Capítulo 1
Dedicatoria a Teófilo
1:1 Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia
de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas,
1:2 tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo
vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra,
1:3 me ha parecido también a mí, después de haber
investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas
por orden, oh excelentísimo Teófilo,
1:4 para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has
sido instruido.
Anuncio del nacimiento de Juan
1:5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote
llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era
de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet.
1:6 Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en
todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.
1:7 Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril,
y ambos eran ya de edad avanzada.
1:8 Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio
delante de Dios según el orden de su clase,
1:9 conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte
ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor.
1:10 Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del
incienso.
1:11 Y se le apareció un ángel del Señor puesto
en pie a la derecha del altar del incienso.
1:12 Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió
temor.
1:13 Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque
tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará
a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.
1:14 Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán
de su nacimiento;
1:15 porque será grande delante de Dios. No beberá vino
ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde
el vientre de su madre.
1:16 Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan
al Señor Dios de ellos.
1:17 E irá delante de él con el espíritu y el
poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres
a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para
preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.
1:18 Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré
esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.
1:19 Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy
delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas
nuevas.
1:20 Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta
el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis
palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.
1:21 Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba
de que él se demorase en el santuario.
1:22 Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron
que había visto visión en el santuario. El les hablaba
por señas, y permaneció mudo.
1:23 Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa.
1:24 Después de aquellos días concibió su mujer
Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo:
1:25 Así ha hecho conmigo el Señor en los días
en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres.
Anuncio del nacimiento de Jesús
1:26 Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una
ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
1:27 a una virgen desposada con un varón que se llamaba José,
de la casa de David; y el nombre de la virgen era María.
1:28 Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve,
muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre
las mujeres.
1:29 Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y
pensaba qué salutación sería esta.
1:30 Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque
has hallado gracia delante de Dios.
1:31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz
un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.
1:32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo;
y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;
1:33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino
no tendrá fin.
1:34 Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo
será esto? pues no conozco varón.
1:35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo
vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá,
será llamado Hijo de Dios.
1:36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha
concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que
llamaban estéril;
1:37 porque nada hay imposible para Dios.
1:38 Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor;
hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se
fue de su presencia.
María visita a Elisabet
1:39 En aquellos días, levantándose María, fue
de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá;
1:40 y entró en casa de Zacarías, y saludó a
Elisabet.
1:41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación
de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet
fue llena del Espíritu Santo,
1:42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre
las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.
1:43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la
madre de mi Señor venga a mí?
1:44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación
a mis oídos, la criatura saltó de alegría en
mi vientre.
1:45 Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá
lo que le fue dicho de parte del Señor.
1:46 Entonces María dijo:
Engrandece mi alma al Señor;
1:47 Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.
1:48 Porque ha mirado la bajeza de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas
las generaciones.
1:49 Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso;
Santo es su nombre,
1:50 Y su misericordia es de generación en generación
A los que le temen.
1:51 Hizo proezas con su brazo;
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
1:52 Quitó de los tronos a los poderosos,
Y exaltó a los humildes.
1:53 A los hambrientos colmó de bienes,
Y a los ricos envió vacíos.
1:54 Socorrió a Israel su siervo,
Acordándose de la misericordia
1:55 De la cual habló a nuestros padres,
Para con Abraham y su descendencia para siempre.
1:56 Y se quedó María con ella como tres meses; después
se volvió a su casa.
Nacimiento de Juan el Bautista
1:57 Cuando a Elisabet se le cumplió el tiempo de su alumbramiento,
dio a luz un hijo.
1:58 Y cuando oyeron los vecinos y los parientes que Dios había
engrandecido para con ella su misericordia, se regocijaron con ella.
1:59 Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar
al niño; y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías;
1:60 pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan.
1:61 Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie en tu parentela
que se llame con ese nombre.
1:62 Entonces preguntaron por señas a su padre, cómo
le quería llamar.
1:63 Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su
nombre. Y todos se maravillaron.
1:64 Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló
bendiciendo a Dios.
1:65 Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las montañas
de Judea se divulgaron todas estas cosas.
1:66 Y todos los que las oían las guardaban en su corazón,
diciendo: ¿Quién, pues, será este niño?
Y la mano del Señor estaba con él.
Profecía de Zacarías
1:67 Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo,
y profetizó, diciendo:
1:68 Bendito el Señor Dios de Israel,
Que ha visitado y redimido a su pueblo,
1:69 Y nos levantó un poderoso Salvador
En la casa de David su siervo,
1:70 Como habló por boca de sus santos profetas que fueron
desde el principio;
1:71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos
los que nos aborrecieron;
1:72 Para hacer misericordia con nuestros padres,
Y acordarse de su santo pacto;
1:73 Del juramento que hizo a Abraham nuestro padre,
Que nos había de conceder
1:74 Que, librados de nuestros enemigos,
Sin temor le serviríamos
1:75 En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros
días.
