free hosting   image hosting   hosting reseller   online album   e-shop   famous people 
Free Website Templates
Free Installer

... Inicio || || Foro || Firma mi Libro || Ver Firmas || Links || [Volver]
ABC
I
..Africano
..Árabe
..Asirio
..Azteca
..Babilonio
..Caldeo
..Celta
..Chino
..Egipcio
..Escandinavo
..Etíope
..Fenicio
..Filisteo
..Griego
..Hitita
..Ibérico
..Inca
..Indú
..Japonés
..Maya
..Mesopotámico
..Persa
..Romano
Aborígenes
Brasileños
Guaches
Biografías
Nostradamus
Sectas
Esenios
Masones
Rosacruz
 
Nostradamus
Hechos Históricos predichos y realizados

En su obra profética, conocida por todo el mundo con el nombre de Cen-turias, Nostradamus quiso recoger los acontecimientos relacionados con el futuro de la Humanidad, desde los días en que él empezó a escribir hasta el fin de los tiempos.
Qué son las Centurias puede decirse en pocas palabras. Así como un libro está dividido en capítulos y un poema en cantos, de la misma manera las profecías del vidente de Salon están divi-didas en Centurias, cada una de las cuales contiene un número variable de cuartetas (originariamente habían de ser cien por Centuria) en las que se da siempre una rima, forzada algunas veces, y en las que, en la mayor parte de los casos, no puede decirse que haya un nexo lógico de tiempo y de lugar y, sobre todo, una claridad de interpreta-ción que las haga fácilmente inteligi-bles y nos dé a conocer exactamente el tiempo en que se realizarán los aconte-cimientos vaticinados.
Se dice hoy que son doce las Centu-rias, pero sólo las diez primeras son, sin lugar a dudas, de Nostradamus. La primera edición de estas diez Centurias vio la luz en 1555, por obra de un edi-tor de Lyon.
Después, las sucesivas ediciones que han aparecido en diversas épocas han presentado, añadidas a las diez Centu-rias, un cierto número de nuevas cuar-tetas proféticas y, concretamente, cua-tro cuartetas añadidas a la Centuria VII, seis a la Centuria VIII y una a la Cen-turia X. Sólo dos cuartetas han for-mado la Centuria XI y once la Centu-ria XII.
No se sabe con certeza cuál es el ori-gen de estas cuartetas, posteriormente insertas en la obra profética del mago de Salon.
En esta cuestión, sólo podemos aven-turar hipótesis. Así, algunos investiga-dores afirman que, al morir Nostra-damus, se hallaron entre sus papeles un cierto número de profecías, escritas ciertámente por él y que, por tanto, podrán añadirse a las suyas propias. Otros, por el contrario, las han atri-buido a quienes nada tenían que ver con el vidente y las consideran, por consiguiente, apócrifas.
Pero volvamos a los versos con los que comienza el fascinante y cautiva-dor misterio de las predicciones.
La imagen por ellos evocada es alta-mente sugestiva, y resulta fácil recons-truír, a través de las palabras empleadas por el profeta, la atmósfera tan sepa-rada del mundo en la que nuestro mago ejercía su facultad adivinatoria.
En el tranquilo refugio de su mo-rada, donde se agolpaban durante el día ilustres o modestos visitantes que acudían para consultar a Nostradamus en su doble calidad de médico y de profeta, solía él encerrarse a altas horas de la noche en su propio estudio.
Según hemos podido averiguar, era una pieza amplia y separada de las demás estancias de la casa, que le servía tanto de retiro como de laboratorio. El sabio guardaba aquí, con preciado cui-dado, libros y manuscritos valiosos y curiosos objetos relacionados con sus exploraciones astrológicas, plantas y hierbas útiles para su labor de médico: retortas, alambiques, vasos de cristal en los que destilaba preparados a infu-siones destinados a sanar el cuerpo y a darle, independientemente de la edad, la fuerza y el vigor; astrolabios y espe-jos mágicos que el sabio utilizaba para explorar el porvenir, habitualmente impenetrable para el común de los mortales. Preciosos talismanes, meda-llas, sellos y sagrados amuletos consti-tuían para él otros tantos instrumentos de poder sobre la misteriosa fuerza de lo ultrasensible.
