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Corría el año 1271 cuando la más famosa de
las construcciones guerreras de la Edad Media rindió su fortaleza
al parecer inexpugnable al sultán de Egipto, Baibars tras
largos años en defensa de los intereses cristianos y de Occidente.
Aquella bella y hermética construcción, que todavía
se conserva en buen estado, llamada Risco de los Caballeros, que
había resistido el asedio y los ataques que los ejércitos
de Saladino le impusieron, no logró defenderse contra la
astucia y la inteligencia de su nuevo adversario, y ni sus fortificaciones
ni el valor y arrojo de sus defensores pudieron remediar la derrota
impuesta por una frágil paloma. Baibars, al sentir disminuir
sus fuerzas por el desánimo de sus seguidores, ante la imposibilidad
de rendir aquel baluarte del cristianismo, decidió servirse
del engaño para conseguir sus planes. Para ello, envió
una paloma mensajera ala fortaleza cristiana, con una misiva, al
parecer enviada por el Gran Maestre de la Orden de los Hospitalarios
de Trípoli, aconsejando a los sitiados a rendirse ante su
imposibilidad de enviar tropas a socorrerles.
Los cristianos, desmoralizados ante esta negativa, rindieron el
fuerte al sultán, el cual concedió un salvoconducto
a los vencidos para que pudieran llegar a la ciudad de Trípoli.
Los escasos supervivientes que dejaron las tierras de Siria, pertenecían
a la famosa Orden de los Caballeros Templarios, y aquella derrota
fue el principio del fin de su enorme poderío militar.
Este suceso y la pérdida de San Juan de Acre, ocurrida veinte
años después, en 1291, puso término a la misión
principal para la que se había creado la Orden del Temple.
Creación de la Orden de los Templaríos
La situación socio-política que se creó después
de surgir en Oriente, con el poderío musulmán, obligó
a los príncipes europeos a acudir en ayuda permanente de
sus hermanos de fe en los países orientales y de esta forma
defender los Santos Lugares de la continua amenaza de origen musulmán.
Por esto nacieron las Cruzadas y, consecuentes con ellas, las órdenes
de Caballería.
La Orden del Temple o de los Caballeros Templarios, la más
famosa y poderosa de todas, fue fundada en el año 1118, por
Hugo de
Payens y Geoffrey de Saint-Omer, a los que luego se unieron Godofredo
Bisoi, Godofredo Roval, Payen de Mont Didier, Archibald de Saint-Amand,
Andrés de Montbard, tío de Bernardo, el abate de Clarayal
o Ciairvaux. Y hacia 1120 se les agregó Fulco d'Angers, y
antes de 1125, el propio conde Champagne.
Un año más tarde la Orden se estableció en
Jerusalén en defensa de los Santos Lugares. Balduino II les
cedió un palacio no lejos del Templo de Jerusalén,
y por esto la Orden tomó el nombre del Temple y el estandarte,
siendo su atavío una túnica blanca adornada con una
cruz roja.
Fue en tierras de Oriente donde el Temple adquirió su fuerza
y posiblemente sus primeros tesoros, aunque las inmensas riquezas
que al parecer acumuló la Orden se debieron a sus negocios
financieros, con préstamos enormes a los distintos reyes
de los Estados europeos y otros asuntos que les proporcionaron incalculables
fortunas.
Cuando al cabo de varios años de proezas realmente legendarias,
en el curso de las Cruzadas y aún fuera de ellas, finalizó
la misión de la Orden en Oriente continuaron sus andanzas
guerreras por tierras de España, a la sazón casi toda
ella en poder de los árabes, y su potencial económico
y militar empezó a infundir recelos en aquellos Estados que
les habían antaño acogido con los brazos abiertos.
La Conciencia de grupo, la Fraternidad, la disciplina interna de
la Orden y el incómodo comportamiento del Gran Maestre Templario,
comenzaron a inquietar al rey francés Felipe el Hermoso,
que vela crecer un Estado dentro del suyo.