1:76 Y tú, niño, profeta del Altísimo serás
llamado;
Porque irás delante de la presencia del Señor, para
preparar sus caminos;
1:77 Para dar conocimiento de salvación a su pueblo,
Para perdón de sus pecados,
1:78 Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
1:79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte;
Para encaminar nuestros pies por camino de paz.
1:80 Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu;
y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación
a Israel.
Capítulo 2
Nacimiento de Jesús
2:1 Aconteció en aquellos días, que se promulgó
un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese
empadronado.
2:2 Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria.
2:3 E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.
2:4 Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret,
a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto
era de la casa y familia de David;
2:5 para ser empadronado con María su mujer, desposada con
él, la cual estaba encinta.
2:6 Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron
los días de su alumbramiento.
2:7 Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió
en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había
lugar para ellos en el mesón.
Los ángeles y los pastores
2:8 Había pastores en la misma región, que velaban
y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
2:9 Y he aquí, se les presentó un ángel del
Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor;
y tuvieron gran temor.
2:10 Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he
aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo
el pueblo:
2:11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que
es CRISTO el Señor.
2:12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al
niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
2:13 Y repentinamente apareció con el ángel una multitud
de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
2:14 ¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
2:15 Sucedió que cuando los ángeles su fueron de ellos
al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta
Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor
nos ha manifestado.
2:16 Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María
y a José, y al niño acostado en el pesebre.
2:17 Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho
acerca del niño.
2:18 Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores
les decían.
2:19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas
en su corazón.
2:20 Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por
todas las cosas que habían oído y visto, como se les
había dicho.
Presentación de Jesús en el templo
2:21 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño,
le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido
puesto por el ángel antes que fuese concebido.
2:22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación
de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén
para presentarle al Señor
2:23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo
varón que abriere la matriz será llamado santo al
Señor),
2:24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor:
Un par de tórtolas, o dos palominos.
2:25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre
llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba
la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba
sobre él.
2:26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo,
que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.
2:27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los
padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para
hacer por él conforme al rito de la ley,
2:28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
2:29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,
Conforme a tu palabra;
2:30 Porque han visto mis ojos tu salvación,
2:31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
2:32 Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.
2:33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que
se decía de él.
2:34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María:
He aquí, éste está puesto para caída
y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que
será contradicha
2:35 (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean
revelados los pensamientos de muchos corazones.
2:36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel,
de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido
con su marido siete años desde su virginidad,
2:37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no
se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos
y oraciones.
2:38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a
Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención
en Jerusalén.
El regreso a Nazaret
2:39 Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la
ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
2:40 Y el niño crecía y se fortalecía, y se
llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.
El niño Jesús en el templo
2:41 Iban sus padres todos los años a Jerusalén en
la fiesta de la pascua;
2:42 y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén
conforme a la costumbre de la fiesta.
2:43 Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño
Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José
y su madre.
2:44 Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron
camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los
conocidos;
2:45 pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole.
2:46 Y aconteció que tres días después le hallaron
en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles
y preguntándoles.
2:47 Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia
y de sus respuestas.
2:48 Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo,
¿por qué nos has hecho así? He aquí,
tu padre y yo te hemos buscado con angustia.
2:49 Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es
necesario estar?
2:50 Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.
2:51 Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y
estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en
su corazón.
2:52 Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura,
y en gracia para con Dios y los hombres.
Capítulo 3
Predicación de Juan el Bautista
3:1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César,
siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de
Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia
de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia,
3:2 y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino
palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3:3 Y él fue por toda la región contigua al Jordán,
predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de
pecados,
3:4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta
Isaías, que dice:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
3:5 Todo valle se rellenará,
Y se bajará todo monte y collado;
Los caminos torcidos serán enderezados,
Y los caminos ásperos allanados;
3:6 Y verá toda carne la salvación de Dios.
3:7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas
por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién
os enseñó a huir de la ira venidera?
3:8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis
a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre;
porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas
piedras.
3:9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz
de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen
fruto se corta y se echa en el fuego.
3:10 Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué
haremos?
3:11 Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas,
dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga
lo mismo.
3:12 Vinieron también unos publicanos para ser bautizados,
y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?
3:13 El les dijo: No exijáis más de lo que os está
ordenado.
3:14 También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros,
¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión
a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.
3:15 Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose
todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo,
3:16 respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os
bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien
no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará
en Espíritu Santo y fuego.
3:17 Su aventador está en su mano, y limpiará su era,
y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja
en fuego que nunca se apagará.
3:18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba las buenas
nuevas al pueblo.
3:19 Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a
causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas
las maldades que Herodes había hecho,
3:20 sobre todas ellas, añadió además esta:
encerró a Juan en la cárcel.
