasfemia contra el Espíritu Santo
3:20 Y se agolpó de nuevo la gente, de modo que ellos ni
aun podían comer pan.
3:21 Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque
decían: Está fuera de sí.
3:22 Pero los escribas que habían venido de Jerusalén
decían que tenía a Beelzebú, y que por el príncipe
de los demonios echaba fuera los demonios.
3:23 Y habiéndolos llamado, les decía en parábolas:
¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás?
3:24 Si un reino está dividido contra sí mismo, tal
reino no puede permanecer.
3:25 Y si una casa está dividida contra sí misma,
tal casa no puede permanecer.
3:26 Y si Satanás se levanta contra sí mismo, y se
divide, no puede permanecer, sino que ha llegado su fin.
3:27 Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear
sus bienes, si antes no le ata, y entonces podrá saquear
su casa.
3:28 De cierto os digo que todos los pecados serán perdonados
a los hijos de los hombres, y las blasfemias cualesquiera que sean;
3:29 pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo,
no tiene jamás perdón, sino que es reo de juicio eterno.
3:30 Porque ellos habían dicho: Tiene espíritu inmundo.
La madre y los hermanos de Jesús
3:31 Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose
afuera, enviaron a llamarle.
3:32 Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo:
Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan.
3:33 El les respondió diciendo: ¿Quién es mi
madre y mis hermanos?
3:34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él,
dijo: He aquí mi madre y mis hermanos.
3:35 Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése
es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.
Capítulo 4
Parábola del sembrador
4:1 Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto
al mar, y se reunió alrededor de él mucha gente, tanto
que entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y
toda la gente estaba en tierra junto al mar.
4:2 Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les
decía en su doctrina:
4:3 Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar;
4:4 y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto
al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron.
4:5 Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía
mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad
de tierra.
4:6 Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía
raíz, se secó.
4:7 Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron
y la ahogaron, y no dio fruto.
4:8 Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues
brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y
a ciento por uno.
4:9 Entonces les dijo: El que tiene oídos para oír,
oiga.
4:10 Cuando estuvo solo, los que estaban cerca de él con
los doce le preguntaron sobre la parábola.
4:11 Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino
de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas
todas las cosas;
4:12 para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan;
para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados.
4:13 Y les dijo: ¿No sabéis esta parábola?
¿Cómo, pues, entenderéis todas las parábolas?
4:14 El sembrador es el que siembra la palabra.
4:15 Y éstos son los de junto al camino: en quienes se siembra
la palabra, pero después que la oyen, en seguida viene Satanás,
y quita la palabra que se sembró en sus corazones.
4:16 Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales:
los que cuando han oído la palabra, al momento la reciben
con gozo;
4:17 pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta
duración, porque cuando viene la tribulación o la
persecución por causa de la palabra, luego tropiezan.
4:18 Estos son los que fueron sembrados entre espinos: los que oyen
la palabra,
4:19 pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas,
y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se
hace infructuosa.
4:20 Y éstos son los que fueron sembrados en buena tierra:
los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta,
y a ciento por uno.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
4:21 También les dijo: ¿Acaso se trae la luz para
ponerla debajo del almud, o debajo de la cama? ¿No es para
ponerla en el candelero?
4:22 Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni
escondido, que no haya de salir a luz.
4:23 Si alguno tiene oídos para oír, oiga.
4:24 Les dijo también: Mirad lo que oís; porque con
la medida con que medís, os será medido, y aun se
os añadirá a vosotros los que oís.
4:25 Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene,
aun lo que tiene se le quitará.
Parábola del crecimiento de la semilla
4:26 Decía además: Así es el reino de Dios,
como cuando un hombre echa semilla en la tierra;
4:27 y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla
brota y crece sin que él sepa cómo.
4:28 Porque de suyo lleva fruto la tierra, primero hierba, luego
espiga, después grano lleno en la espiga;
4:29 y cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la
hoz, porque la siega ha llegado.
Parábola de la semilla de mostaza
4:30 Decía también: ¿A qué haremos semejante
el reino de Dios, o con qué parábola lo compararemos?
4:31 Es como el grano de mostaza, que cuando se siembra en tierra,
es la más pequeña de todas las semillas que hay en
la tierra;
4:32 pero después de sembrado, crece, y se hace la mayor
de todas las hortalizas, y echa grandes ramas, de tal manera que
las aves del cielo pueden morar bajo su sombra.
El uso que Jesús hace de las parábolas
4:33 Con muchas parábolas como estas les hablaba la palabra,
conforme a lo que podían oír.
