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La llamada herejía cátara que se desarrolló
en la Francia meridional y alta Cataluña durante los siglos
XII y XIII, se llamó también "albigense"
por la ciudad de Albi, donde la secta tuvo su principal sede.
Las herejías, que fueron reprimidas con mucha fuerza en los
países nórdicos, gozaron en cambio de cierta tolerancia
en los países meridionales, aunque fueron aprobadas algunas
sentencias de muerte contra los herejes más significativos.
Esta tolerancia permitió que algunas de tales herejías
se propagaran con suma rapidez, como la de los neomaniqueos, que
se inició en Tolosa, en la Provenza francesa. A medida que
ampliaba su radio de acción, la herejía de los Cátaros,
que fue la raíz de otras varias, fue adquiriendo nombres
diversos con los que se designaban sus adeptos en las distintas
regiones europeas.
En el "Midi" francés se les conocía como
"albigenses"; en el norte de Francia por "publicanos";
en la Dalmacia y en el norte de Italia como "pataninos",
y en la región del Rhin, "ketzer", cuyo nombre
se convirtió en sinónimo de hereje.
El credo cátaro
No es de extrañar la persecución de los cátaros
con saña, habida cuenta de su doctrina, pues admitían
el dualismo absoluto.
Para ellos existían dos principios: el bueno y el malo. Tal
vez esto estuviera inspirado en los dos principios chinos: yin y
yang.
El bueno creó los espíritus, el malo, la materia.
Una parte de los espíritus cayeron y se debatían en
el lodazal de la materia, expiando sus faltas y errores, aunque
siempre sometidos a la reencarnación iban pasando de un cuerpo
a otro hasta llegar, cumplido el ciclo de expiación, a merecer
nuevamente las dichas celestes.
Afirmaban que Dios quiso salvar al género humano y envió
a su Hijo, pero no a un Hijo consustancial con el Padre, sino un
ángel con cuerpo de hombre aparente, y como este ángel
no había pecado tampoco tenía que sufrir su unión
con la materia.
De esta creencia se desprendía que Jesús no padeció
ni murió, claro está, tampoco resucitó. María
también era un ángel y de mujer solamente tenía
la apariencia. La Redención, por tanto, era tan solo las
enseñanzas que dio Jesús para liberarse de la adoración
al principio malo y de la angustia y la tiranía de la materia.
Los cátaros, grandes defensores al principio de la iglesia
primitiva, consideraban que ésta, a partir de Constantino,
estaba completamente corrompida. Tampoco les merecían crédito
alguno los dogmas de la transustanciación, el purgatorio,
la resurrección de la carne y la utilidad de rezar por los
difuntos.
También rechazaban el bautismo por no reconocer santidad
ni virtud alguna al agua bendita. Los templos, las imágenes,
la cruz, también eran condenados por los cátaros,
pues Dios, según ellos, no moría en los templos sino
en el corazón de sus fieles devotos.
Naturalmente, creyendo acérrimamente tales posturas, muy
pronto fueron objeto de las más violentas condenas, siendo
varios concilios los que se ocuparon primordialmente de esta herejía,
así considerada por los miembros de la Iglesia Romana.
Para os cátaros, por ejemplo, todo lo relacionado con los
bienes materiales era fundamentalmente perjudicial. El verdadero
cátaro debía vivir del trabajo de sus manos, dei sudor
de su frente.
Rechazaban los honores, la guerra y el poder. Castigaban el cuerpo
con ayunos y mortificaciones, incluyendo las flagelaciones. Además,
eran unos vegetarianos convencidos y sumamente estrictos.
También tenían prohibido el matrimonio puesto que
la carne era algo diabólico y el casamiento, o sea el sexo,
retrasaba el regreso de las almas al cielo. La muerte se consideraba
un bien y estaba autorizado el suicidio, pues con el mismo adelantaban
la hora de su llegada al cielo. Los cátaros bendecían
el pan pero no aceptaban la Eucaristia.
Como esta moral era difícil de seguir en todas sus reglas,
los adeptos se dividieron en dos categorías: creyentes y
perfectos.
Los creyentes estaban dispensados de los deberes más penosos.
Podían casarse, dedicarse al comercio, poseer bienes, ser
omnívoros, ingresar en un ejército y disponían
de otras facilidades. Sin embargo, en peligro de muerte debían
recibir el bautismo espiritual mediante la imposición de
manos. Dicho bautismo lo podían recibir los hombres y las
mujeres pero no los niños. Si el creyente se recuperaba,
debía entonces vivir como perfecto o suicidarse.
Los perfectos, por su parte, observaban con gran rigor la moral
cátara. No era posible ser perfecto sin haber recibido antes
el bautismo del espíritu, y luego tenían que romper
todo vínculo familiar y dedicarse a predicar de un país
a otro, administrando el bautismo espiritual.
Las persecuciones
Al principio, la Santa Sede no presté mucha atención
a la herejía catara, pero más tarde se alarmó
y en 1150, se inició ya la lucha contra la organización,
pereciendo muchos de sus miembros en la hoguera, siendo otros hechos
prisioneros por los militantes de la liga que formó Pedro
Lombardo.
De todos modos, en 1119 la persecución se tornó más
violenta, ya que fue en ese año cuando Calixto II, en un
concilio que presidió en Toulouse, condenó la herejía.