Fue, pues, con este ambicioso y receloso monarca que nacieron los
problemas de la Orden. Así, empezaron a propagarse relatos
oscuros sobre la conducta de los miembros de la Orden, y por primera
vez surgió la palabra herejía, junto con todo tipo
de aberraciones y blasfemias.
La extinción de los Templarios
El año 1314 vio el final de la trama urdida en su día
por el rey de Francia, cuando fue condenada la Orden por el papa
Clemente V como herética. Fue entonces ejecutado públicamente
el Gran Maestre Jacques de Molay. Los bienes confiscados a la Orden
fueron repartidos entre algunos Estados y ciertas órdenes
no desviadas, como la de los Hospitalarios, la de Montesa y la de
Cristo.
Tras estos sucesos, el silencio histórico que se abatió
sobre los mismos dejó sin esclarecer los verdaderos motivos
que conformaron los
acontecimientos que condujeron a la aniquilación de los Templarios,
y fueron las investigaciones llevadas a cabo desde el siglo XVII
hasta nuestros días, las que dieron luz y ciertas razones
al enigma en que estuvo envuelta la Orden de los Templarios.
Actualmente existen pocas dudas de que, especialmente en sus últimos
tiempos, las acciones del Temple diferían bastante de las
directrices marcadas por la Iglesia de Roma, y desde el punto de
vista de ésta había nacido la semilla de la herejía
entre los Templarios.
Esto no significa que en los primeros tiempos de la Orden ya se
concibieran los principios dualistas que les apartaron de la debida
obediencia a la Santa Sede. Es posible, asimismo, que el fundador
de la Orden jamas hubiera imaginado la desviación espiritual
de algunos de sus miembros, ya que con toda seguridad no todos los
monjes-guerreros participaron de las nuevas ideas. Por tanto, se
cree que dentro de la Orden existía una corriente iniciática
que abrazó las creencias gnósticas.
Las razones de la desviación
En su misión principal, que era la defensa de los Santos
Lugares, durante casi dos siglos de permanencia constante en Oriente,
hubo contactos intelectuales con los adversarios, principalmente
con la secta de Los Asesinos, un reflejo de su propia imagen en
el otro lado del campo de batalla.
Esta secta árabe, de carácter iniciático, veneraba
al Viejo de la Montaña, y en su organización, e incluso
su vestimenta, con sus mismos colores, manto blanco ceñido
por un cinto rojo, se parecían al Temple.
Es muy posible que los contactos con esta secta oriental hiciese
germinar la semilla de la herejía en el seno de la orden
del Temple.
A partir de entonces se esparcieron por Occidente los nuevos ritos
de los Templarios, asumiendo para si la tradición cóníca
que, en su día, desarrolló el gran profeta y filósofo
medo Zoroastro, que reorganizaron los maniqueos, y que se propagó
paralelamente al auge creciente del cristianismo.
Fue en ese momento que los Templarios asumieron la protección
simbólica del Grial, considerando su misión evangélica
por encima del credo de la Iglesia Romana. De esta manera, el Temple
fue incorporando a su cosmogonía las tradiciones idealizadas
a través de las leyendas de los míticos personajes
de la Corte del Rey Arturo y sus Caballeros de la Tabla Redonda,
toda vez que estaban profetizados en uno de los principales libros
de la saga, El Parsifal, de Wolfram von Eschenbach, en donde este
autor denomina a los guardianes y defensores del Grial con el nombre
genérico de "Templeisen", o sea Templarios.
La Orden del Temple deseaba una Europa teocrática, sometida
a un Mesías imperial, siguiendo la tradición que reunía
el poder temporal y el espiritual bajo una misma cabeza, una misma
disciplina, una misma dirección.
Para lograrlo, la búsqueda de la sabiduría absoluta
fue su principal empeño, llevado de la mano de la filosofía
gnóstica, y tratando de fundir en su cosmogonía todas
las tendencias de los conocimientos de Oriente y Occidente. Y de
este modo nació en los Templarios el afán de luchar
por la perfección, lo que les impulsó a separarse
de la Iglesia Romana.
