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En
primer lugar ¿de dónde provienen los druidas? Discípulos
de los magos ¿venían de Persia? Algunos lo han pretendido.
Iniciados a sus misterios por la vieja Isis ¿llegaron de
Egipto? Otros lo han afirmado. Por fin ¿no fueron arrastrados
hacia nuevas regiones por una oleada humana proveniente de la India,
como consecuencia de unas fuertes tensiones internas? Esta es la
opinión de la mayoría.
Ante la perplejidad de tener que elegir una de estas tres hipótesis
¿por qué no Intentar compaginar las tres? La ruta
de la India a Germania y a Galia es larga: aunque debemos admitir
que hubieron etapas entre el lugar de salida y el de llegada, entre
el embarcadero y el desembarcadero, corno diríamos hoy en
día.
Los druidas, así como los celtas, se fueron de la India por
un trayecto indirecto y finalmente abordaron Europa tras diversas
estancias y transbordos en Egipto o en Persia.
Admitido el hecho, reconozcámoslo en voz alta, los primeros
llegados celtas sólo llevaron consigo, desde los bordes del
Indo o del Ganges, unos sueños de naturalismo peligrosos,
propagados fuera del templo por una cantidad de falsos doctores:
en cambio, en ese templo mismo, o sea en las confidencias supremas
de la iniciación, donde los druidas conocieron la verdad,
la verdad verdadera respecto a la divinidad.
Su doctrina se apoyaba en esta triple base: un Dios único,
la Inmortalidad del alma: la recompensa o el castigo en la otra
vida.
Estas creencias saludables, tan antiguas como el mundo, fundamentos
de la moral humana, fueron adoptadas por los sabios de todos los
tiempos.
Más tarde, los griegos, por orgullosos que estuviesen de
su filosofía platónica, no dudaron en declarar que
sus fuentes eran las de los pueblos bárbaros, los celtas,
los gálatas, o sea los druidas. Un padre de la Iglesia, Clemente
de Alejandría, reconoce públicamente que estos mismos
celtas seguían la línea recta de la religión,
al menos respecto a los dogmas.
¿Qué nombre daban los druidas al Ser supremo? Pues
lo nombraban Esus, o sea el Señor o le designaban por el
simple apelativo de Teut (Dios). Fue por Teut que los pueblos germánicos
llegaron a ser Teutones, los hijos, los adeptos de Teut: hoy en
día, en la lengua alemana se les da el nombre de Teutsch
o Teutschen.
Tres únicas máximas de gran laconismo componían
la catequesis de los druidas: Sirve a Dios, Absténte del
mal, Sé valiente.
A la vez guerreros y pontífices los druidas, en el ejercido
de su sacerdocio militar, desplegaban toda la fuerza, todo el rigor
y toda la autoridad que implica este acoplamiento de palabras.
Con todos los poderes en mano, hablaban en nombre de Dios: gobernadores
de los ejércitos, guardianes del tesoro público, y
ejerciendo las funciones de jueces incluso las de médicos,
castigaban tanto la herejía como la insubordinación
y ponían fin a los pleitos así como a las enfermedades,
aunque era más a menudo por la muerte del enfermo que por
la del acusado.
Según su legislación, liberal y filantrópica,
a pesar de su rigor aparente, un tribunal compuesto de notables
reconocía los crímenes graves: la Idea de un tribunal
compuesto de notables hace suponer fácilmente la aceptación
de unas circunstancias atenuantes por lo tanto, el culpable no tenía
más remedio que pagar una multa fuerte si era rico o ser
condenado al destierro, si era pobre.
Sin embargo, pese a todos los esfuerzos de los druidas, el antiguo
culto a los árboles no pudo ser aniquilado por completo y
tuvieron que tomar la decisión de adoptar uno excluyendo
a todos los demás, que congregase en torno suyo los homenajes
dispersos de las poblaciones. Este árbol oficial, especie
de altar verde donde venía Dios para manifestarse a sus sacerdotes
era un roble, un roble robusto y vigoroso, el rey de los bosques.