En el año 1145, el cardenal Alberíco de Ostia, en
su calidad de legado del papa Eugenio III, viajé a los países
del Languedoc con el objetivo de atajar la expansión de las
herejías occitanas, pero ante el fracaso de sus actividades,
se vio obligado a llamar en su auxilio a Bernardo, siendo éste
el que obtuvo de los herejes la promesa de un retorno a la ortodoxia.
En el concilio de Tours, en 1163, cuya asamblea contó con
17 cardenales, 24 obispos, más de cien abades y priores,
numerosos eclesiásticos e incluso laicos, se expresó
una total unanimidad hacia el horror que inspiraba la herejía
cátara y, adoptando medidas prácticas se ordenó
a los obispos que lanzaran el anatema contra los que autorizaban
a los herejes a permanecer en los territorios bajo su mando; igualmente,
era preciso anatemizar cuantos entablasen tratos de compra o venta
de mercancías. A los príncipes se les ordenó
encarcelar a los herejes, confiscándoles los bienes. Siguieron
diversos concilios, corno el de Letrán en 1179, el de Verona
en 1184, y así sucesivamente.
Todo en vano
Ninguna de las medidas tomadas sirvió para nada. Los cátaros
permanecían inquebrantables en su fe. Inocencio III fue quien
activó la represión. Envió a Pedro de Castelnau,
en 1208, como legado suyo, a fin de hacer cumplir las medidas adoptadas,
pero Castelnau fue asesinado. Inocencio III, convencido de que el
instigador del crimen era Raimundo de Tolosa, ordenó una
cruzada contra este noble y contra la herejía defendida por
él. El jefe de esta cruzada fue Simón de Monfort,
que ganó la batalla de Muret, adueñándose del
titulo de conde de Tolosa. La guerra terminó con el Tratado
de París.
En esta cruzada, en la que la Iglesia prometía a todos los
que en ella se alistaran la misma indulgencia que se concedía
a los cruzados de Tierra Santa, el ejército de los cruzados
aumentaba día a día.
Quienes guiaban a los cruzados, en lo religioso, eran los prelados
de las principales poblaciones francesas. Entre los seglares se
hallaban los condes de Nevers, Simón de Montfort y el duque
de Borgoña. Este ejército llegó a sumar, según
la leyenda, 500.000 hombres. Sitiaron varias fortalezas que acabaron
por rendirse, tras lo cual los cruzados quemaron a numerosos herejes.
El 22 de julio de 1209 tomaron al asalto Béziers, matando
a más de 60.000 habitantes. Fue en esta guerra en la que
el abad Arnoldo, cuando los soldados le preguntaron: cómo
podrían distinguir a los católicos para no matarlos,
pronunció la siguiente frase:
Matad, matadlos a todos, que luego Dios los distinguirá en
el cielo."
Algunos autores atribuyen esta misma frase a Pedro de Castelnau,
mientras que otros afirman que la verdadera frase fue:
Muchos han de morir en la contienda, buenos y malos; Dios reconocerá
por suyos a los buenos y no reconocerá a los malos.'
Hubo después el sitio de Carcasona, donde se hallaba refugiado
el vizconde Roger, quien, después de una vigorosa e inútil
defensa, tuvo que capitular.
Los vencidos salieron de la ciudad vistiendo solamente la camisa;
al vizconde lo encarcelaron, falleciendo poco después. A
los habitantes de Carcasona se les concedió la libertad,
pues confesaron que eran católicos. Sin embargo, apresaron
a unos 400 que murieron en la hoguera, una diversión frecuente
en aquellos tiempos.
Terminada esta primera fase se convocó una segunda cruzada
y se reanudó la lucha. Los cruzados, en aquella ocasión,
penetraron por la Provenza con el fin de exterminar a los herejes
recalcitrantes, quemando y asaltando castillos y fortalezas.
El Papa recomendaba moderación con el fin de atraer a los
herejes, aunque al parecer no era debidamente informado de cuanto
realmente ocurría. Envió como legado suyo al cardenal
Pedro de Benavente, con la misión de reconciliar a los excomulgados
con la Iglesia de Roma. Raimundo se sometió, pero Simón
de Montfort exigía las tierras conquistadas a los albigenses;
el rey de Francia apoyaba a Montfort pues deseaba incorporar las
tierras del Mediodía cuyos condes eran vasallos del rey de
Aragón Pedro II y como no hubo conciliación prosiguió
la guerra, pero ya cansados de tantas luchas, los cátaros
acabaron por ceder parte de sus dominios.
Corría el año 1229.
Así finalizaron aquellas cruentas campañas, si bien
los cátaros volvieron a levantar cabeza, hasta que en 1253
quedaron completamente sometidos por la fuerza de las armas y sus
territorios incorporados a Francia
Fue un español el que tomó una parte muy importante
en la pacificación del Midi francés. Este español
fue Domingo de Guzmán, quien, según se dice, abandonó
el método de públicas discusiones que entonces estaba
de moda, y empezó la predicación del Rosario, invitando
a los católicos a pedir, por este medio, la protección
divina.
Esta fue la tragedia de los cátaros, cuyo credo no podía
en modo alguno ser aceptado por la ortodoxia de la Iglesia romana.
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