Las ideas templarías, más universales y liberales
que las del cristianismo, fueron consideradas por sus seguidores
como algo muy por encima de cualquier religión. Sus principios
pretendían nacer con los tiempos y ser compañeros
de todas las edades históricas. Para los miembros del Temple,
la iglesia era la casa de Cristo, el Temple la del Espíritu
Santo, por lo que su tarea primordial era la reconciliación
de todos los tiempos en el gran pensamiento de la unidad divina.
Sobre estas premisas iban girando las nuevas directrices y creencias
de la Orden cuando los príncipes de Occidente empezaron a
intuir el peligro que representaba su poder, siendo estas desviaciones
de la ortodoxia aceptada en general, lo que dio la base para urdir
la leyenda negra que permitió hundir y aniquilar a la prestigiosa
orden del Temple, leyenda negra que, posiblemente, tuviera unos
fundamentos reales, aunque sí debieron ser abultados en demasía.

Los rituales templarios
La Orden del Temple era iniciática, por lo que mantenía
unos rituales fundamentales por los que debían pasar todos
los que en la misma se ordenaban. Estos rituales fueron con el tiempo
evolucionando hacia un esoterismo tal que, precisamente, por su
oscurantismo y secreto fueron mal interpretados por sus contemporáneos,
muchos de los cuales se convirtieron en enemigos suyos, quienes
al perseguir a la Orden lograron de los Caballeros apresados los
testimonios reales, o quizás falsos, que suelen obtenerse
bajo tortura.
Cierto es que al principio la ceremonia de admisión de un
Caballero se llevaba en total secreto y siempre en las horas que
preceden al amanecer. En la sala capitular, lugar sagrado en el
Temple, montaban guardia numerosos centinelas de la Orden con el
objetivo de acompañar al nuevo iniciado.
En la ceremonia, el aspirante se comprometía a guardar todas
las reglas, todos los estatutos de la Orden para, más tarde,
someterse al interrogatorio del Gran Maestre, o de un representante
del mismo, con el fin de conocer las verdaderas tendencias del nuevo
miembro. Esta parte del ceremonial tenía lugar en las puertas
de la sala capitular, y tras la aprobación del oficiante,
era introducido en ella, donde pronunciaba los tres votos monásticos;
acto seguido lo investían con el manto de caballero para
recibir el ósculo de paz final en nombre de toda la comunidad.
Terminada la ceremonia, los asistentes, tras una larga homilía
del Gran Maestre, ayudaban al nuevo hermano a cambiar sus vestidos
por los hábitos de la orden.
Estos rituales iniciales fueron aumentando y ampliando con el paso
del tiempo según los nuevos derroteros de la Orden y, por
encima de todo, después de sus tendencias gnósticas
y su fervor por el Grial, con lo que por otro lado se eliminaron
paulatinamente los ritos tomados de la Iglesia de Roma para sustituirlos
por otros más acordes con sus nuevos ideales.
Según algunos expertos, entre los nuevos ritos de iniciación
que debía ejecutar el novato, existía uno que, sin
que se conozca su simbolismo, fácil podía considerarse
sacrílego.
Partiendo de la base sobre la cual el Temple se apartó de
la Iglesia
y de todo cuanto representaba, veneraba y fomentaba, empezaron a
renegar y rechazar los símbolos que eran los estandartes
y símbolos de
a Iglesia, para reemplazarlos por los suyos propios, y para ello,
durante la ceremonia de investidura de Caballero, éste debía
pisar un crucifijo, pese a que los Templarios veneraban y creían
en Jesucristo, sino que los rechazaban y pisoteaban por lo que su
imagen significaba de Iglesia, de mortal.
Dirigiendo su veneración al Grial ya la dualidad gnóstica
que para ellos representaba, ello degeneró en el nacimiento
de un símbolo bivalente, bisexual, que en la doctrina gnóstica
y hermética represento las dos tendencias del mundo que los
Templarios querían hermanar, considerando ese símbolo
sus enemigos como un ídolo sacrílego.
