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En su obra profética, conocida por todo el mundo con el nombre de Cen-turias,
Nostradamus quiso recoger los acontecimientos relacionados con el
futuro de la Humanidad, desde los días en que él empezó
a escribir hasta el fin de los tiempos.
Qué son las Centurias puede decirse en pocas palabras. Así
como un libro está dividido en capítulos y un poema
en cantos, de la misma manera las profecías del vidente de
Salon están divi-didas en Centurias, cada una de las cuales
contiene un número variable de cuartetas (originariamente
habían de ser cien por Centuria) en las que se da siempre
una rima, forzada algunas veces, y en las que, en la mayor parte
de los casos, no puede decirse que haya un nexo lógico de
tiempo y de lugar y, sobre todo, una claridad de interpreta-ción
que las haga fácilmente inteligi-bles y nos dé a conocer
exactamente el tiempo en que se realizarán los aconte-cimientos
vaticinados.
Se dice hoy que son doce las Centu-rias, pero sólo las diez
primeras son, sin lugar a dudas, de Nostradamus. La primera edición
de estas diez Centurias vio la luz en 1555, por obra de un edi-tor
de Lyon.
Después, las sucesivas ediciones que han aparecido en diversas
épocas han presentado, añadidas a las diez Centu-rias,
un cierto número de nuevas cuar-tetas proféticas y,
concretamente, cua-tro cuartetas añadidas a la Centuria VII,
seis a la Centuria VIII y una a la Cen-turia X. Sólo dos
cuartetas han for-mado la Centuria XI y once la Centu-ria XII.
No se sabe con certeza cuál es el ori-gen de estas cuartetas,
posteriormente insertas en la obra profética del mago de
Salon.
En esta cuestión, sólo podemos aven-turar hipótesis.
Así, algunos investiga-dores afirman que, al morir Nostra-damus,
se hallaron entre sus papeles un cierto número de profecías,
escritas ciertámente por él y que, por tanto, podrán
añadirse a las suyas propias. Otros, por el contrario, las
han atri-buido a quienes nada tenían que ver con el vidente
y las consideran, por consiguiente, apócrifas.
Pero volvamos a los versos con los que comienza el fascinante y
cautiva-dor misterio de las predicciones.
La imagen por ellos evocada es alta-mente sugestiva, y resulta fácil
recons-truír, a través de las palabras empleadas por
el profeta, la atmósfera tan sepa-rada del mundo en la que
nuestro mago ejercía su facultad adivinatoria.
En el tranquilo refugio de su mo-rada, donde se agolpaban durante
el día ilustres o modestos visitantes que acudían
para consultar a Nostradamus en su doble calidad de médico
y de profeta, solía él encerrarse a altas horas de
la noche en su propio estudio.
Según hemos podido averiguar, era una pieza amplia y separada
de las demás estancias de la casa, que le servía tanto
de retiro como de laboratorio. El sabio guardaba aquí, con
preciado cui-dado, libros y manuscritos valiosos y curiosos objetos
relacionados con sus exploraciones astrológicas, plantas
y hierbas útiles para su labor de médico: retortas,
alambiques, vasos de cristal en los que destilaba preparados a infu-siones
destinados a sanar el cuerpo y a darle, independientemente de la
edad, la fuerza y el vigor; astrolabios y espe-jos mágicos
que el sabio utilizaba para explorar el porvenir, habitualmente
impenetrable para el común de los mortales. Preciosos talismanes,
meda-llas, sellos y sagrados amuletos consti-tuían para él
otros tantos instrumentos de poder sobre la misteriosa fuerza de
lo ultrasensible.
En las claras noches estrelladas en las que el firmamento de los
astros parecía un inmenso y maravilloso libro abierto de
par en par ante los hombres, mientras el silencio envolvía
misterio-samente todo cosas y personas, Nostradamus se acomodaba
en un asiento de cobre (o de bronce) y, des-pués de haber
cumplido los ritos sagra-dos que exigían el use de una banqueta
mágica (la varilla que el vidente men-ciona en la cuarteta)
y algunas ceremo-nias de purificación, veía materializarse
ante sus ojos, y bajo la forma de una exigua llamita, la evocación
ilumina-dora, gracias a la cual el Señor Dios suscitaba en
él la visión profética de los acontecimientos.