Hoy en día se reconoce y se honra al roble sagrado, es hacia
él que los devotos van en procesión de noche con sus
antorchas para depositar sus ofrendas.
Poco tiempo después esta costumbre iba a invadir toda la
Céltica.
En torno a este roble los druidas establecieron unos recintos sagrados
donde sus familias se asentaron pues estaban casados; pero sólo
podían tener una mujer, a diferencia de los demás
jefes, que solían practicar la poligamia.
Aun cuando se prefiriera al roble entre los demás árboles,
este no fue adoptado de modo exclusivo en todas partes.
Sea por antagonismo religioso, sea simplemente por una cuestión
de suelo, algunas provincias de Galia o de Italia preferían
el haya o el olmo. Sobre todo en Galia se prefería el olmo,
Incluso en la Francia cristiana se siguió plantando un olmo
delante de cada nueva Iglesia que se edificaba para asegurarse la
presencia de Dios; y hasta el final de la Edad Media, era debajo
de un olmo que se rendía justicia. De ahí nuestro
viejo proverbio, que no tenía entonces el sentido irónico
que se le da ahora: Esperadme bajo el olmo", pues era así
como se citaba a la gente a comparecer ante el juez.
El fresno tuvo también sus seguidores entre las poblaciones
del extremo norte y fue en las ramas más altas de un fresno
que vino a romperse aquella nube oscura que contenía al terrible
Odín y su cortejo de dioses.
He aquí donde vuelve el culto a los árboles. Es un
culto que persistió siempre en Alemania. Todavía existe,
pero no es el roble, el olmo, el haya, ni el fresno que reciben
los homenajes, sino el tilo.
El roble de los druidas, acabó por generar sentimientos casi
fanáticos. Las procesiones y las ofrendas se multiplicaban
en torno suyo; las muchachas lo adornaban con guirnaldas de flores
entremezcladas de pulseras y collares: los guerreros colgaban en
sus ramas los más preciados despojos conquistados en sus
combates. Gracias a la ayuda de un viento tempestuoso, los demás
árboles de los recintos parecían inclinarse humildemente
ante él. No obstante tenía un enemigo, un enemigo
personal, encarnizado. Implantándose sin pedir permiso sobre
sus ramas sagradas, hasta su augusto tallo una pequeña planta
abyecta, oscura, miserable, vivía a sus expensas, se alimentaba
de su savia, absorbía su sustancia hasta el punto de amenazar
su libre crecimiento con tanta insolencia que ocultaba bajo sus
hojas opacas y turbias el brillante follaje del árbol fetiche.
Esta planta hostil e impía era el muérdago, el muérdago
del roble (Guythil).
Para librarse de este huésped incómodo y nocivo, alguna
gente menos hábil, menos precavida que los druidas se hubiera
conformado simplemente con trepar hasta la copa del árbol
y de un golpe de hoz le hubiera sacado su parásito. Pero
esto hubiera sido una maniobra tan irrespetuosa como torpe. ¿Qué
hubiera pensado el pueblo? Pues el pueblo hubiera dicho que el árbol
divino, vuelto impotente no tenía suficiente fuerza para
librarse de su parásito por sí solo.
Los druidas se mostraron más listos, Declarado planta oficial
y sagrada, el muérdago quedó, de un modo muy especial,
vinculado al culto.
Esto no se llevó a cabo de una forma solapada ni con una
miserable hoz
de hierro, sino que se quitó del árbol a la vista
de todo el mundo, en medio del regocijo general y de los cánticos,
con una hoz de oro, y el Guythil cortado en su base fue recogido
con sumo cuidado en unos velos de lino. Estos velos, santificados
por el muérdago ya no podían tener un uso profano.
Los teutones del Rin sacaban de la planta una especie de sustancia
viscosa que se consideraba un contraveneno infalible para combatir
la esterilidad de las mujeres, infalible para combatir las enfermedades
y conjurar los maleficios y también para coger a los pajaritos.