El bautismo de Jesús
3:21 Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también
Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió,
3:22 y descendió el Espíritu Santo sobre él
en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía:
Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.
Genealogía de Jesús
3:23 Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta
años, hijo, según se creía, de José,
hijo de Elí,
3:24 hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, hijo de
Jana, hijo de José,
3:25 hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahum,
hijo de Esli, hijo de Nagai,
3:26 hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semei, hijo
de José, hijo de Judá,
3:27 hijo de Joana, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel,
hijo de Neri,
3:28 hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de Elmodam,
hijo de Er,
3:29 hijo de Josué, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo
de Matat,
3:30 hijo de Leví, hijo de Simeón, hijo de Judá,
hijo de José, hijo de Jonán, hijo de Eliaquim,
3:31 hijo de Melea, hijo de Mainán, hijo de Matata, hijo
de Natán,
3:32 hijo de David, hijo de Isaí, hijo de Obed, hijo de Booz,
hijo de Salmón, hijo de Naasón,
3:33 hijo de Aminadab, hijo de Aram, hijo de Esrom, hijo de Fares,
hijo de Judá,
3:34 hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré,
hijo de Nacor,
3:35 hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Peleg, hijo de Heber,
hijo de Sala,
3:36 hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de
Noé, hijo de Lamec,
3:37 hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo
de Mahalaleel, hijo de Cainán,
3:38 hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo
de Dios.
Capítulo 4
Tentación de Jesús
4:1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió
del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto
4:2 por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no
comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo
hambre.
4:3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí
a esta piedra que se convierta en pan.
4:4 Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito está:
No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra
de Dios.
4:5 Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró
en un momento todos los reinos de la tierra.
4:6 Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad,
y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y
a quien quiero la doy.
4:7 Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.
4:8 Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás,
porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás,
y a él solo servirás.
4:9 Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo
del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí
abajo;
4:10 porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden;
4:11 y, En las manos te sostendrán, Para que no tropieces
con tu pie en piedra.
4:12 Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás
al Señor tu Dios.
4:13 Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó
de él por un tiempo.
Jesús principia su ministerio
4:14 Y Jesús volvió en el poder del Espíritu
a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor.
4:15 Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado
por todos.
Jesús en Nazaret
4:16 Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día
de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre,
y se levantó a leer.
4:17 Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo
abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
4:18 El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
4:19 A predicar el año agradable del Señor.
4:20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó;
y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.
4:21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura
delante de vosotros.
4:22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados
de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían:
¿No es éste el hijo de José?
4:23 El les dijo: Sin duda me diréis este refrán:
Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos
oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí
en tu tierra.
4:24 Y añadió: De cierto os digo, que ningún
profeta es acepto en su propia tierra.
4:25 Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel
en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado
por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda
la tierra;
4:26 pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una
mujer viuda en Sarepta de Sidón.
4:27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta
Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el
sirio.
4:28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron
de ira;
4:29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le
llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada
la ciudad de ellos, para despeñarle.
4:30 Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
4:31 Descendió Jesús a Capernaum, ciudad de Galilea;
y les enseñaba en los días de reposo.
4:32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad.
4:33 Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu
de demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz,
4:34 diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros,
Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te
conozco quién eres, el Santo de Dios.
4:35 Y Jesús le reprendió, diciendo: Cállate,
y sal de él. Entonces el demonio, derribándole en
medio de ellos, salió de él, y no le hizo daño
alguno.
4:36 Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros, diciendo:
¿Qué palabra es esta, que con autoridad y poder manda
a los espíritus inmundos, y salen?
4:37 Y su fama se difundía por todos los lugares de los contornos.
Jesús sana a la suegra de Pedro
4:38 Entonces Jesús se levantó y salió de la
sinagoga, y entró en casa de Simón. La suegra de Simón
tenía una gran fiebre; y le rogaron por ella.
4:39 E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre;
y la fiebre la dejó, y levantándose ella al instante,
les servía.
Muchos sanados al ponerse el sol
4:40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de
diversas enfermedades los traían a él; y él,
poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba.
4:41 También salían demonios de muchos, dando voces
y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía
y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el
Cristo.
Jesús recorre Galilea predicando
4:42 Cuando ya era de día, salió y se fue a un lugar
desierto; y la gente le buscaba, y llegando a donde estaba, le detenían
para que no se fuera de ellos.
4:43 Pero él les dijo: Es necesario que también a
otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para
esto he sido enviado.
4:44 Y predicaba en las sinagogas de Galilea.
Capítulo 5
La pesca milagrosa
5:1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de
Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír
la palabra de Dios.
5:2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y
los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes.
5:3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón,
le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose,
enseñaba desde la barca a la multitud.