En las claras noches estrelladas en las que el firmamento de los astros parecía un inmenso y maravilloso libro abierto de par en par ante los hombres, mientras el silencio envolvía misterio-samente todo cosas y personas, Nostradamus se acomodaba en un asiento de cobre (o de bronce) y, des-pués de haber cumplido los ritos sagra-dos que exigían el use de una banqueta mágica (la varilla que el vidente men-ciona en la cuarteta) y algunas ceremo-nias de purificación, veía materializarse ante sus ojos, y bajo la forma de una exigua llamita, la evocación ilumina-dora, gracias a la cual el Señor Dios suscitaba en él la visión profética de los acontecimientos.
La minúscula llama danzaba en la os-curidad y brillaba con el resplandor del agua lustral, recogida en un barreño de cobre.
El reverbero de la llama atenazaba los ojos del profeta y su mente caía en un estado de trance por el que no sólo descubría, en el fondo del futuro, un sinfín de hechos y de sucesos lejanos, sino que percibía asimismo sonidos y voces como si fuesen verdaderamente reales, hasta tal punto que los persona-jes, protagonistas de los eventos que él preveía, se agitaban vivos ante él y pa-recían no tener secretos para el gran vidente.
Y la voz de Dios, percibida por él con claridad, pero que parecía salir de los amplios pliegues de su manto, le ilustraba los hechos que desfilaban ante sus ojos y a los que él mismo, como invitado de honor, asistía, inva-dido siempre de un cierto reverencial respeto y de un santo y tranquilo temor.
Como sentía un irreprimible deseo de legar a los demás un recuerdo pe-renne de lo que él había conocido sobre el futuro, Nostradamus tomó nota de todo «modelando el borde y el pie de lo que no se cree en vano», o dicho en otras palabras: encerrando en los versos de sus proféticas cuartetas, lo que su mente había descubierto es-cudriñando en el porvenir.
Las exiguas tirillas de papel en las que Nostradamus escribía sus herméti-cos versos rimados, se amontonaban junto a él y abrían simas de interrogan-tes para quienes, andando el tiempo, los examinarían con ojos puramente humanos.
Por desgracia para nosotros, muy pocas de las cuartetas que compuso el gran vidente poseen la relativa claridad de las dos primeras con las que co-mienza la obra; y de ahí la dificultad de la interpretación.
Fiel al convencimiento de que el porvenir no había de ser claramente desvelado a la mayoría de los hombres y temeroso de que los tesoros de su profecía fuesen despreciados y concul-cados, como perlas echadas a los puer-cos, por quienes los tomasen en sus manos, Nostradamus compuso una obra asequible sólo a un corto número de iniciados.
Todo lo que de extraordinario y portentoso realizaba Nostradamus en los cuerpos y en las almas de cuantos a él acudían, porque le consideraban un eminente sabio y un gran profeta, lo atribuían sus envidiosos y denigrantes adversarios a Satanás y a inspiraciones diabólicas; sus propios admiradores sentían un cierto temor reverencial ante sus prodigiosas facultades. Que Nostradamus era un hombre recto, honrado y apreciado y de extraordina-ria caridad, nadie lo ponía en duda; pero de dónde le provenía aquel nota-ble poder que le distinguía de cual-quier otro ser humano, nadie, rico o pobre, sabio o ignorante, había atinado a descifrarlo.
Según hemos podido observar, Nos-tradamus nunca dejó de ser hombre de su tiempo y, por consiguiente, sabía muy bien que los severos censores mi-nistros de la Inquisición habrían po-dido averiguar fácilmente sus actos e interpretarlos maliciosamente en caso de que los rumores y las veladas insi-nuaciones hubiesen sido graves a insis-tentes o hubiesen hallado en sus escritos siquiera la más leve sospecha o pruéba de algo que consideraban punible.