En Galia, se solía pulverizar y después de su disecación
se llenaban con ello unas bolsitas muy monas que la gente se regalaba
el día de año nuevo. De ahi la palabra aguinaldo y
ese grito que siguió siendo tan popular durante mucho tiempo
en nuestras provincias: "Muérdago para el año
nuevo! (Aguilanneuf).
La ciencia moderna sólo pudo descubrir en el muérdago
una sustancia purgante, así que era un purgante, y un purgante
violento, lo que nuestros antepasados se intercambiaban en lugar
de bombones, el día de año nuevo.
La entronización de esta planta parásita en el santuario
no dejó de ser un beneficio para todos. El muérdago
del roble sagrado llegó a tener un valor comercial, y los
falsificadores (también los había en la época
de los druidas) se cuidaron de recogerlos en otros robles. incluso
los otros árboles en que se producían, como los manzanos,
los perales, los olmos, los nogales los fresnos y los tilos o alerces.
Pronto, tanto en las huertas como en los bosques, podíamos
presumir de la superchería, sobre la cual los druidas cerraban
los ojos. Pero aprendieron la lección.
Infinidad de reptiles peligrosos se habían multiplicado en
los cantones del Rin y, sin duda, eran la causa de continuos accidentes
para el que vivía al aire libre, y casi todo el mundo dormía
el raso. En su época de letargo, estos reptiles se entrelazaban.
quedando pegados entre si por una supuración viscosa y formaban
una especie de pelota llamada huevos o más bien anillos de
serpientes por los Celtas, y anguinum por los Romanos.
Como el muérdago, el anguinum entró en la farmacopea
de los druidas: así mismo figuró en sus ceremonias
religiosas y pronto fue tan escaso que se convirtió en un
objeto de valor que sólo conseguían los ricos a precio
de oro. Si al principio se dejaron arrastrar a estas prácticas
supersticiosas, condenadas por su conciencia, luego los druidas
supieron sacarles partido para el bienestar de todos.
Por desgracia, a la larga, los anillos de serpiente, el roble y
su parásito ya no resultaron suficientes para los que querían
innovaciones.
La vía de las concesiones, por más estrecha que sea
la entrada, ha de ir siempre alargándose y ensanchándose.
El antiguo partido del culto a los árboles (aún era
numeroso y sobre todo activo, como todos los antiguos partidos)
se quejó de que se hubiesen suprimido los compañeros,
los oráculos de la familia, a favor de un roble aun cuando
ese roble privilegiado no gozaba tan sólo de la facultad
de ponerles en comunicación con Esus, el Dios del cielo.
Estas exigencias no estaban desprovistas de lógica: y fue
preciso satisfacerlas.
Los druidas se dividen en tres clases: los DRUIDAS propiamente dichos
(Eubages, en Galia), filósofos y sabios, Incluso magos si
era necesario (porque entonces la magia no era más que la
forma más superficial de la ciencia), quienes estaban encargados
de mantener los principios de la moral y de estudiar los secretos
de la naturaleza: los ADIVINOS que al menor soplo de viento sabían
interpretar el lenguaje del roble sagrado por el murmullo de las
hojas, el susurro de las ramas, un crujido en el árbol, el
retraso o la precocidad de su vegetación. Por fin, LOS BARDOS
que eran los poetas dedicados al altar.
Mientras que los bardos cantaban alrededor del roble, los adivinos
le hacían rendir oráculos. Estos oráculos se
multiplicaron no sólo en Europa sino también en Asia
menor donde una colonia celta, según Herodoto instituyó
el oráculo de Dodona por derecho de conquista; la Grecia
naciente veneraba así a un roble, aunque Estrabón
asegura que era un haya; ni los árboles ni los colores pueden
discutirse: pero Homero lo declaró roble, y para nosotros
seguirá siendo un roble.
Este nuevo movimiento, inscrito al culto puritano de los druidas,
no iba a acabar ahí.