4:34 Y sin parábolas no les hablaba; aunque a sus discípulos
en particular les declaraba todo.
Jesús calma la tempestad
4:35 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos
al otro lado.
4:36 Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la
barca; y había también con él otras barcas.
4:37 Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba
las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.
4:38 Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal;
y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado
que perecemos?
4:39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al
mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande
bonanza.
4:40 Y les dijo: ¿Por qué estáis así
amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?
4:41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno
al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento
y el mar le obedecen?
Capítulo 5
El endemoniado gadareno
5:1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos.
5:2 Y cuando salió él de la barca, en seguida vino
a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu
inmundo,
5:3 que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía
atarle, ni aun con cadenas.
5:4 Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas,
mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él,
y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar.
5:5 Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los
montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras.
5:6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y
se arrodilló ante él.
5:7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo,
Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios
que no me atormentes.
5:8 Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu
inmundo.
5:9 Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió
diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos.
5:10 Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región.
5:11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo.
5:12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos
a los cerdos para que entremos en ellos.
5:13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus
inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil;
y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero,
y en el mar se ahogaron.
5:14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en
la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello
que había sucedido.
5:15 Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado
del demonio, y que había tenido la legión, sentado,
vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo.
5:16 Y les contaron los que lo habían visto, cómo
le había acontecido al que había tenido el demonio,
y lo de los cerdos.
5:17 Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos.
5:18 Al entrar él en la barca, el que había estado
endemoniado le rogaba que le dejase estar con él.
5:19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo:
Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes
cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido
misericordia de ti.
5:20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán
grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos
se maravillaban.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
5:21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla,
se reunió alrededor de él una gran multitud; y él
estaba junto al mar.
5:22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo;
y luego que le vio, se postró a sus pies,
5:23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando;
ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.
5:24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud,
y le apretaban.
5:25 Pero una mujer que desde hacía doce años padecía
de flujo de sangre,
5:26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado
todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes
le iba peor,
5:27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás
entre la multitud, y tocó su manto.
5:28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré
salva.
5:29 Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió
en el cuerpo que estaba sana de aquel azote.
5:30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder
que había salido de él, volviéndose a la multitud,
dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?
5:31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta,
y dices: ¿Quién me ha tocado?
5:32 Pero él miraba alrededor para ver quién había
hecho esto.
5:33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en
ella había sido hecho, vino y se postró delante de
él, y le dijo toda la verdad.
5:34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé
en paz, y queda sana de tu azote.
5:35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del
principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para
qué molestas más al Maestro?
5:36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía,
dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente.
5:37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo,
y Juan hermano de Jacobo.
5:38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto
y a los que lloraban y lamentaban mucho.
5:39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis
y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme.
5:40 Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a
todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a
los que estaban con él, y entró donde estaba la niña.
5:41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi;
que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate.
5:42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía
doce años. Y se espantaron grandemente.
5:43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese,
y dijo que se le diese de comer.
Capítulo 6
Jesús en Nazaret
6:1 Salió Jesús de allí y vino a su tierra,
y le seguían sus discípulos.
6:2 Y llegado el día de reposo, comenzó a enseñar
en la sinagoga; y muchos, oyéndole, se admiraban, y decían:
¿De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y
qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros
que por sus manos son hechos?
6:3 ¿No es éste el carpintero, hijo de María,
hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No
están también aquí con nosotros sus hermanas?
Y se escandalizaban de él.
6:4 Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra
sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa.
6:5 Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que
sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos.
6:6 Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría
las aldeas de alrededor, enseñando.
Misión de los doce discípulos
6:7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos
de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.
6:8 Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino
solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto,
6:9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.
6:10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad
en ella hasta que salgáis de aquel lugar.
6:11 Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid
de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros
pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día
del juicio, será más tolerable el castigo para los
de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad.
6:12 Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen.
6:13 Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite
a muchos enfermos, y los sanaban.
Muerte de Juan el Bautista
6:14 Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su
nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha
resucitado de los muertos, y por eso actúan en él
estos poderes.
6:15 Otros decían: Es Elías. Y otros decían:
Es un profeta, o alguno de los profetas.
6:16 Al oír esto Herodes, dijo: Este es Juan, el que yo decapité,
que ha resucitado de los muertos.
6:17 Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan,
y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías,
mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer.
6:18 Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito
tener la mujer de tu hermano.
6:19 Pero Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía;
6:20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón
justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba
muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana.