Ese ídolo se llamaba 'Baphomet', y era un símbolo
de carácter esotérico, el cual, junto con los demás
símbolos que los Templarios teman, se interpretaron en aquella
época como representaciones plásticas de su herejía
y desviacionismo. Así, por ejemplo, un escudo del Temple
representaba a dos Caballeros compartiendo la grupa de un caballo,
como signo de pobreza y dualidad en la única senda verdadera:
sin embargo, esto hizo nacer en las mentalidades de aquellos tiempos
que tal representación era el símbolo de la sodomía.
Otros símbolos templarios fueron la Cruz Gamada, la Doble
Llama, la Espiral, el Grial, la Paloma y otros que siempre tendían
hacia sus tendencias gnósticas.
Los Templarios, por sus ideales y la liberalidad de pensamiento
que sentían, se sintieron hondamente compenetrados con otras
doctrinas nacidas bajo los mismos principios espirituales desarrollados
en su tiempo, como la de los Cátaros y los Caballeros Teutones,
ambas perseguidas y exterminadas lo mismo que la Orden del Temple.
Si con la caída del Risco de los Caballeros finalizó
el poderío militar de la Orden, otro castillo iba a ser testigo
de la derrota temporal de los ideales gnósticos en Occidente:
el hermoso castillo de los Pirineos franceses, llamado Montsegut.
En realidad, de acuerdo con un articulo publicado en la Revista
de Soria en 1985, "el esoterismo de la orden del Temple se
apartaba bastante del dogmatismo católico. Su cristianismo
era un cristianismo solar, gnóstico, con raíces indoeuropeas
y no judías. Prueba de ello es el Cristo renano del siglo
XIV que se conserva en el que fue convento de Puente la Reina, Navarra,
donde aparece crucificado sobre una horquilla de árbol en
forma de Y.'
La purificación por el fuego
La historia de los enemigos de la Orden del Temple se remonta a
los principios de la misma, cuando los sucesivos papas tuvieron
que emitir una bula tras otra para protegerla contra la violencia
y la expoliación, así como de las diatribas de los
obispos.
Pasó el tiempo, y a partir de la caída de San Juan
de Acre la Orden empezó a estar en peligro de muerte. Hugo
de Payens había partido a Oriente desde la Europa feudal;
Jacques de Molay, el último Gran Maestre, regresó
a Europa la de las monarquías absolutas. Durante el feudalismo,
el Temple había sido una necesidad, pero para las monarquías
del siglo XIV era una presa muy hermosa y codiciada.
Especialmente para Felipe IV el Hermoso, rey de Francia. Ideó
proyecto tras proyecto para adueñarse de la Orden y controlarla,
siempre con la mirada fija en los inmensos tesoros que, según
se decía, poseían los Templarios. Sin embargo, el
papa Nicolás IV se negó a ayudar a Felipe en su ambicioso
proyecto.
Algunas circunstancias ayudaron posteriormente a Felipe IV; en 1302,
la caballería francesa fue destrozada en Courtrai. En 1303,
Felipe IV hizo raptar al papa Bonifacio VIII en Anagni, siendo el
jefe de la operación el futuro canciller de Felipe, Guillermo
de Nogaret, autor de una memoria sobre la recuperación de
Tierra Santa en la que afirmaba que los Templarios eran los responsables
de su pérdida y proponía confiscarles sus tesoros
para financiar una nueva cruzada.
Bonifacio VIII falleció un mes después de ser liberado
gracias a un motín popular, aunque ya había excomulgado
al monarca francés.
Le sucedió Benedicto XI, que murió en circunstancias
muy extrañas al año siguiente, precisamente la víspera
del día en que iba a excomulgar a Nogaret. Ciertamente, el
destino es imprevisible.
Finalmente, Felipe IV logró que se nombrara como nuevo Papa
al arzobispo de Burdeos, Bertrán de Got, que tomó
el nombre de Clemente V Era un papa francés y le debía
la tiara a Felipe IV, quien consiguió también trasladar
el solio pontificio a Avignon.