Una vez acostumbrados a comunicarse con Teut mediante un árbol,
los celtas se sorprendieron, al ver que pudiendo hablar los árboles,
los seres vivos, en cambio, se quedaban mudos y desprovistos del
don de la profecía. A algunos jefes, poniéndose en
campaña, y terriblemente afectados en su devoción
por no poder llevar el roble sagrado consigo, se les ocurrió
consultar a los súbitos estremecimientos de un caballo, a
sus relinchos en un momento de sorpresa o de terror, pues para que
fuese un augurio, el movimiento del animal tenía que ser
involuntario y espontáneo. Esta creencia iba estableciéndose
de tal modo que cualquier hombre que se disponía a viajar
o a guerrear, montaba su caballo con la convicción de que,
en caso de necesidad, podía utilizarlo a lo largo del camino,
sometiendo, por supuesto, los pronósticos a las sabias Interpretaciones
del adivino.
El colegio de los druidas no tardó en alarmarse de aquellos
oráculos viajeros que iban necesariamente a contradecirse
entre si.
De la misma manera que había antes instituido un solo árbol
oficial, ahora afirmó que únicamente los caballos
criados bajo su vigilancia, en los recintos sagrados, tenían
el don especial de la verdadera profecía.
Estos caballos de pelaje blanco e Inmaculado, alimentados a expensas
del tesoro público, no tenían que trabajar ni ser
sometidos a ninguna de las trabas de la montura o de la rienda.
Fieros e indomables, las crines al viento, vagaban en libertad por
las arboledas. Gracias a sus movimientos más libres y, por
consiguiente, más seguros desde el punto de vista de la pronosticación,
esos caballos profetas, que casi formaban parte del clero druídico,
gozaron durante mucho tiempo en todos los países celtas de
una autoridad incontestable, la cual, sin embargo, se encontró
un buen día contestada.
Otros seres animados les hicieron la competencia, y estos adversarios
de los caballos ¿lo diré? fueron las mujeres. De repente
las mujeres se encontraron dotadas en sumo grado del don de la segunda
vista, de la inspiración, de la Intuición, de la divinidad.
Viéndose forzados por el público a pronunciarse, los
druidas admiran en ellas (es Tácito quien nos lo dice) algo
más instintivo, más divino que los hombres e Incluso
que los caballos. Su organización, fácilmente impresionable,
las predisponía al don de la profecía: "Es que,
en efecto, las mujeres actúan más fácilmente
por Instinto natural e irreflexivo que por prudencia y lógica."
Esta última e Incorrecta explicación no es de Tácito,
ni mía, ¡Bien sabe Dios! que pertenece a Simón
Pelletler, ya nombrada. Que cada uno responda de sus obras.
Los druidas hicieron para las mujeres lo que habían hecho
para el muérdago y para los árboles. Sólo reconocieron
como verdaderas profetizas a las que sentían, lo más
cercana posible a ellos, la Influencia del roble sagrado, o sea
sus esposas y sus hijas.
El sistema de la centralización de los poderes no es ninguna
novedad.
Hubieron entonces druidesas, así como druidas. Los druidas
tenían una escuela para jóvenes y el maestro enseñaba
a sus discípulos el movimiento de los astros, la forma y
la extensión de la tierra, los diversos productos de la naturaleza,
la historia de los antepasados reproducida de modo poético
por los bardos; les enseñaban de todo menos a leer ya escribir.
La memoria bastaba. Por su lado, las druidesas abrieron unas escuelas
para las chicas; les enseñaban canto, costura, prácticas
del culto, conocimiento de las plantas medicinales, e incluso poesía,
y les hacían aprender de memoria unos versos especialmente
compuestos para ellas. Estos versos que nos imaginarnos de un lirismo
dudoso las iniciaban en el arte de hacer el pan, de preparar la
cerveza y otras menudencias de la cocina y del hogar.
Asimismo las druidesas ejercían la medicina. Esta triple
prerrogativa de mujeres-doctoras-institutrices y profetizas acabó
por realzarlas en el espíritu de la nación hasta el
punto que los sacerdotes de Teut, obligados a abandonar sus santuarios,
no temían confiarles su custodia. Ellas presidían
incluso ciertas ceremonias por derecho propio.