6:21 Pero venido un día oportuno, en que Herodes, en la fiesta
de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y
tribunos y a los principales de Galilea,
6:22 entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó
a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey
dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré.
6:23 Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta
la mitad de mi reino.
6:24 Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré?
Y ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista.
6:25 Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió
diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de
Juan el Bautista.
6:26 Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento,
y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla.
6:27 Y en seguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó
que fuese traída la cabeza de Juan.
6:28 El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y trajo
su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio
a su madre.
6:29 Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron
su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro.
Alimentación de los cinco mil
6:30 Entonces los apóstoles se juntaron con Jesús,
y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían
enseñado.
6:31 El les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad
un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera
que ni aun tenían tiempo para comer.
6:32 Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto.
6:33 Pero muchos los vieron ir, y le reconocieron; y muchos fueron
allá a pie desde las ciudades, y llegaron antes que ellos,
y se juntaron a él.
6:34 Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo
compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían
pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas.
6:35 Cuando ya era muy avanzada la hora, sus discípulos se
acercaron a él, diciendo: El lugar es desierto, y la hora
ya muy avanzada.
6:36 Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor,
y compren pan, pues no tienen qué comer.
6:37 Respondiendo él, les dijo: Dadles vosotros de comer.
Ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por doscientos
denarios, y les demos de comer?
6:38 El les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Id
y vedlo. Y al saberlo, dijeron: Cinco, y dos peces.
6:39 Y les mandó que hiciesen recostar a todos por grupos
sobre la hierba verde.
6:40 Y se recostaron por grupos, de ciento en ciento, y de cincuenta
en cincuenta.
6:41 Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando
los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus
discípulos para que los pusiesen delante; y repartió
los dos peces entre todos.
6:42 Y comieron todos, y se saciaron.
6:43 Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que
sobró de los peces.
6:44 Y los que comieron eran cinco mil hombres.
Jesús anda sobre el mar
6:45 En seguida hizo a sus discípulos entrar en la barca
e ir delante de él a Betsaida, en la otra ribera, entre tanto
que él despedía a la multitud.
6:46 Y después que los hubo despedido, se fue al monte a
orar;
6:47 y al venir la noche, la barca estaba en medio del mar, y él
solo en tierra.
6:48 Y viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento
les era contrario, cerca de la cuarta vigilia de la noche vino a
ellos andando sobre el mar, y quería adelantárseles.
6:49 Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era
un fantasma, y gritaron;
6:50 porque todos le veían, y se turbaron. Pero en seguida
habló con ellos, y les dijo: ¡Tened ánimo; yo
soy, no temáis!
6:51 Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento;
y ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban.
6:52 Porque aún no habían entendido lo de los panes,
por cuanto estaban endurecidos sus corazones.
Jesús sana a los enfermos en Genesaret
6:53 Terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret,
y arribaron a la orilla.
6:54 Y saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció.
6:55 Y recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer
de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que estaba.
6:56 Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o campos, ponían
en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les dejase
tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban
quedaban sanos.
Capítulo 7
Lo que contamina al hombre
7:1 Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas,
que habían venido de Jerusalén;
7:2 los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús
comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban.
7:3 Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose
a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan
las manos, no comen.
7:4 Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas
cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los
vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y
de los lechos.
7:5 Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por
qué tus discípulos no andan conforme a la tradición
de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas?
7:6 Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó
de vosotros Isaías, como está escrito:
Este pueblo de labios me honra,
Mas su corazón está lejos de mí.
7:7 Pues en vano me honran,
Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.
7:8 Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a
la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros
y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.
7:9 Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento
de Dios para guardar vuestra tradición.
7:10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y:
El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.
7:11 Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre
o a la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi ofrenda a Dios)
todo aquello con que pudiera ayudarte,
7:12 y no le dejáis hacer más por su padre o por su
madre,
7:13 invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición
que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes
a estas.
7:14 Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme
todos, y entended:
7:15 Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda
contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina
al hombre.
7:16 Si alguno tiene oídos para oír, oiga.
7:17 Cuando se alejó de la multitud y entró en casa,
le preguntaron sus discípulos sobre la parábola.
7:18 El les dijo: ¿También vosotros estáis
así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo
lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar,
7:19 porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y
sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los
alimentos.
7:20 Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina
al hombre.
7:21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen
los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios,
7:22 los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño,
la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.
7:23 Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.
La fe de la mujer sirofenicia
7:24 Levantándose de allí, se fue a la región
de Tiro y de Sidón; y entrando en una casa, no quiso que
nadie lo supiese; pero no pudo esconderse.