5:4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar
adentro, y echad vuestras redes para pescar.
5:5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos
estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré
la red.
5:6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces,
y su red se rompía.
5:7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban
en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron
ambas barcas, de tal manera que se hundían.
5:8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante
Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor,
porque soy hombre pecador.
5:9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había
apoderado de él, y de todos los que estaban con él,
5:10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros
de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas;
desde ahora serás pescador de hombres.
5:11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo,
le siguieron.
Jesús sana a un leproso
5:12 Sucedió que estando él en una de las ciudades,
se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús,
se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo:
Señor, si quieres, puedes limpiarme.
5:13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo:
Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.
5:14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino
ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación,
según mandó Moisés, para testimonio a ellos.
5:15 Pero su fama se extendía más y más; y
se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase
de sus enfermedades.
5:16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.
Jesús sana a un paralítico
5:17 Aconteció un día, que él estaba enseñando,
y estaban sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales
habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea
y Jerusalén; y el poder del Señor estaba con él
para sanar.
5:18 Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho
a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro
y ponerle delante de él.
5:19 Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud,
subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho,
poniéndole en medio, delante de Jesús.
5:20 Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados
te son perdonados.
5:21 Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar,
diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemias?
¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?
5:22 Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos,
respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros
corazones?
5:23 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados
te son perdonados, o decir: Levántate y anda?
5:24 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad
en la tierra para perdonar pecados(dijo al paralítico):A
ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
5:25 Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando
el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando
a Dios.
5:26 Y todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y llenos
de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas.
Llamamiento de Leví
5:27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano
llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos,
y le dijo: Sígueme.
5:28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.
5:29 Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había
mucha compañía de publicanos y de otros que estaban
a la mesa con ellos.
5:30 Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos,
diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con
publicanos y pecadores?
5:31 Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos
no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
5:32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
5:33 Entonces ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos
de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de
los fariseos, pero los tuyos comen y beben?
5:34 El les dijo: ¿Podéis acaso hacer que los que
están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está
con ellos?
5:35 Mas vendrán días cuando el esposo les será
quitado; entonces, en aquellos días ayunarán.
5:36 Les dijo también una parábola: Nadie corta un
pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si
lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado
de él no armoniza con el viejo.
5:37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el
vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los
odres se perderán.
5:38 Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno
y lo otro se conservan.
5:39 Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo;
porque dice: El añejo es mejor.
Capítulo 6
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
6:1 Aconteció en un día de reposo, que pasando Jesús
por los sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y comían,
restregándolas con las manos.
6:2 Y algunos de los fariseos les dijeron: ¿Por qué
hacéis lo que no es lícito hacer en los días
de reposo?
6:3 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Ni aun esto habéis
leído, lo que hizo David cuando tuvo hambre él, y
los que con él estaban;
6:4 cómo entró en la casa de Dios, y tomó los
panes de la proposición, de los cuales no es lícito
comer sino sólo a los sacerdotes, y comió, y dio también
a los que estaban con él?
6:5 Y les decía: El Hijo del Hombre es Señor aun del
día de reposo.
El hombre de la mano seca
6:6 Aconteció también en otro día de reposo,
que él entró en la sinagoga y enseñaba; y estaba
allí un hombre que tenía seca la mano derecha.
6:7 Y le acechaban los escribas y los fariseos, para ver si en el
día de reposo lo sanaría, a fin de hallar de qué
acusarle.
6:8 Mas él conocía los pensamientos de ellos; y dijo
al hombre que tenía la mano seca: Levántate, y ponte
en medio. Y él, levantándose, se puso en pie.
6:9 Entonces Jesús les dijo: Os preguntaré una cosa:
¿Es lícito en día de reposo hacer bien, o hacer
mal? ¿salvar la vida, o quitarla?
6:10 Y mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre: Extiende
tu mano. Y él lo hizo así, y su mano fue restaurada.
6:11 Y ellos se llenaron de furor, y hablaban entre sí qué
podrían hacer contra Jesús.
Elección de los doce apóstoles
6:12 En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó
la noche orando a Dios.
6:13 Y cuando era de día, llamó a sus discípulos,
y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó
apóstoles:
6:14 a Simón, a quien también llamó Pedro,
a Andrés su hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé,
6:15 Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado
Zelote,
6:16 Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó
a ser el traidor.
Jesús atiende a una multitud
6:17 Y descendió con ellos, y se detuvo en un lugar llano,
en compañía de sus discípulos y de una gran
multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa
de Tiro y de Sidón, que había venido para oírle,
y para ser sanados de sus enfermedades;
6:18 y los que habían sido atormentados de espíritus
inmundos eran sanados.
6:19 Y toda la gente procuraba tocarle, porque poder salía
de él y sanaba a todos.