Existían, además, otros motivos de justificación de su siempre extremada prudencia: el primero y principal era el de aparecer profeta de terribles des-venturas. El hecho de predecir los su-cesos más trágicos de historia de la Humanidad con palabras fácilmente comprensibles habría levantado contra él toda la opinion popular y se hubiese visto condenado al extrañamiento, a la cárcel o a la muerte. Los profetas de desventuras, según nos enseña la His-toria, nunca han sido bien recibidos; y se sabe que la gente prefiere precipi-tarse en el abismo, desconociendo a ig-norando lo que les va a suceder, antes que conocer la desgracia que les es-pera. Nostradamus sabía muy bien todo esto y así prefirió ocultar sus profecías a la gran masa de los hombres, deján-dolas voluntariamente enigmáticas y nebulosas y confiando sólo en un redu-cido número de iniciados capaces de comprenderlas y, llegado el caso, de explicarlas.
Esto explica el lenguaje hermético y oscuro al tratar del porvenir de Fran-cia, su querida Francia, y que no fuera tan impenetrable al hablar de otros pueblos y naciones.
Para conseguir el oportuno grado de misterio, el escritorprofeta redactó sus cuartetas no sólo en francés arcaico para aquella época, sino que también lo mezcló con palabras alemanas, españo-las, italianas, provenzales, y neologis-mos que tomaba de raíces griegas y latinas, o anagramando los nombres más conocidos de aquella época.
Así, Francia se transforma a veces en sus versos en Nercaf o Cerfan, París en Rapis o Sipar; Henric se presenta con la grafía Chydren; Mazarin se cambia en Nizaram y Lorrains toma la forma de Norlais. Con la grafía «Phi» indica el nombre de Felipe; Estrage se convierte en Estrange, es decir extranjera, y de-signa con este nombre a la reina María Antonieta, esposa de Luis XVI, aun-que él transforma la palabra en Er-gaste.
El estudio comparativo y atento de las muchas ediciones de las Centurias, permite asegurar que algunas grafías de palabras, consideradas sucesiva-mente por los comentaristas como errores del autor o del editor que las publicó, son, en cambio, inexactitudes expresamente queridas por el autor para velar sus profecías.
Es razonable que después de hablar con tanto encarecimiento de Nostra-damus y de sus excepcionales dotes de vidente, sintamos curiosidad y tenga-mos un vivísimo deseo de poder «leer», a través de sus cuartetas, los eventos humanos que él predijo.
En diversas épocas, insignes investi-gadores y oscuros comentaristas han estudiado las Centurias, intentando es-clarecer por todos los medios a su al-cance el sentido arcano de las frases contenidas en aquellos versos. En mu-chos casos los resultados han sido satis-factorios; en otros, por el contrario, si bien costosos y estimables, a nada es-clarecedor han conducido y las frases han conservado su secreto intacto; sólo desaparecerá el enigma cuando un acon-tecimiento histórico ofrezca a los estu-diosos la clave que muestre su , meca-nismo.
De entre sus profecías, la primera que maravilló extraordinariamente a sus contemporáneos fue la que hizo Nostradamus refiriéndose a su propia muerte. La vida terrenal del gran pro-feta se extinguió en Salon, el día 2 de julio de 1566, un poco antes de la au-rora, como consecuencia de un ataque de artritis y gota que había degenerado en hidropesía.
Pero la profecía que le valió, por sí sola, fama y notoriedad mientras aún vivía, fue la que consta en las Centurias y se refiere a Enrique II, Rey de Fran-cia y esposo de Catalina de Médicis, en la cuarteta treinta y cinco de la Cen-turia I.
Esta cuarteta consigue dar, con vi-veza excepcional y concisión admira-ble, todos los detalles de la muerte del Rey; no es de maravillar, pues, el asom-bro que suscitó al aparecer pública-mente este vaticinio.
A simple vista podría parecer in-cluso absurda, ya que un rey nunca se batía en duelo; no obstante dio mucho que pensar a cuantos estaban junto a Enrique. Los hechos ocurrieron de esta manera:
En junio de 1559 Enrique II se ha-llaba en París; se acababa de firmar el Tratado de ChateauCambrésis que po-nía fin a las discordias entre España y Francia. Por él el soberano francés re-nunciaba a sus miras sobre Italia y res-tituía las tierras del Duque de Saboya, a quien había concedido, además de consolidar su situación política fuera de sus fronteras, la mano de su her-mana Margarita. Y a Felipe II, viudo de María Tudor, habíale prometido por esposa a su jovencísima hija Isabel.