La minúscula llama danzaba en la os-curidad y brillaba con
el resplandor del agua lustral, recogida en un barreño de
cobre.
El reverbero de la llama atenazaba los ojos del profeta y su mente
caía en un estado de trance por el que no sólo descubría,
en el fondo del futuro, un sinfín de hechos y de sucesos
lejanos, sino que percibía asimismo sonidos y voces como
si fuesen verdaderamente reales, hasta tal punto que los persona-jes,
protagonistas de los eventos que él preveía, se agitaban
vivos ante él y pa-recían no tener secretos para el
gran vidente.
Y la voz de Dios, percibida por él con claridad, pero que
parecía salir de los amplios pliegues de su manto, le ilustraba
los hechos que desfilaban ante sus ojos y a los que él mismo,
como invitado de honor, asistía, inva-dido siempre de un
cierto reverencial respeto y de un santo y tranquilo temor.
Como sentía un irreprimible deseo de legar a los demás
un recuerdo pe-renne de lo que él había conocido sobre
el futuro, Nostradamus tomó nota de todo «modelando
el borde y el pie de lo que no se cree en vano», o dicho en
otras palabras: encerrando en los versos de sus proféticas
cuartetas, lo que su mente había descubierto es-cudriñando
en el porvenir.
Las exiguas tirillas de papel en las que Nostradamus escribía
sus herméti-cos versos rimados, se amontonaban junto a él
y abrían simas de interrogan-tes para quienes, andando el
tiempo, los examinarían con ojos puramente humanos.
Por desgracia para nosotros, muy pocas de las cuartetas que compuso
el gran vidente poseen la relativa claridad de las dos primeras
con las que co-mienza la obra; y de ahí la dificultad de
la interpretación.
Fiel al convencimiento de que el porvenir no había de ser
claramente desvelado a la mayoría de los hombres y temeroso
de que los tesoros de su profecía fuesen despreciados y concul-cados,
como perlas echadas a los puer-cos, por quienes los tomasen en sus
manos, Nostradamus compuso una obra asequible sólo a un corto
número de iniciados.
Todo lo que de extraordinario y portentoso realizaba Nostradamus
en los cuerpos y en las almas de cuantos a él acudían,
porque le consideraban un eminente sabio y un gran profeta, lo atribuían
sus envidiosos y denigrantes adversarios a Satanás y a inspiraciones
diabólicas; sus propios admiradores sentían un cierto
temor reverencial ante sus prodigiosas facultades. Que Nostradamus
era un hombre recto, honrado y apreciado y de extraordina-ria caridad,
nadie lo ponía en duda; pero de dónde le provenía
aquel nota-ble poder que le distinguía de cual-quier otro
ser humano, nadie, rico o pobre, sabio o ignorante, había
atinado a descifrarlo.
Según hemos podido observar, Nos-tradamus nunca dejó
de ser hombre de su tiempo y, por consiguiente, sabía muy
bien que los severos censores mi-nistros de la Inquisición
habrían po-dido averiguar fácilmente sus actos e interpretarlos
maliciosamente en caso de que los rumores y las veladas insi-nuaciones
hubiesen sido graves a insis-tentes o hubiesen hallado en sus escritos
siquiera la más leve sospecha o pruéba de algo que
consideraban punible.
Existían, además, otros motivos de justificación
de su siempre extremada prudencia: el primero y principal era el
de aparecer profeta de terribles des-venturas. El hecho de predecir
los su-cesos más trágicos de historia de la Humanidad
con palabras fácilmente comprensibles habría levantado
contra él toda la opinion popular y se hubiese visto condenado
al extrañamiento, a la cárcel o a la muerte. Los profetas
de desventuras, según nos enseña la His-toria, nunca
han sido bien recibidos; y se sabe que la gente prefiere precipi-tarse
en el abismo, desconociendo a ig-norando lo que les va a suceder,
antes que conocer la desgracia que les es-pera. Nostradamus sabía
muy bien todo esto y así prefirió ocultar sus profecías
a la gran masa de los hombres, deján-dolas voluntariamente
enigmáticas y nebulosas y confiando sólo en un redu-cido
número de iniciados capaces de comprenderlas y, llegado el
caso, de explicarlas.