Si una de ellas se destacaba por la frecuencia, la lucidez, la seguridad
de sus inspiraciones, así como en su tiempo las célebres
Aurinia, Velleda o Ganna que los emperadores romanos consultaban
con plena confianza mediante sus embajadores, entonces el orgulloso
colego de los druidas se inclinaba y se sometía a su autoridad.
Durante esta dictadura femenina, árbitro de los destinos
de la nación, ella decidía si habría paz o
guerra y aceleraba o frenaba el movimiento de los ejércitos.
César
explica que, habiendo preguntado a unos prisioneros germanos la
razón por la cual Ariovisto, su jefe, no se había
atrevido aún a presentar la batalla, éstos le respondieron
que las druidesas, tras examinar los remolinos y los torbellinos
del Rin, habían declarado que no se tema que iniciar el combate
antes de la luna nueva.
Como se lo puede imaginar, el interrogador sacó provecho
de la respuesta, y cuando salió la luna nueva, fue para ver
a los germanos en absoluta derrota.
Pero el Rin a rendido todavía oráculos y no ha llegado
el día en que Ganna, Velleda o Aurinia se dignaran acordar
una audiencia a los embajadores de Roma.
Sólo quisimos trazar unas líneas para esbozar el desarrollo
de esta nueva institución de las druidesas, de las que ya
no se hablará mucho más hasta su declive.
No obstante, su naciente poder y crédito crecían día
tras día. ¿Por fin estaban los teutones satisfechos?..,
no. A pesar de la habilidad de sus adivinos y de sus druidesas encontraron
que el roble sagrado, mediante los estremecimientos de sus hojas,
o los caballos, por sus temblores y sus brincos desordenados, sus
relinchos más o menos prolongados y estridentes no ofrecían
signos reveladores bastante convincentes ni un espectáculo
bastante conmovedor. Les pareció convenientes consultar a
los animales, ya no en sus manifestaciones externas, sino en sus
entrañas palpitantes, lo cual no dejaba de dar a las ceremonias
religiosas un aspecto más serio, un cierto sabor a crimen,
capaz, al menos de despenar el interés de un pueblo guerrero.
De nuevo los druidas cedieron, pero un poco desanimados. ¿Qué
había sido de aquella gran religión filosófica
para la cual bastaba la plegarla y la meditación y que habla
creído, un poco a la ligera, es verdad, poder aclimatarse
el medio ambiente de esos bárbaros?
Al pie del roble, hasta entonces de pura sangre, consintieron en
sacrificar los animales perjudiciales, primero los lobos, los linces
y los osos, luego vinieron los animales útiles que alimentan
al hombre, las ovejas, las vacas, y luego, por fin, hasta su compañero
de guerra, el caballo.
Los caballos inmaculados rodeados hasta entonces de una consideración
supersticiosa, no se salvaron.
Y a cada uno de los grados de esta escala sangrienta, siempre resistiendo
y siempre desbordados, los druidas dejaban escapar una última
concesión, con la esperanza de retener así por algún
tiempo un poder que sentían a punto de escapárseles
de las manos.
Exaltados por el éxito, los progresistas llegaron a preguntarse
por qué la ofrenda más digna de hacer a Dios no sería
la sangre de un hombre. ¿No era el hombre el más noble
y el más perfecto de los seres creados? Quizá llevando
aún más lejos el argumento, esperaban probar que entre
los hombres, los más agradables a Dios, los más dignos
de ser elegidos eran los propios druidas. Pero no se puede exigir
demasiado al mismo tiempo. Esta suprema consecuencia de un mismo
principio quedaba en paréntesis, por el momento, sólo
exigían una víctima vulgar, la que llegase primero,
con tal de que fuese un hombre.