7:25 Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu
inmundo, luego que oyó de él, vino y se postró
a sus pies.
7:26 La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba
que echase fuera de su hija al demonio.
7:27 Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos,
porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a
los perrillos.
7:28 Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero
aun los perrillos, debajo de la mesa, comen de las migajas de los
hijos.
7:29 Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido
de tu hija.
7:30 Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio
había salido, y a la hija acostada en la cama.
Jesús sana a un sordomudo
7:31 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón
al mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis.
7:32 Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera
la mano encima.
7:33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos
en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua;
7:34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata,
es decir: Sé abierto.
7:35 Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató
la ligadura de su lengua, y hablaba bien.
7:36 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más
les mandaba, tanto más y más lo divulgaban.
7:37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho
todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar.
Capítulo 8
Alimentación de los cuatro mil
8:1 En aquellos días, como había una gran multitud,
y no tenían qué comer, Jesús llamó a
sus discípulos, y les dijo:
8:2 Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días
que están conmigo, y no tienen qué comer;
8:3 y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán
en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos.
8:4 Sus discípulos le respondieron: ¿De dónde
podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en
el desierto?
8:5 El les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis?
Ellos dijeron: Siete.
8:6 Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra;
y tomando los siete panes, habiendo dado gracias, los partió,
y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y los
pusieron delante de la multitud.
8:7 Tenían también unos pocos pececillos; y los bendijo,
y mandó que también los pusiesen delante.
8:8 Y comieron, y se saciaron; y recogieron de los pedazos que habían
sobrado, siete canastas.
8:9 Eran los que comieron, como cuatro mil; y los despidió.
8:10 Y luego entrando en la barca con sus discípulos, vino
a la región de Dalmanuta.
La demanda de una señal
8:11 Vinieron entonces los fariseos y comenzaron a discutir con
él, pidiéndole señal del cielo, para tentarle.
8:12 Y gimiendo en su espíritu, dijo: ¿Por qué
pide señal esta generación? De cierto os digo que
no se dará señal a esta generación.
8:13 Y dejándolos, volvió a entrar en la barca, y
se fue a la otra ribera.
La levadura de los fariseos
8:14 Habían olvidado de traer pan, y no tenían sino
un pan consigo en la barca.
8:15 Y él les mandó, diciendo: Mirad, guardaos de
la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes.
8:16 Y discutían entre sí, diciendo: Es porque no
trajimos pan.
8:17 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Qué
discutís, porque no tenéis pan? ¿No entendéis
ni comprendéis? ¿Aún tenéis endurecido
vuestro corazón?
8:18 ¿Teniendo ojos no veis, y teniendo oídos no oís?
¿Y no recordáis?
8:19 Cuando partí los cinco panes entre cinco mil, ¿cuántas
cestas llenas de los pedazos recogisteis? Y ellos dijeron: Doce.
8:20 Y cuando los siete panes entre cuatro mil, ¿cuántas
canastas llenas de los pedazos recogisteis?Y ellos dijeron: Siete.
8:21 Y les dijo: ¿Cómo aún no entendéis?
Un ciego sanado en Betsaida
8:22 Vino luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron
que le tocase.
8:23 Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de
la aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima, y
le preguntó si veía algo.
8:24 El, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero
los veo que andan.
8:25 Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo
que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos.
8:26 Y lo envió a su casa, diciendo: No entres en la aldea,
ni lo digas a nadie en la aldea.
La confesión de Pedro
8:27 Salieron Jesús y sus discípulos por las aldeas
de Cesarea de Filipo. Y en el camino preguntó a sus discípulos,
diciéndoles: ¿Quién dicen los hombres que soy
yo?
8:28 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías;
y otros, alguno de los profetas.
8:29 Entonces él les dijo: Y vosotros, ¿quién
decís que soy? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres
el Cristo.
8:30 Pero él les mandó que no dijesen esto de él
a ninguno.
Jesús anuncia su muerte
8:31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario al
Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos,
por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto,
y resucitar después de tres días.
8:32 Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó
aparte y comenzó a reconvenirle.
8:33 Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos,
reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante
de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas
de Dios, sino en las de los hombres.
8:34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo:
Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, y tome su cruz, y sígame.
8:35 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá;
y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio,
la salvará.
8:36 Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare
todo el mundo, y perdiere su alma?
8:37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su
alma?
8:38 Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras
en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del
Hombre se avergonzará también de él, cuando
venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.
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