Bienaventuranzas y ayes
6:20 Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:
Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino
de Dios.
6:21 Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque
seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis,
porque reiréis.
6:22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan,
y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro
nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre.
6:23 Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí
vuestro galardón es grande en los cielos; porque así
hacían sus padres con los profetas.
6:24 Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro
consuelo.
6:25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!
porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora
reís! porque lamentaréis y lloraréis.
6:26 ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien
de vosotros! porque así hacían sus padres con los
falsos profetas.
El amor hacia los enemigos, y la regla de oro
6:27 Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros
enemigos, haced bien a los que os aborrecen;
6:28 bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.
6:29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también
la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
6:30 A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo,
no pidas que te lo devuelva.
6:31 Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así
también haced vosotros con ellos.
6:32 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué
mérito tenéis? Porque también los pecadores
aman a los que los aman.
6:33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué
mérito tenéis? Porque también los pecadores
hacen lo mismo.
6:34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis
recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque
también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir
otro tanto.
6:35 Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no
esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande,
y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno
para con los ingratos y malos.
6:36 Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre
es misericordioso.
El juzgar a los demás
6:37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis,
y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.
6:38 Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida
y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma
medida con que medís, os volverán a medir.
6:39 Y les decía una parábola: ¿Acaso puede
un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el
hoyo?
6:40 El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el
que fuere perfeccionado, será como su maestro.
6:41 ¿Por qué miras la paja que está en el
ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en
tu propio ojo?
6:42 ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame
sacar la paja que está en tu ojo, no mirando tú la
viga que está en el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero
la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar
la paja que está en el ojo de tu hermano.
Por sus frutos los conoceréis
6:43 No es buen árbol el que da malos frutos, ni árbol
malo el que da buen fruto.
6:44 Porque cada árbol se conoce por su fruto; pues no se
cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se vendimian uvas.
6:45 El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca
lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón
saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la
boca.
Los dos cimientos
6:46 ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor,
y no hacéis lo que yo digo?
6:47 Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las
hace, os indicaré a quién es semejante.
6:48 Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó
y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino
una inundación, el río dio con ímpetu contra
aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre
la roca.
6:49 Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que
edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual
el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue
grande la ruina de aquella casa.
Capítulo 7
Jesús sana al siervo de un centurión
7:1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo
que le oía, entró en Capernaum.
7:2 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería
mucho, estaba enfermo y a punto de morir.
7:3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús,
le envió unos ancianos de los judíos, rogándole
que viniese y sanase a su siervo.
7:4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud,
diciéndole: Es digno de que le concedas esto;
7:5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una
sinagoga.
7:6 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos
de la casa, el centurión envió a él unos amigos,
diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno
de que entres bajo mi techo;
7:7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la
palabra, y mi siervo será sano.
7:8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y
tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve,
y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
7:9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él,
y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo
que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
7:10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron
sano al siervo que había estado enfermo.
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín
7:11 Aconteció después, que él iba a la ciudad
que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos,
y una gran multitud.
7:12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí
que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre,
la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.
7:13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella,
y le dijo: No llores.
7:14 Y acercándose, tocó el féretro; y los
que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.
7:15 Entonces se incorporó el que había muerto, y
comenzó a hablar. Y lo dio a su madre.
7:16 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un
gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado
a su pueblo.
7:17 Y se extendió la fama de él por toda Judea, y
por toda la región de alrededor.
Los mensajeros de Juan el Bautista
7:18 Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas
estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos,
7:19 y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres
tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
7:20 Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan
el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres
tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
7:21 En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas,
y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista.
7:22 Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan
lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos
andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos
son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
7:23 y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.
7:24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan, comenzó a decir
de Juan a la gente: ta¿Qué salisteis a ver al desierto?
¿Una caña sacudida por el viento?
7:25 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre
cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen
vestidura preciosa y viven en deleites, en los palacios de los reyes
están.
7:26 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta?
Sí, os digo, y más que profeta.
7:27 Este es de quien está escrito:
He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de ti.
7:28 Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta
que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino
de Dios es mayor que él.
7:29 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron
a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan.
7:30 Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon
los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados
por Juan.
7:31 Y dijo el Señor: ¿A qué, pues, compararé
los hombres de esta generación, y a qué son semejantes?
7:32 Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que dan
voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta, y no bailasteis;
os endechamos, y no llorasteis.
7:33 Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía
vino, y decís: Demonio tiene.
7:34 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Este
es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos
y de pecadores.
7:35 Mas la sabiduría es justificada por todos sus hijos.
Jesús en el hogar de Simón el fariseo
7:36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese
con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó
a la mesa.
7:37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber
que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un
frasco de alabastro con perfume;
7:38 y estando detrás de él a sus pies, llorando,
comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba
con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
7:39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo
para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién
y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.