La Corte francesa festejaba aquellos esponsales y se había organizado, en aquella ocasión, un brillante torneo en la plaza que se extendía ante el palacio real, en aquel entonces palacio de los Torrejones (Tournelles).
El 30 de junio el Rey bajó al campo vestido con una magnífica armadura, con el propósito de batirse en combate individual a caballo contra tres adver-sarios por lo menos.
El primer caballero con quien com-pitió el Rey fue Manuel Filiberto de Saboya; el segundo, el Duque de Guisa, y el tercero era Gabriel Montgo-mery, joven a impetuoso combatiente, comandante de la guardia del Rey. Uno tras otro, los asaltos se desarrollaron normalmente y las tres lanzas que el Rey había recibido terminaron rotas en el polvo. Un sentimiento de alivio pa-reció llenar el corazón de la multitud que había acudido a la plaza para pre-senciar el combate, y los íntimos del Rey se dijeron que el peligro estaba ya superado. Se relajó con ello la tensión, pero Enrique, no satisfecho con su tri-ple victoria, no se alejaba del circo, dando a entender con sus gestos que deseaba repetir el asalto con el último de sus adversarios, el Conde de Mont-gomery, que antes había inferido al Rey un golpe tan fiero que faltó poco para derribarle.
De nuevo en el campo, los caballe-ros se colocaron uno enfrente del otro, preparados para una nueva lucha, en medio de un profundo silencio, roto solamente por el furioso galopar de los cabellos. Calada la visera de la arma-dura y dirigida la lanza contra el adver-sario, cargaron impetuosamente el uno contra el otro. En un abrir y cerrar de ojos se cruzaron las lanzas y la del joven Montgomery, partida en peda-zos por el certero golpe del Rey, voló, otra vez, por los aires hasta el polvo-riento suelo.
Nada trágico había ocurrido y de momento se pudo pensar que era falsa la negra profecía, desmentida por la realidad. Sólo faltaba un detalle, un in-significante detalle: cumplir la regla que ordenaba que los dos caballeros, echadas las armas, volviesen al punto de partida. Pero Montgomery, desar-mado, no dejó la esquirla o pedazo que sostenía aún en su mano, sino que, al contrario, lo cogió con más fuerza y, al pasar junto al Soberano, con aquel tronco muñonero fue a chocar contra la visera del Rey la jaula de oro de la que había hablado Nostradamus, la levantó en parte y, habiendo hallado expedito el camino, fue a clavarse en el ojo saliendo trágicamente por el oído.
Enrique permaneció inconsciente durante cuatro días, y al cabo de once murió en medio de terribles dolores.
La profecía de Nostradamus se ha-bía cumplido punto por punto y el propio Rey moribundo la recordó, aña-diendo que nadie podía hurtarse a su propio estino.
Tras la muerte de su esposo, Cata-lina de Médicis vio realizada la segunda profecía que Nostradamus le había he-cho, cuando su hijo Francisco II ciñó la corona de Rey de Francia.
El mago de Salon más de una vez había escrutado los abismos de las es-trellas para sondear el destino de los hijos de Catalina y responder a los in-sistentes ruegos de la ambiciosa Reina.
Por lo que cuentan las crónicas de aquella época, la profecía que él hizo a propósito del destino de los príncipes fue una de las más famosas sesiones mágicas que recuerda la historia.
A altas horas de la noche, en el salón hexagonal de la torre del castillo de Chaumont, el mago de Salon invocó la presencia del Angel de la Muerte.
Acudió puntualmente el fatal perso-naje y rompió con su presencia los halos o círculos que sucesivamente, por orden de edad, hicieron durante la célebre sesión las sombras de los hijos de Catalina, ataviados con las insignias reales.
Cada halo correspondía a un año de reinado y la marcha espectral se inte-rrumpía en la fecha fijada por Anael, el Angel de la Muerte.