Esto explica el lenguaje hermético y oscuro al tratar del
porvenir de Fran-cia, su querida Francia, y que no fuera tan impenetrable
al hablar de otros pueblos y naciones.
Para conseguir el oportuno grado de misterio, el escritorprofeta
redactó sus cuartetas no sólo en francés arcaico
para aquella época, sino que también lo mezcló
con palabras alemanas, españo-las, italianas, provenzales,
y neologis-mos que tomaba de raíces griegas y latinas, o
anagramando los nombres más conocidos de aquella época.
Así, Francia se transforma a veces en sus versos en Nercaf
o Cerfan, París en Rapis o Sipar; Henric se presenta con
la grafía Chydren; Mazarin se cambia en Nizaram y Lorrains
toma la forma de Norlais. Con la grafía «Phi»
indica el nombre de Felipe; Estrage se convierte en Estrange, es
decir extranjera, y de-signa con este nombre a la reina María
Antonieta, esposa de Luis XVI, aun-que él transforma la palabra
en Er-gaste.
El estudio comparativo y atento de las muchas ediciones de las Centurias,
permite asegurar que algunas grafías de palabras, consideradas
sucesiva-mente por los comentaristas como errores del autor o del
editor que las publicó, son, en cambio, inexactitudes expresamente
queridas por el autor para velar sus profecías.
Es razonable que después de hablar con tanto encarecimiento
de Nostra-damus y de sus excepcionales dotes de vidente, sintamos
curiosidad y tenga-mos un vivísimo deseo de poder «leer»,
a través de sus cuartetas, los eventos humanos que él
predijo.
En diversas épocas, insignes investi-gadores y oscuros comentaristas
han estudiado las Centurias, intentando es-clarecer por todos los
medios a su al-cance el sentido arcano de las frases contenidas
en aquellos versos. En mu-chos casos los resultados han sido satis-factorios;
en otros, por el contrario, si bien costosos y estimables, a nada
es-clarecedor han conducido y las frases han conservado su secreto
intacto; sólo desaparecerá el enigma cuando un acon-tecimiento
histórico ofrezca a los estu-diosos la clave que muestre
su , meca-nismo.
De entre sus profecías, la primera que maravilló extraordinariamente
a sus contemporáneos fue la que hizo Nostradamus refiriéndose
a su propia muerte. La vida terrenal del gran pro-feta se extinguió
en Salon, el día 2 de julio de 1566, un poco antes de la
au-rora, como consecuencia de un ataque de artritis y gota que había
degenerado en hidropesía.
Pero la profecía que le valió, por sí sola,
fama y notoriedad mientras aún vivía, fue la que consta
en las Centurias y se refiere a Enrique II, Rey de Fran-cia y esposo
de Catalina de Médicis, en la cuarteta treinta y cinco de
la Cen-turia I.
Esta cuarteta consigue dar, con vi-veza excepcional y concisión
admira-ble, todos los detalles de la muerte del Rey; no es de maravillar,
pues, el asom-bro que suscitó al aparecer pública-mente
este vaticinio.
A simple vista podría parecer in-cluso absurda, ya que un
rey nunca se batía en duelo; no obstante dio mucho que pensar
a cuantos estaban junto a Enrique. Los hechos ocurrieron de esta
manera:
En junio de 1559 Enrique II se ha-llaba en París; se acababa
de firmar el Tratado de ChateauCambrésis que po-nía
fin a las discordias entre España y Francia. Por él
el soberano francés re-nunciaba a sus miras sobre Italia
y res-tituía las tierras del Duque de Saboya, a quien había
concedido, además de consolidar su situación política
fuera de sus fronteras, la mano de su her-mana Margarita. Y a Felipe
II, viudo de María Tudor, habíale prometido por esposa
a su jovencísima hija Isabel.