7:40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo:Simón, una
cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
7:41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía
quinientos denarios, y el otro cincuenta;
7:42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a
ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
7:43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó
más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
7:44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta
mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies;
mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha
enjugado con sus cabellos.
7:45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré,
no ha cesado de besar mis pies.
7:46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido
con perfume mis pies.
7:47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados,
porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco
ama.
7:48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
7:49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron
a decir entre sí: ¿Quién es éste, que
también perdona pecados?
7:50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vé
en paz.
Capítulo 8
Mujeres que sirven a Jesús
8:1 Aconteció después, que Jesús iba por todas
las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del
reino de Dios, y los doce con él,
8:2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus
malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena,
de la que habían salido siete demonios,
8:3 Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras
muchas que le servían de sus bienes.
Parábola del sembrador
8:4 Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad
venían a él, les dijo por parábola:
8:5 El sembrador salió a sembrar su semilla; y mientras sembraba,
una parte cayó junto al camino, y fue hollada, y las aves
del cielo la comieron.
8:6 Otra parte cayó sobre la piedra; y nacida, se secó,
porque no tenía humedad.
8:7 Otra parte cayó entre espinos, y los espinos que nacieron
juntamente con ella, la ahogaron.
8:8 Y otra parte cayó en buena tierra, y nació y llevó
fruto a ciento por uno. Hablando estas cosas, decía a gran
voz: El que tiene oídos para oír, oiga.
8:9 Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Qué
significa esta parábola?
8:10 Y él dijo: A vosotros os es dado conocer los misterios
del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que
viendo no vean, y oyendo no entiendan.
8:11 Esta es, pues, la parábola: La semilla es la palabra
de Dios.
8:12 Y los de junto al camino son los que oyen, y luego viene el
diablo y quita de su corazón la palabra, para que no crean
y se salven.
8:13 Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben
la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces;
creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan.
8:14 La que cayó entre espinos, éstos son los que
oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes y las riquezas
y los placeres de la vida, y no llevan fruto.
8:15 Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los
que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída,
y dan fruto con perseverancia.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
8:16 Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la pone
debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los
que entran vean la luz.
8:17 Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni
escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz.
8:18 Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene,
se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener
se le quitará.
La madre y los hermanos de Jesús
8:19 Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero
no podían llegar hasta él por causa de la multitud.
8:20 Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están
fuera y quieren verte.
8:21 El entonces respondiendo, les dijo: Mi madre y mis hermanos
son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen.
Jesús calma la tempestad
8:22 Aconteció un día, que entró en una barca
con sus discípulos, y les dijo: Pasemos al otro lado del
lago. Y partieron.
8:23 Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se desencadenó
una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban.
8:24 Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro,
Maestro, que perecemos! Despertando él, reprendió
al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza.
8:25 Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? Y
atemorizados, se maravillaban, y se decían unos a otros:
¿Quién es éste, que aun a los vientos y a las
aguas manda, y le obedecen?
El endemoniado gadareno
8:26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en
la ribera opuesta a Galilea.
8:27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre
de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no
vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros.
8:28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y
postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué
tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te
ruego que no me atormentes.
8:29 (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del
hombre, pues hacía mucho tiempo que se había apoderado
de él; y le ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo
las cadenas, era impelido por el demonio a los desiertos.)
8:30 Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo
te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos demonios
habían entrado en él.
8:31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo.
8:32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían
en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les
dio permiso.
8:33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos;
y el hato se precipitó por un despeñadero al lago,
y se ahogó.
8:34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que había
acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y por los
campos.
8:35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a
Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido
los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en
su cabal juicio; y tuvieron miedo.
8:36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo
había sido salvado el endemoniado.
8:37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de
los gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían
gran temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió.
8:38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba
que le dejase estar con él; pero Jesús le despidió,
diciendo:
8:39 Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas
ha hecho Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la
ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús
con él.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
8:40 Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud
con gozo; porque todos le esperaban.
8:41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal
de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús,
le rogaba que entrase en su casa;
8:42 porque tenía una hija única, como de doce años,
que se estaba muriendo. Y mientras iba, la multitud le oprimía.
8:43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde
hacía doce años, y que había gastado en médicos
todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser
curada,
8:44 se le acercó por detrás y tocó el borde
de su manto; y al instante se detuvo el flujo de su sangre.
8:45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que
me ha tocado? Y negando todos, dijo Pedro y los que con él
estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién
es el que me ha tocado?
8:46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he
conocido que ha salido poder de mí.
8:47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta,
vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró
delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado,
y cómo al instante había sido sanada.
8:48 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz.
8:49 Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal
de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más
al Maestro.