El mago respondió a la Soberana (que le pedía cuentas de lo que él veía) que los votos y deseos de ella serían absolutamente cumplidos, porque to-dos sus hijos sus tres hijos ocupa-rían el trono de Francia.
Lo que él se calló fue este detalle: que los tres hermanos se sucederían en el trono en un pequeño espacio de tiempo, relativamente breve, y ello por-que una temprana muerte los arrebata-ría en la flor de su edad, uno tras otro, como así sucedió.
Transcurrido sólo un año de rei-nado, Francisco Il murió después de una breve dolencia, tal como había va-ticinado el vidente en una de sus cuar-tetas. La Corte experimentó un nuevo estremecimiento de horror y se difun-dió el pánico entre los dignatarios que veían en el gran amigo de la Soberana un infalible vaticinador de desventuras.
Carlos IX sucedió a su hermano Francisco en el trono de Francia; era aún un niño y su madre fue regente hasta la mayoría de edad del Rey; pero habiendo muerto también el segundo hijo de Catalina, tal vez de remordi-miento por no haber sabido oponerse a la terrible matanza de la noche de San Bartolomé, ocupó el trono su hermano Enrique III, que volvió a la patria desde las lejanas tierras de Polonia, donde había aceptado ceñir la corona de Segismundo.
Pero murió también este Rey, asesi-nado por un fanático, Jaime Clement, y Nostradamus hizo también para él un presagio, el que está señalado con el número 58 y referido al año 1561, mientras que en realidad el regicidio tuvo lugar en 1589: «El reyrey no es ya (causa) la perniciosidad del Duce».
Y un comentarista del vidente des-taca que el doble substantivo em-pleado para Enrique III recuerda su doble corona, la de Polonia y la de Francia, y el nombre del Duce ha de entenderse como sinónimo del ape-llido del asesino Clement.
Desde la muerte de Nostradamus hasta nuestros días, la historia se ha encargado de registrar una serie de he-chos importantísimos para todos los países europeos. Si, por ejemplo, nos limitamos a las vicisitudes por las que ha pasado Francia, vemos que esta gran-de y poderosa nación, que desde hace muchos siglos ha cumplido la misión de guía, no sólo ha marcado con una impronta personalísima todos sus actos civiles, políticos o sociales, sino que con dos epopeyas trágicamente señeras ha cambiado, probablemente, el curso de la historia imprimiendo primero a Europa y después al mundo entero un giro que no dudaríamos en llamar «de-terminante». Nos referimos a la Revo-lución de 1789 y al advenimiento de Napoleón Bonaparte.
Por lo que concierne a la Revolu-ción Francesa, lo que de ella dice Nostradamus es bastante incompleto, si bien hay algunas cuartetas con claras referencias a la grave convulsión social, política y religiosa que en ella tuvo su origen. En pocos versos cita expresa-mente el nombre del lugar, Varennes, donde el Rey Luis XVI fue detenido cuando intentaba huir, disfrazado, para eludir la guardia revolucionaria que buscaba capturarlo. Es más, el vidente da, con ligerísimas variantes, el nom-bre de la persona que lo reconoció y denunció a los revolucionarios. Y nos parece que estos detalles no pueden atribuirse a puras y simples coinciden-cias (Centuria IX, cuarteta XX).
Probablemente la más grave dificul-tad que encuentra un observador para descifrar estos versos se debe esencial-mente a la complejidad del lenguaje utilizado por Nostradamus para des-cribir un acontecimiento que debía modificar profundamente el rostro de Francia y alterar, con tan graves reper-cusiones, el orden establecido en todo el mundo.
Hombre de su tiempo, adicto a la Corona y profundamente respetuoso para con la autoridad y la persona del Rey (recordemos que fue médico cor-tesano, consejero y astrólogo muy apre-ciado en la Corte de Francia), Nostra-damus no se atrevía a predecir clara-mente a la monarquía (que le distinguía con su benevolencia y que probablemente estaba dispuesta a protegerlo contra cualquier eventual acción con-tra él por el terrible Tribunal de la Inquisición), el trágico acontecimiento después del cual la Corona sería susti-tuda por la República y el propio Rey ignominiosamente guillotinado.