La Corte francesa festejaba aquellos esponsales y se había
organizado, en aquella ocasión, un brillante torneo en la
plaza que se extendía ante el palacio real, en aquel entonces
palacio de los Torrejones (Tournelles).
El 30 de junio el Rey bajó al campo vestido con una magnífica
armadura, con el propósito de batirse en combate individual
a caballo contra tres adver-sarios por lo menos.
El primer caballero con quien com-pitió el Rey fue Manuel
Filiberto de Saboya; el segundo, el Duque de Guisa, y el tercero
era Gabriel Montgo-mery, joven a impetuoso combatiente, comandante
de la guardia del Rey. Uno tras otro, los asaltos se desarrollaron
normalmente y las tres lanzas que el Rey había recibido terminaron
rotas en el polvo. Un sentimiento de alivio pa-reció llenar
el corazón de la multitud que había acudido a la plaza
para pre-senciar el combate, y los íntimos del Rey se dijeron
que el peligro estaba ya superado. Se relajó con ello la
tensión, pero Enrique, no satisfecho con su tri-ple victoria,
no se alejaba del circo, dando a entender con sus gestos que deseaba
repetir el asalto con el último de sus adversarios, el Conde
de Mont-gomery, que antes había inferido al Rey un golpe
tan fiero que faltó poco para derribarle.
De nuevo en el campo, los caballe-ros se colocaron uno enfrente
del otro, preparados para una nueva lucha, en medio de un profundo
silencio, roto solamente por el furioso galopar de los cabellos.
Calada la visera de la arma-dura y dirigida la lanza contra el adver-sario,
cargaron impetuosamente el uno contra el otro. En un abrir y cerrar
de ojos se cruzaron las lanzas y la del joven Montgomery, partida
en peda-zos por el certero golpe del Rey, voló, otra vez,
por los aires hasta el polvo-riento suelo.
Nada trágico había ocurrido y de momento se pudo pensar
que era falsa la negra profecía, desmentida por la realidad.
Sólo faltaba un detalle, un in-significante detalle: cumplir
la regla que ordenaba que los dos caballeros, echadas las armas,
volviesen al punto de partida. Pero Montgomery, desar-mado, no dejó
la esquirla o pedazo que sostenía aún en su mano,
sino que, al contrario, lo cogió con más fuerza y,
al pasar junto al Soberano, con aquel tronco muñonero fue
a chocar contra la visera del Rey la jaula de oro de la que había
hablado Nostradamus, la levantó en parte y, habiendo hallado
expedito el camino, fue a clavarse en el ojo saliendo trágicamente
por el oído.
Enrique permaneció inconsciente durante cuatro días,
y al cabo de once murió en medio de terribles dolores.
La profecía de Nostradamus se ha-bía cumplido punto
por punto y el propio Rey moribundo la recordó, aña-diendo
que nadie podía hurtarse a su propio estino.
Tras la muerte de su esposo, Cata-lina de Médicis vio realizada
la segunda profecía que Nostradamus le había he-cho,
cuando su hijo Francisco II ciñó la corona de Rey
de Francia.
El mago de Salon más de una vez había escrutado los
abismos de las es-trellas para sondear el destino de los hijos de
Catalina y responder a los in-sistentes ruegos de la ambiciosa Reina.
Por lo que cuentan las crónicas de aquella época,
la profecía que él hizo a propósito del destino
de los príncipes fue una de las más famosas sesiones
mágicas que recuerda la historia.
A altas horas de la noche, en el salón hexagonal de la torre
del castillo de Chaumont, el mago de Salon invocó la presencia
del Angel de la Muerte.
Acudió puntualmente el fatal perso-naje y rompió con
su presencia los halos o círculos que sucesivamente, por
orden de edad, hicieron durante la célebre sesión
las sombras de los hijos de Catalina, ataviados con las insignias
reales.
Cada halo correspondía a un año de reinado y la marcha
espectral se inte-rrumpía en la fecha fijada por Anael, el
Angel de la Muerte.
El mago respondió a la Soberana (que le pedía cuentas
de lo que él veía) que los votos y deseos de ella
serían absolutamente cumplidos, porque to-dos sus hijos sus
tres hijos ocupa-rían el trono de Francia.
