| Se han planteado con frecuencia dos
preguntas tan apasionantes como difíciles de resolver: ¿Tenían
los hombres prehistóricos una idea clara de Dios? ¿Eran
monoteístas, o politeístas? La famosa y desacreditada
teoría evolucionista de Tylor lo niega. Para él, el
hombre habría inventado la idea del alma humana partiendo de
la conciencia de sí mismo, los sueños, la muerte..,
y por extensión, supondría que también la tenían
los demás seres vivos e incluso las cosas. Ésta es la
etapa animista, y, desde luego, es innegable que el hombre prehistórico
creyó en el animismo como los primitivos posteriores. De aquí
deduciría el culto a los muertos y a los antepasados, y por
intermedio de visiones y de la noción del alma desprendida
del cuerpo, formularla el concepto de los espíritus independientes,
adjudicando unos a la vida humana y otros a los fenómenos de
la naturaleza. La consecuencia sería la formación de
la religión politeísta constituida por dioses que originariamente
eran antiguos espíritus que, por la importancia de sus actividades
propias, demostraron tener un poder muy superior: el Dios del cielo,
de la tierra, del agua, etc. Finalmente la organización social,
influiría sobre ellos, de manera que acabarían teniendo
un jefe o monarca supremo, y la sociedad de los dioses, a semejanza
de la humana, estaría formada por las almas humanas (pueblo,
tribu), los grandes dioses (jefes de grupo, aristocracia) y el Dios
Supremo (gran jefe, monarca).
La
teoría sociológica de Durkheim da otra versión.
El origen de la religión hay que buscarlo en la sociedad.
El hombre organizado en grupos se siente mucho más poderoso
que el individuo aislado. Esa fuerza, cuya naturaleza no comprende,
recibe diferentes nombres, según las regiones: maná,
wakan, orenda, manitowi, etc. La religión comienza por la
adoración de esa fuerza algo abstracta y vagamente panteísta,
personalizada en el tótem, que debe servir al hombre de elemento
de unión con su grupo, y que es el símbolo de su energía.
Consecuencia, el alma no es más que la manifestación
del maná común en cada hombre, el maná individualizado.
La noción de alma conduce a la de espíritus, formados
también por un maná, aunque de naturaleza superior;
son los antepasados de la tribu, que velan por ella y se encarnan
en las churingas. Los grupos de ritos semejantes se sentirían
descendientes de un antepasado común de poder especial, personaje
que se va elevando hasta la categoría de dios importante,
y que por difusión y repetición de los ascensos sobre
otros dioses conduciría al Ser Supremo.
Estas teorías, ingeniosas y convincentes a primera vista,
cayeron estrepitosamente por el suelo cuando se demostró,
sin duda de ninguna clase, que las tribus primitivas más
elementales, situadas en el primer escalón de la familia
humana, carecen de animismo, de manismo y de totemismo, y en cambio,
tienen idea de un Ser Supremo. Las investigaciones de Schmidt y
otros ilustres científicos confirman que la humanidad empezó
su vida espiritual por el que se considera último escalón.
Lo mismo ha ocurrido con la poligamia, que se creía el primer
y natural estado del hombre, y que ha resultado ser una costumbre
adquirida con posterioridad a los primeros tiempos o a las formas
más elementales de la sociedad.
Conviene distinguir aquí los conceptos básicos de
religión y de magia. La primera es un sistema en el que el
hombre reconoce la existencia de uno o varios seres espirituales
superiores que organizan y dirigen el mundo e imponen ciertas reglas
a los humanos, que deberán respetar bajo pena de duros castigos.
En sus formas más elevadas, los preceptos máximos
constituyen la moral con sus premios y castigos. En la religión,
el hombre por si mismo no es nada, está a merced de la divinidad
con la que se relaciona y une. Se puede recurrir a la voluntad suprema
mediante el ruego, la oración, las obras gratas, la súplica
e incluso las ofrendas que pretenden propiciar al Ser superior.
La magia es el polo opuesto. Parte de unos poderes ciegos, de unas
energías misteriosas que el hombre cree poder dirigir mediante
palabras, acciones u objetos, que si se aplican correctamente deben
producir necesariamente sus efectos. La magia no premia ni castiga
las acciones, obedece, permanece indiferente o se vuelve contra
quien la maneja, de acuerdo con los formulismos empleados, con la
misma inconsciencia que si se tratara, por ejemplo, de energía
eléctrica.
La magia es amoral y frecuentemente se utiliza con fines inmorales.
Si es suficientemente fuerte, puede actuar incluso contra la voluntad
de los dioses. Las divinidades egipcias profesaban verdadero terror
a Isis, no por ser una diosa poderosa, sino una maga insuperable.
Magia y religión aparecen a través de la historia
íntimamente ligadas, pero siempre pueden distinguirse y sus
orígenes son diferentes. Pues bien, es seguro que entre los
primitivos más atrasados, la idea del Ser Supremo precede
a la magia, como el monoteísmo es anterior al politeísmo.
El
politeísmo es una forma degenerada de la religión,
como son facetas degradadas de la sociedad el matriarcado, la poliandria
(matrimonio de una mujer con varios hombres) y la promiscuidad.
Esas degeneraciones se produjeron por el animismo y la magia en
general, por la influencia de las mitologías astrales (advirtamos
que no hay, en el paleolítico, el menor rastro seguro de
culto a los astros), y por vicisitudes políticas, por ejemplo
la incorporación a las divinidades propias de los dioses
de las tribus vencidas.
Se objetará que no tenemos ningún dato directo de
la creencia en el Ser Supremo, y que el comparativo e indirecto
de la etnología, que acabamos de criticar, es insuficiente.
Hay que responder que esto no demuestra su inexistencia. En el paleolítico
no había escritura, los primitivos que creen en esa entidad
suprema no la representan casi nunca, y los prehistóricos
pudieron referirse a ella mediante signos que hoy resultan incomprensibles.
Hay un caso histórico muy aleccionador, el de los hebreos.
Por razones de respeto jamás representaron a Yahvé
y ni siquiera hoy pueden pronunciar su nombre, y advirtamos, de
paso, este concepto: una cosa es el monoteísmo (creencia
y adoración de un solo dios); otra, monolatría (creencia
en varios dioses, de los que sólo uno recibe culto), y otra
politeísmo (creencia y adoración de varias divinidades).
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