Cuando se refiere a Napoleón, por el contrario, Nostradamus es sorpren-dentemente claro y sumamente inteli-gente; de él predice el lugar del naci-miento, la duración y los principales hechos de su reinado a incluso la natu-raleza de su amor por María Luisa (Centuria I, cuarteta LX).
El vidente no habría podido hablar más claro. Ningún otro emperador nació cerca de Italia; Napoleón costó muy caro al Imperio erigido por él mismo para su prestigio personal y para su propia gloria, la hecatombe de muertos directa o indirectamente pro-vocada por el corso, justifica el título de «carnicero» que Nostradamus le da en sus cuartetas. Y es ésta, asimismo, la opinión de muchos.
Aunque separadas una de otra por un espacio bastante largo que ocupan otras cuartetas, las dos citadas están perfectamente encadenadas y se com-plementan entre sí de tal modo que no es posible desconocer el nexo que las une.
La decimotercera cuarteta de la Cen-turia VII que, con maravillosa preci-sión, dice exactamente el número de años que Napoleón detentó el poder.
También aquí es muy fácil interpre-tar los versos: la ciudad marítima y tri-butaria es, evidentemente, Ajaccio, lu-gar donde nació Napoleón Bonaparte. La ciudad se levanta junto al mar, en el golfo de su nombre, en la isla de Cór-cega; y podía ser considerada como tri-butaria del gobierno central francés porque recientemente había sido ad-quirida por la Corona y anexionada a Francia, más o menos cuando nació en ella el joven jefe.
La explicación no deja lugar a dudas; y de un cuidadoso examen de todas las palabras se desprende la absoluta cer-teza sin temor a errar de que se trata de la capital de Córcega.
Por lo que respecta al segundo ver-so, puede parecernos un tanto sibilino y enigmático, pero basta un momento de reflexión para descartar cualquier clase de duda. La testa rapada en Fran-cia, a principios del siglo pasado, fue un exclusivo atributo de Napoleón, que nunca quiso llevar peluca, a dife-rencia hasta aquel entonces de los per-sonajes reales, sistemáticamente repre-sentados por pintores y retratistas con largas melenas ensortijadas.
Este particular detalle podría causar alguna extrañeza a los hombres de hoy, pero en los días aquellos en los que Napoleón empezó a imponer su auto-ridad y su prestigio, causó un efecto extraordinario entre las tropas y entre la población que le estaba sujeta. Sus propios soldados se complacían en lla-marle familiarmente le petit tondu, lite-ralmente «el pequeño pelón». Esta frase despierta con suma facilidad en nuestra mente la característica figura de Na-poleón.
El tercer verso, por el contrario, es muy oscuro y sólo se pueden aventu-rar, para intentar explicarlo, algunas hipótesis, como aquella que dice que cuando accedió Bonaparte al poder es-taba aún muy fresco el recuerdo de los hombres del Directorio que habían aterrorizado a la Francia revoluciona-ria, comportándose como «sórdidos» exponentes de un poder dictatorial que hubo de someterse, de buen o mal talante, al Primer Cónsul.
Referente al último verso, hemos de decir que contiene, al menos, dos datos incontrovertibles: el número «catorce» y la palabra «tiranía». La cifra indica con claridad la duración del reino, o mejor del poder, que detentó Napoleón: desde el 9 de noviembre de 1799 al 23 de junio de 1815. Son exacta-mente 14 años, siete meses y catorce días, que se reducen a algo menos de catorce años, si restamos de ellos los once meses que Napoleón estuvo des-terrado en la isla de Elba. La palabra «tiranía» ha sido empleada por Nostra-damus para destacar el carácter del ré-gimen imperial instaurado por Napo-leon, para quien los parlamentos y las asambeas no tenían absolutamente nin-gún valor.
¡Síntesis admirable de la vida de Na-poleón la que nos ofrece Nostradamus en sus cuartetas! Y no hay duda de que su vaticinio se cumplió en todos y en cada uno de los detalles.

Biografía

Maurisoft©®