Lo que él se calló fue este detalle: que los tres
hermanos se sucederían en el trono en un pequeño espacio
de tiempo, relativamente breve, y ello por-que una temprana muerte
los arrebata-ría en la flor de su edad, uno tras otro, como
así sucedió.
Transcurrido sólo un año de rei-nado, Francisco Il
murió después de una breve dolencia, tal como había
va-ticinado el vidente en una de sus cuar-tetas. La Corte experimentó
un nuevo estremecimiento de horror y se difun-dió el pánico
entre los dignatarios que veían en el gran amigo de la Soberana
un infalible vaticinador de desventuras.
Carlos IX sucedió a su hermano Francisco en el trono de Francia;
era aún un niño y su madre fue regente hasta la mayoría
de edad del Rey; pero habiendo muerto también el segundo
hijo de Catalina, tal vez de remordi-miento por no haber sabido
oponerse a la terrible matanza de la noche de San Bartolomé,
ocupó el trono su hermano Enrique III, que volvió
a la patria desde las lejanas tierras de Polonia, donde había
aceptado ceñir la corona de Segismundo.
Pero murió también este Rey, asesi-nado por un fanático,
Jaime Clement, y Nostradamus hizo también para él
un presagio, el que está señalado con el número
58 y referido al año 1561, mientras que en realidad el regicidio
tuvo lugar en 1589: «El reyrey no es ya (causa) la perniciosidad
del Duce».
Y un comentarista del vidente des-taca que el doble substantivo
em-pleado para Enrique III recuerda su doble corona, la de Polonia
y la de Francia, y el nombre del Duce ha de entenderse como sinónimo
del ape-llido del asesino Clement.
Desde la muerte de Nostradamus hasta nuestros días, la historia
se ha encargado de registrar una serie de he-chos importantísimos
para todos los países europeos. Si, por ejemplo, nos limitamos
a las vicisitudes por las que ha pasado Francia, vemos que esta
gran-de y poderosa nación, que desde hace muchos siglos ha
cumplido la misión de guía, no sólo ha marcado
con una impronta personalísima todos sus actos civiles, políticos
o sociales, sino que con dos epopeyas trágicamente señeras
ha cambiado, probablemente, el curso de la historia imprimiendo
primero a Europa y después al mundo entero un giro que no
dudaríamos en llamar «de-terminante». Nos referimos
a la Revo-lución de 1789 y al advenimiento de Napoleón
Bonaparte.
Por lo que concierne a la Revolu-ción Francesa, lo que de
ella dice Nostradamus es bastante incompleto, si bien hay algunas
cuartetas con claras referencias a la grave convulsión social,
política y religiosa que en ella tuvo su origen. En pocos
versos cita expresa-mente el nombre del lugar, Varennes, donde el
Rey Luis XVI fue detenido cuando intentaba huir, disfrazado, para
eludir la guardia revolucionaria que buscaba capturarlo. Es más,
el vidente da, con ligerísimas variantes, el nom-bre de la
persona que lo reconoció y denunció a los revolucionarios.
Y nos parece que estos detalles no pueden atribuirse a puras y simples
coinciden-cias (Centuria IX, cuarteta XX).
Probablemente la más grave dificul-tad que encuentra un observador
para descifrar estos versos se debe esencial-mente a la complejidad
del lenguaje utilizado por Nostradamus para des-cribir un acontecimiento
que debía modificar profundamente el rostro de Francia y
alterar, con tan graves reper-cusiones, el orden establecido en
todo el mundo.
Hombre de su tiempo, adicto a la Corona y profundamente respetuoso
para con la autoridad y la persona del Rey (recordemos que fue médico
cor-tesano, consejero y astrólogo muy apre-ciado en la Corte
de Francia), Nostra-damus no se atrevía a predecir clara-mente
a la monarquía (que le distinguía con su benevolencia
y que probablemente estaba dispuesta a protegerlo contra cualquier
eventual acción con-tra él por el terrible Tribunal
de la Inquisición), el trágico acontecimiento después
del cual la Corona sería susti-tuda por la República
y el propio Rey ignominiosamente guillotinado.