8:50 Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas;
cree solamente, y será salva.
8:51 Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo,
sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña.
8:52 Y lloraban todos y hacían lamentación por ella.
Pero él dijo: No lloréis; no está muerta, sino
que duerme.
8:53 Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.
8:54 Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo:
Muchacha, levántate.
8:55 Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente
se levantó; y él mandó que se le diese de comer.
8:56 Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les
mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido.
Capítulo 9
Misión de los doce discípulos
9:1 Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder
y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.
9:2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a
los enfermos.
9:3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón,
ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas.
9:4 Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí,
y de allí salid.
9:5 Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad,
y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.
9:6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio
y sanando por todas partes.
Muerte de Juan el Bautista
9:7 Herodes el tetrarca oyó de todas las cosas que hacía
Jesús; y estaba perplejo, porque decían algunos: Juan
ha resucitado de los muertos;
9:8 otros: Elías ha aparecido; y otros: Algún profeta
de los antiguos ha resucitado.
9:9 Y dijo Herodes: A Juan yo le hice decapitar; ¿quién,
pues, es éste, de quien oigo tales cosas? Y procuraba verle.
Alimentación de los cinco mil
9:10 Vueltos los apóstoles, le contaron todo lo que habían
hecho. Y tomándolos, se retiró aparte, a un lugar
desierto de la ciudad llamada Betsaida.
9:11 Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él les
recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanaba a los
que necesitaban ser curados.
9:12 Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose
los doce, le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas
y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque
aquí estamos en lugar desierto.
9:13 El les dijo: Dadles vosotros de comer. Y dijeron ellos: No
tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que
vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud.
9:14 Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos:
Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta.
9:15 Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos.
9:16 Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los
ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos
para que los pusiesen delante de la gente.
9:17 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les sobró,
doce cestas de pedazos.
La confesión de Pedro
9:18 Aconteció que mientras Jesús oraba aparte, estaban
con él los discípulos; y les preguntó, diciendo:
¿Quién dice la gente que soy yo?
9:19 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías;
y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado.
9:20 El les dijo: ¿Y vosotros, quién decís
que soy? Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo de Dios.
Jesús anuncia su muerte
9:21 Pero él les mandó que a nadie dijesen esto, encargándoselo
rigurosamente,
9:22 y diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas
cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes
y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día.
9:23 Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día,
y sígame.
9:24 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá;
y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste
la salvará.
9:25 Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el
mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?
9:26 Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras,
de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga
en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles.
9:27 Pero os digo en verdad, que hay algunos de los que están
aquí, que no gustarán la muerte hasta que vean el
reino de Dios.
La transfiguración
9:28 Aconteció como ocho días después de estas
palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió
al monte a orar.
9:29 Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo
otra, y su vestido blanco y resplandeciente.
9:30 Y he aquí dos varones que hablaban con él, los
cuales eran Moisés y Elías;
9:31 quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su partida,
que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.
9:32 Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de
sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de
Jesús, y a los dos varones que estaban con él.
9:33 Y sucedió que apartándose ellos de él,
Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que estemos
aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una para Moisés,
y una para Elías; no sabiendo lo que decía.
9:34 Mientras él decía esto, vino una nube que los
cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube.
9:35 Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi
Hijo amado; a él oíd.
9:36 Y cuando cesó la voz, Jesús fue hallado solo;
y ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie
de lo que habían visto.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
9:37 Al día siguiente, cuando descendieron del monte, una
gran multitud les salió al encuentro.
9:38 Y he aquí, un hombre de la multitud clamó diciendo:
Maestro, te ruego que veas a mi hijo, pues es el único que
tengo;
9:39 y sucede que un espíritu le toma, y de repente da voces,
y le sacude con violencia, y le hace echar espuma, y estropeándole,
a duras penas se aparta de él.
9:40 Y rogué a tus discípulos que le echasen fuera,
y no pudieron.
9:41 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación
incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar
con vosotros, y os he de soportar? Trae acá a tu hijo.
9:42 Y mientras se acercaba el muchacho, el demonio le derribó
y le sacudió con violencia; pero Jesús reprendió
al espíritu inmundo, y sanó al muchacho, y se lo devolvió
a su padre.
9:43 Y todos se admiraban de la grandeza de Dios. Jesús anuncia
otra vez su muerte
Y maravillándose todos de todas las cosas que hacía,
dijo a sus discípulos:
9:44 Haced que os penetren bien en los oídos estas palabras;
porque acontecerá que el Hijo del Hombre será entregado
en manos de hombres.
9:45 Mas ellos no entendían estas palabras, pues les estaban
veladas para que no las entendiesen; y temían preguntarle
sobre esas palabras.
¿Quién es el mayor?
9:46 Entonces entraron en discusión sobre quién de
ellos sería el mayor.