No cabe duda que, ante esta abominable petición, ante este
asesinato propuesto en nombre del cielo, los herederos, los descendientes
de estos sabios pontífices que habían hecho tabla
rasa de las primeras e inofensivas supersticiones de los antiguos
celtas, escondiéndose, retrocediendo horrorizados, recobrando
su antigua energía, iban a invocar a la vez el cielo y los
infiernos, el roble sagrado, los adivinos, las druidesas, los caballos
inmaculados, llamar a la nación entera y lanzar el anatema
sobre las cabezas de los infames solicitantes: pero no sucedió
así. Al contrario, se apresuraron a legitimar con su sagrado
consentimiento este sacrificio salvaje. Incluso se podría
llegar a pensar que ellos mismos hubieran inspirado esa horrible
idea.
¡Sacerdotes hipócritas! ¡filósofos mentirosos!
¡tigres Disfrazados de pastores de pueblos!... Apaciguémonos.
Obrando de este modo obedecían menos, tal vez, aun instinto
de crueldad que a la política, y también a la filantropía,
sí, a la filantropía: pero expliquémonos.
Entre los celtas de aquel entonces se valoraba poco la vida del
hombre: se desperdiciaba en las batallas, se prodigaba en los duelos.
En la época de sus grandes asambleas nacionales los galos
tenían por costumbre, para obligar a los electores a la puntualidad,
de matar al último llegado, y éste pagaba por todos
los rezagados.
Por su lado, los teutones, no en sus asambleas electorales, sino
en la guerra, eran unos vencedores despiadados y se entretenían
matando a todos los prisioneros.
Estas masacres cesaron en cuanto los druidas tuvieron el monopolio
de los sacrificios humanos.
Convertido en sanguinario, el buen Esus reclamaba los cautivos como
víctimas expiatorias reservadas para su altar. ¡Pobre
de aquel que se atrevía a ir en su detrimento! Para éste
los recintos sagrados quedaban cerrados; declarado impío,
sacrílego, dejaba de formar parte del grupo de ciudadanos
e incluso era probable que sustituyese al muerto que por su culpa
faltaba en el holocausto.
Siendo así, cuando se le entregaba los prisioneros sanos
y salvos, el gran sacerdote escogía a los que tenían
que ser degollados, contentándose alguna vez con uno solo.
Se sacrificaba a menudo uno de los jefes enemigos, con su caballo
de guerra, para realzar la pompa de la ceremonia y también
para que la cantidad de sangre derramada disimulara la pequeña
cantidad de víctimas.
Tras haber interrogado escrupulosamente los flancos entreabiertos
del caballo y del caballero, el sacrificador, la barba y la ropa
mancillada de sangre, alzaba hacia el cielo una mano enrojecida
en la misma fuente, resumiendo crimen, respirando matanza, y declaraba
que su dios había quedado satisfecho: su dios estaba cansado
y se le reservaba el resto de los cautivos para otro día,
que no llegaría...
Acababa de crearse un nuevo empleo, el de sacrificador. En Germania
así como en Galia, por los dos lados del Rin, los druidas
se lo reservaban para si mismos: en otros países célticos,
entre los escandinavos, y los escitas ese triste empleo fue ejercido
incluso por las mujeres: la Ifigenia de Tauride puede atestiguarlo.
Sea como sea esta sangrienta innovación, los prisioneros
sacaron provecho de ella: pero los que se beneficiaron más
fueron los druidas. Su poder, fuertemente quebrantado, sacudida
tras sacudida, se fortaleció de repente. La oposición
no tuvo en cuenta sus amonestaciones ni sus oraciones, y ahora se
detuvo ante su cuchillo.
A partir de este instante empieza la SEGUNDA EPOCA DE LOS DRUIDAS.
El cuchillo druídico desempeña un papel, durante un
largo período que no nos conviene recorrer. César
habla conquistado y apaciguado Gales: los sucesores de Augusto promulgaban
decretos imperiales contra todos los druidas, sacrificadores de
hombres, pero este mismo cuchillo seguía amenazando Germania.
Mitologia del Rin, X.B. Saintine
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