Cuando se refiere a Napoleón, por el contrario, Nostradamus
es sorpren-dentemente claro y sumamente inteli-gente; de él
predice el lugar del naci-miento, la duración y los principales
hechos de su reinado a incluso la natu-raleza de su amor por María
Luisa (Centuria I, cuarteta LX).
El vidente no habría podido hablar más claro. Ningún
otro emperador nació cerca de Italia; Napoleón costó
muy caro al Imperio erigido por él mismo para su prestigio
personal y para su propia gloria, la hecatombe de muertos directa
o indirectamente pro-vocada por el corso, justifica el título
de «carnicero» que Nostradamus le da en sus cuartetas.
Y es ésta, asimismo, la opinión de muchos.
Aunque separadas una de otra por un espacio bastante largo que ocupan
otras cuartetas, las dos citadas están perfectamente encadenadas
y se com-plementan entre sí de tal modo que no es posible
desconocer el nexo que las une.
La decimotercera cuarteta de la Cen-turia VII que, con maravillosa
preci-sión, dice exactamente el número de años
que Napoleón detentó el poder.
También aquí es muy fácil interpre-tar los
versos: la ciudad marítima y tri-butaria es, evidentemente,
Ajaccio, lu-gar donde nació Napoleón Bonaparte. La
ciudad se levanta junto al mar, en el golfo de su nombre, en la
isla de Cór-cega; y podía ser considerada como tri-butaria
del gobierno central francés porque recientemente había
sido ad-quirida por la Corona y anexionada a Francia, más
o menos cuando nació en ella el joven jefe.
La explicación no deja lugar a dudas; y de un cuidadoso examen
de todas las palabras se desprende la absoluta cer-teza sin temor
a errar de que se trata de la capital de Córcega.
Por lo que respecta al segundo ver-so, puede parecernos un tanto
sibilino y enigmático, pero basta un momento de reflexión
para descartar cualquier clase de duda. La testa rapada en Fran-cia,
a principios del siglo pasado, fue un exclusivo atributo de Napoleón,
que nunca quiso llevar peluca, a dife-rencia hasta aquel entonces
de los per-sonajes reales, sistemáticamente repre-sentados
por pintores y retratistas con largas melenas ensortijadas.
Este particular detalle podría causar alguna extrañeza
a los hombres de hoy, pero en los días aquellos en los que
Napoleón empezó a imponer su auto-ridad y su prestigio,
causó un efecto extraordinario entre las tropas y entre la
población que le estaba sujeta. Sus propios soldados se complacían
en lla-marle familiarmente le petit tondu, lite-ralmente «el
pequeño pelón». Esta frase despierta con suma
facilidad en nuestra mente la característica figura de Na-poleón.
El tercer verso, por el contrario, es muy oscuro y sólo se
pueden aventu-rar, para intentar explicarlo, algunas hipótesis,
como aquella que dice que cuando accedió Bonaparte al poder
es-taba aún muy fresco el recuerdo de los hombres del Directorio
que habían aterrorizado a la Francia revoluciona-ria, comportándose
como «sórdidos» exponentes de un poder dictatorial
que hubo de someterse, de buen o mal talante, al Primer Cónsul.
Referente al último verso, hemos de decir que contiene, al
menos, dos datos incontrovertibles: el número «catorce»
y la palabra «tiranía». La cifra indica con claridad
la duración del reino, o mejor del poder, que detentó
Napoleón: desde el 9 de noviembre de 1799 al 23 de junio
de 1815. Son exacta-mente 14 años, siete meses y catorce
días, que se reducen a algo menos de catorce años,
si restamos de ellos los once meses que Napoleón estuvo des-terrado
en la isla de Elba. La palabra «tiranía» ha sido
empleada por Nostra-damus para destacar el carácter del ré-gimen
imperial instaurado por Napo-leon, para quien los parlamentos y
las asambeas no tenían absolutamente nin-gún valor.
¡Síntesis admirable de la vida de Na-poleón
la que nos ofrece Nostradamus en sus cuartetas! Y no hay duda de
que su vaticinio se cumplió en todos y en cada uno de los
detalles.
Biografía
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