9:47 Y Jesús, percibiendo los pensamientos de sus corazones,
tomó a un niño y lo puso junto a sí,
9:48 y les dijo: Cualquiera que reciba a este niño en mi
nombre, a mí me recibe; y cualquiera que me recibe a mí,
recibe al que me envió; porque el que es más pequeño
entre todos vosotros, ése es el más grande.
El que no es contra nosotros, por nosotros es
9:49 Entonces respondiendo Juan, dijo: Maestro, hemos visto a uno
que echaba fuera demonios en tu nombre; y se lo prohibimos, porque
no sigue con nosotros.
9:50 Jesús le dijo: No se lo prohibáis; porque el
que no es contra nosotros, por nosotros es.
Jesús reprende a Jacobo y a Juan
9:51 Cuando se cumplió el tiempo en que él había
de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
9:52 Y envió mensajeros delante de él, los cuales
fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos.
9:53 Mas no le recibieron, porque su aspecto era como de ir a Jerusalén.
9:54 Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor,
¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como
hizo Elías, y los consuma?
9:55 Entonces volviéndose él, los reprendió,
diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu
sois;
9:56 porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas
de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.
Los que querían seguir a Jesús
9:57 Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré
adondequiera que vayas.
9:58 Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves
de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde
recostar la cabeza.
9:59 Y dijo a otro: Sígueme. El le dijo: Señor, déjame
que primero vaya y entierre a mi padre.
9:60 Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus
muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.
9:61 Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor;
pero déjame que me despida primero de los que están
en mi casa.
9:62 Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el
arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.
Capítulo 10
Misión de los setenta
10:1 Después de estas cosas, designó el Señor
también a otros setenta, a quienes envió de dos en
dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él
había de ir.
10:2 Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros
pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe
obreros a su mies.
10:3 Id; he aquí yo os envío como corderos en medio
de lobos.
10:4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie
saludéis por el camino.
10:5 En cualquier casa donde entréis, primeramente decid:
Paz sea a esta casa.
10:6 Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra
paz reposará sobre él; y si no, se volverá
a vosotros.
10:7 Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os
den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis
de casa en casa.
10:8 En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed
lo que os pongan delante;
10:9 y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha
acercado a vosotros el reino de Dios.
10:10 Mas en cualquier ciudad donde entréis, y no os reciban,
saliendo por sus calles, decid:
10:11 Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros
pies, lo sacudimos contra vosotros. Pero esto sabed, que el reino
de Dios se ha acercado a vosotros.
10:12 Y os digo que en aquel día será más tolerable
el castigo para Sodoma, que para aquella ciudad.
Ayes sobre las ciudades impenitentes
10:13 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!
que si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros
que se han hecho en vosotras, tiempo ha que sentadas en cilicio
y ceniza, se habrían arrepentido.
10:14 Por tanto, en el juicio será más tolerable el
castigo para Tiro y Sidón, que para vosotras.
10:15 Y tú, Capernaum, que hasta los cielos eres levantada,
hasta el Hades serás abatida.
10:16 El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros
desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí,
desecha al que me envió.
Regreso de los setenta
10:17 Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun
los demonios se nos sujetan en tu nombre.
10:18 Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo
como un rayo.
10:19 He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones,
y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.
10:20 Pero no os regocijéis de que los espíritus se
os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están
escritos en los cielos.
Jesús se regocija
10:21 En aquella misma hora Jesús se regocijó en el
Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios
y entendidos, y las has revelado a los niños. Sí,
Padre, porque así te agradó.
10:22 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie
conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es
el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
10:23 Y volviéndose a los discípulos, les dijo aparte:
Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis;
10:24 porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo
que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que oís,
y no lo oyeron.
El buen samaritano
10:25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó
y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa
heredaré la vida eterna?
10:26 El le dijo: ¿Qué está escrito en la ley?
¿Cómo lees?
10:27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas
tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti
mismo.
10:28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.
10:29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo,
dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?
10:30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía
de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones,
los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole
medio muerto.
10:31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel
camino, y viéndole, pasó de largo.
10:32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole,
pasó de largo.
10:33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él,
y viéndole, fue movido a misericordia;
10:34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles
aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó
al mesón, y cuidó de él.
10:35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los
dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes
de más, yo te lo pagaré cuando regrese.
10:36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue
el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?
10:37 El dijo: El que usó de misericordia con él.
Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.
Jesús visita a Marta y a María
10:38 Aconteció que yendo de camino, entró en una
aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa.
10:39 Esta tenía una hermana que se llamaba María,
la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía
su palabra.
10:40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose,
dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje
servir sola? Dile, pues, que me ayude.
10:41 Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada
y turbada estás con muchas cosas.
10:42 Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha
escogido la buena parte, la cual no le será quitada.
Continuación>>
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