El 6 de agosto de 1306 el papa Clemente V convocó a Jacques
de Molay a volver de Chipre a Francia para hablar con él
acerca de una nueva cruzada. De Molay llegó a Paris cargado
de oro y plata, en tanto que Nogaret iba reuniendo testigos, el
principal de los cuales fue Esquiú de Floyran, de Béziers,
quien se dirigió a Felipe IV el Hermoso, después de
fracasar en su empeño ante el rey Jaime II de Aragón.
Bien, Nogaret ya tenía un testigo importante.
Con el fin de reunir más pruebas, Nogaret hizo entrar en
la Orden a doce espías y, mientras tanto, el rey Felipe presionaba
a Clemente V para atraerlo a su causa.
Clemente V titubeó bastante antes de decidirse a actuar contra
los Templarios, pero después de varias vacilaciones y de
que Nogaret, el 14 de setiembre de 1307 enviara a todas las basílicas
francesas la orden real de detener a todos los hermanos de la Orden
dei Temple; mantenerlos prisioneros reservándolos para el
juicio de la Santa Madre Iglesia y apoderarse de todos sus bienes.
Finalmente, en la madrugada del 1 de octubre del mismo año
fueron detenidos en masa los Caballeros del Temple, a la misma hora,
en las 3.000 casas de la Orden en Francia.
Según las acusaciones reales, las mismas eran:
Apostasía, blasfemias contra Cristo, ritos obscenos, sodomía
e idolatría.
Se acusó al Temple de que en el momento de su recepción,
el postulante debía renegar tres veces de Cristo, de Dios
padre, de la Virgen, de los santos y santas, y de escupir sobre
el crucifijo. Después, totalmente desnudo, recibía
el ósculo de la iniciación en la boca, el vientre
o el trasero, comprometiéndose a practicar la sodomía
cuando le fuese pedido, especialmente en presencia del crucifijo.
Por otra parte, siempre según la acusación, los sacerdotes
omitían, la misa, las palabras de la consagración
y enseñaban que Cristo fue un falso profeta, al que crucificaron,
no para redimir a la Humanidad de sus pecados, sino en castigo por
los mismos.
Adoraban a un ídolo llamado Baphomet, que a veces se mostraba
como un ser con tres caras, otras con cuernos, o bien como un gato.
Siempre, al parecer, llevaban consigo un cordel depositado previamente
sobre el ídolo.
De los 138 templarios de París, 123 confesaron haber escupido
sobre el crucifijo. Muchos se confesaron culpables de todos los
cargos, aunque apenas fuesen creíbles. Finalmente, Jacques
de Molay confesó sus culpas públicamente, entre promesas
de enmienda, y envió una carta a todos los templarios de
Francia, el 25 de octubre, declarándose culpable de haber
abjurado de Cristo y haber escupido sobre la cruz, aunque negando
el resto de las acusaciones.
Resultado final: un número incontable de templarios fue entregado
al fuego purificador, suerte que también corrió el
Gran Maestre Jacques de Molay, Hugo de Pairaud, Godofredo de Charnat
y Godofredo de Conneville.
Ante el pueblo de París, Jacques de Molay y Godofredo de
Charnay, en pie, declararon ser inocentes de todos los delitos,
y sólo culpables de haber faltado a la verdad durante el
proceso por miedo a la muerte y al tormento. Unas horas más
tarde, fueron quemados en la hoguera instalada en la isla pequeña
del Sena, entre el convento de los agustinos y el jardín
real, siempre protestado de su inocencia.
Era el día 18 de marzo de 1314. Jacques de Molay, desde la
hogueras, emplazó al rey Felipe IV el Hermoso a morir antes
de un año, y al papa Clemente V al cabo de un mes a contar
desde aquel día. Clemente y el monarca francés fallecieron
en los plazos profetizados por el Gran Maestre.
Guillermo de Nogaret había muerto en 1313, el papa Clemente
falleció un mes después que el Gran Maestre, el 20
de abril, y Felipe IV el Hermoso, también murió el
29 de noviembre de aquel año. ¿Se trataba de la maldición
que, según algunos individuos próximos a la hoguera,
afirmaron haber oído cómo la lanzaba Santiago de Moiay
contra sus asesinos?
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